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martes, 5 de enero de 2016

Vuelo, las referencias históricas corresponden a los Juicios por delitos de Lesa Humanidad


Reescritura de la crónica

Argentina, 1977
Atada,  embotada se asomó al abismo y  vio el río en sombras.
No podía ser cierto. Los seres humanos no vuelan. A menos que fuera pájaro ahora, canario o colibrí por lo pequeña. No podía mover las alas atadas con una soga. Duelen.
Bajaba muy lentamente, agitando las aletas crecidas en el calabozo. Pez, entonces debería nadar. De pronto supo quién era, no era pájaro ni pez, recordó una capucha, los grilletes, susurró Patricia, hermana de Pedro y de Carlitos, buscaba a Pedro, en la Santa Cruz. 
La buscaron por cielo y tierra.

Los casos de Pedro y Patricia Oviedo (nro. 738 y 493)

Megacausa ESMA, día 81,  21  de agosto de 2013, Espacio Memoria y Derechos Humanos

lunes, 4 de agosto de 2014

Y fue pájaro



Una familia es una familia, aunque sean tres que casi no se dirigen la palabra, apenas se miran, trabajan de sol a sol, se acuestan, se levantan igual o caminan en fila india por las calles. No era el orden o el andar acompasado   lo   que   los  hacía  ver  a  los 
Di Santi como parte de un grupo cuando pasaban. Era un grupo familiar. Familiar el andar lento, las ropas de campo descuidadas, viejas, como de otro tiempo por lo gastadas y por lo pasadas de moda. Familia, por el silencio que los mantenía atados, no indiferentes. 
Los  inmigrantes trajeron a estas tierras usos europeos como el traje oscuro, el saco de lanilla, el gabán largo o el sombrero que los protegía del sol del verano y del  frío en el invierno helado, se distinguían de los criollos por el atavío, además, claro, por el lenguaje, los modales, las habilidades; hemos visto también las faldas largas, delantales y pañuelos sobre los hombros o cubriendo la cabeza de las mujeres que  trabajaban con la familia. Los que no gozaron de  las mieles del progreso en América siguieron con las costumbres de su terruño, vistiendo lo que habían traído en sus baúles, haciendo  el trabajo rural duro y mal pago.
Eran silenciosos y ordenados. Pascual Di Santi siempre marchaba adelante, llevaba sombrero de ala ancha, alpargatas raídas, por lo general cargaba al hombro una horquilla, la azada o empuñaba la pala; ella, María, era baja, redonda, lenta, seguía los pasos del hombre callado, con las faldas   rozaba la maleza de los senderos abiertos a fuerza de pasar una y otra vez por las orillas de tierra, llevaba un pañuelo en la cabeza rubia, blanca, tal vez ceniza. O quizás todo  eso, porque la vi durante años del mismo modo a diario. El hijo bobo detrás. Muy grande,  demasiado alto, demasiado tonto. Un grandulón tierno detrás de papá y de mamá.
Hugo caminaba balanceando los brazos, dando grandes zancadas con sus zapatones de cuero. La vida del hijo se hallaba atada a la madre aún. El padre era huraño, poco lo habría podido ayudar a madurar. Y además estaba el estigma, signo de lo defectuoso, llaga social que dolía. Duele la normalidad de los otros cuando la anomalía es propia, aunque la ignorancia o el amor suelen apaciguar el pesar. La vida es así, se consuela María mirando con ternura al hijo que le mandó Dios. 
Cuando Pascual  murió, se arreglaron solos. Él pudo hacer algunos trabajos en el campo,  mandados o changas y de ese modo mantener la casa. Ya no se los veía ir y venir. La madre anciana permanecía detenida en el tiempo, perdida en sus recuerdos, enmarañada, confundida, pero  la cuidaba su único hijo. Un buen hijo.
Sólo dos habitaciones de la casa estaban habitables, la tercera  había  comenzado a deteriorarse por las lluvias y las goteras, los ladrillos comenzaron a ceder, primero uno, luego otro. Pascual no estaba para remendar con barro y ajustar las piezas. Hugo no se daba maña para eso, aunque ella se lo explicaba, no lo hacía. No  podía o no quería, vaya a saber. Sin embargo, cada lluvia él corría la cama, secaba las pocas cosas que tenían en la cocina, encendía un fuego en el brasero para darle calor a la mujer que lo amaba como nadie más en toda su vida. Sólo un amor así podía darles fortaleza a pesar de la vida difícil.
Cuando despertó aquella mañana fría de julio y la llamó, pensó que seguiría durmiendo, total por lo que hacía. Entonces fue hasta la casa del vecino, tomó unos mates con el carpintero, no se levanta tiene que tomar el mate cocido con pan, de pasada, compró el pan en la panadería de la esquina donde siempre le regalaban un pan o alguna torta negra, mejor la sopa con calabaza pasó a buscar la leche, recogió las últimas calabazas de la quinta y volvió a llamarla. Tendría que sacar yuyos de los frutales y buscar los hormigueros uno de esos días. Ella no respondió.
Los vecinos lo acompañaron con afecto, unos parientes pagaron los gastos del sepelio y todo acabó así para Hugo, porque al volver a la casa estuvo solo por primera vez en su vida. Se encontró con la cama vacía y se acostó abrazado a la almohada. Estaba cansado y tenía hambre. Se haría unos huevos fritos para acallar los ruidos del estómago vacío.
Algunos dicen que al poco tiempo se casó con una mujer singular por su indefinida  naturaleza genital; otros cuentan que se burlaron de él y que, ante el fracaso y la humillación que pudo percibir a pesar de su escaso entendimiento, se le fue la cabeza quién sabe adónde.
Ya no fue Hugo. Anduvo por las sinuosas sendas de la enajenación y como la insania es poética, fue un pájaro. Deambulaba por las calles agitando las alas, hacía equilibrio en el cordón de la vereda, comía lo que le daban sin mendigar. Hablaba con sus pocos amigos imaginarios. Todos lo querían, pero él no podía devolver el afecto ni dejar de pensar en su madre. Por eso al llegar la noche caminaba hasta la última cuadra del pueblo, saltaba el muro bajo o abría la puerta de hierro que daba al campo y dormía en el cementerio, junto a la tumba de María. Hasta que lo vieron, avisaron a la policía y lo fueron a buscar. 
Le cortaron las alas. Por lo del cementerio o porque no podía seguir solo, se lo llevaron y terminó sus días en un manicomio, enjaulado. Estuvo cautivo con una esporádica lucidez recetada  hasta que se liberó  de lo poco que lo ligaba a la vida. Yo estaba en el profesorado cuando supe que se había ido para siempre.

lunes, 14 de julio de 2014

Los niños maltratados

 No se acuerda cuándo fue, pero  la noción más remota que tiene de  su vida es una paliza. Tendría tres años y, corriendo detrás de la mamá, cruzó la ruta. Por poco, un colectivo casi la atropella. Pero, no. En cambio, tuvo que soportar los golpes del viejo. ¿De qué se habrá tratado eso, pensaba? Tal vez, como una enseñanza.
  No recuerda cariños o mimos masculinos. Le daba miedo la cara que ponía cuando estaba enojado.
  Lo veían poco, ella igual lo quería. Cuando llegaba, se alegraba por un ratito. Después, no. Siempre pasaba algo y castigaba a los niños. “Tiene la mano muy pesada”.  “Mirá que le cuento a tu padre…” y le contaba. “Ya van a ver cuando vuelva tu padre” y  en una retahíla de acusaciones lo volvía loco (que mucho no le faltaba) y los molía a palos con  odio, con un furor que no podía saberse de dónde  venía. Él era como  una usina de odio.
   No es fácil amar y tener terror al mismo tiempo. Amar y temer. Sin embargo, cuando uno es chico no entiende de muchas cosas y cuando eso pasa,  se calla. Menos  fácil es cambiar  el amor por el odio. Tampoco se  hace sencillo  olvidar.
 Nos educan para el amor. Los mandamientos son claros: Amarás a tu padre, a la madre uno la quiere igual.
   Entonces, sucede que entramos en una zona oscura, poco clara para el entendimiento y  no sabemos qué se siente. Tapamos los sentimientos como en aquellos entierros funerarios en los que apilaban roca sobre roca para ocultar los restos de un ser que había tenido vida.  Había sido alguien. No sentimos o no queremos  sentir. ¿Para qué, si duele tanto?
  Duele de modo interminable y silencioso. Como el amor. ¿Será también el dolor  como la sangre que nos mantiene vinculados a otros seres que decimos son nuestra familia?. 
  Hay un río silencioso que corre hiriendo cuerpos, memorias, olvidos. Así, el amor, el rencor y el miedo  atraviesan el tiempo,  lentos y contundentes por generaciones. 
  Los niños maltratados. Silenciosos. Oprimidos. Sedientos. Y quema el alma el dolor.



Crónica

No era la primera vez

  Lo vio cuando la chica entró al dormitorio. Estaba enfurecido. No era la primera vez. Si el chiquito lloraba, se volvía loco. Cuando el de siete años molestaba a la hora de la siesta, gritaba hasta que todos los vecinos salían a la vereda para ver qué pasaba. Nadie se metía.

 Era una pareja despareja. Ella tenía veinticinco o veintiocho, más o menos, y él tenía unos sesenta y pico, usted sabe cómo son esas cosas. Para mí que ella se juntó con el viejo para darle un bienestar a los nenes, pobrecita.  ¿Qué se iba a imaginar? Lástima que se quedó. Todos acá en el barrio le decíamos que se fuera. Pero, ¿adónde iba a ir la pobre con los dos chicos?
  Primero la golpeó y parece que se le fue la mano. Después la colgó del tirante de la pieza… Está muy marcada. El de siete presenció todo. Cuando entramos -ya habíamos oído los gritos, pero allí siempre peleaban ¿quién se iba a meter, vio?- la vimos a ella. Era una chica joven y linda. Él estaba colgado en el patio, en un roble viejo que había plantado el padre de su padre.



  “El sexagenario habría asesinado a su esposa y luego se quitó la vida, en presencia de un niño de siete años”, dijo el periodista rosarino en el noticioso del mediodía.

lunes, 7 de julio de 2014

TE PUEDEN MATAR




No puedo narrar el dolor puro, por eso la metáfora florece donde hubo llagas.
El peso de las generaciones ha sostenido como mandato imperativo una educación basada en los castigos y la represión. Los padres nos castigaban cuando éramos chicos, como antes los habían castigado a ellos, a quién no le ha sucedido de mi generación; nos daban algún tortazo para aleccionarnos, para que no olvidáramos esas lecciones, para sacarse el gusto o la angustia, para volcar todas las frustraciones en otros seres más débiles, sus hijos. Bonita forma de educar. Aunque no todos tienen los mismos  recuerdos  que nosotros tres -eso de convivir con la locura y el miedo, de espiar por si llega el golpe aleccionador o vengativo, de taparse hasta la cabeza en la cama, por si viboreaba un cinto- imagino que no, no todos lo experimentaron afortunadamente.
Una noche, (no puedo narrar lo sucedido) más que en otros momentos, sentí miedo, mucho miedo, hasta orinarme como un animal, como un perro castigado, asaltado por la brutalidad, la ira, la sorpresa, todo al mismo tiempo. ¿Qué habría de distinto en aquella noche?, ¿qué hizo que fuera determinante en nuestras vidas?, no lo supimos. El que ha sido golpeado brutalmente sabe que no es sólo dolor lo que se experimenta, sino la conciencia de que  pueden matarte si quisieran, que la vida no vale nada, que el cuerpo es un despojo mojado por orines, que los gemidos y súplicas no son oídos y que después de ese hecho que humilla a todos los seres humanos por uno mismo y por el otro, por su falta de amor y su crueldad; después de eso, nada cambiará la historia.
No bastan las lágrimas derramadas para sacudirse el dolor y  el miedo es la única certeza de estar vivo. Sin embargo, la proximidad de la muerte no siempre es el fin, será entonces la constante agonía disimulada tras máscaras y gestos lo que permitirá ser uno más entre tantos. El disimulo de la muerte, la farsa de la vida.

Entró enceguecido  no estaba en casa    ella lo había llamado por teléfono para decirle que nosotras dos le llenábamos la cabeza   que debían separarse que no fuera tan tonta   que se terminara de una vez   que dejara de sufrir que nada iba a cambiar   que de una vez por todas tomara la decisión o que no hablara más del tema y no se quejara con nosotras   que no podíamos hacer nada más que escucharla.
Entró y me tiró de la silla que estaba frente al televisor   no eran más de las 12 de la noche un poco más   me había quedado levantada por miedo   no quería estar en la cama y esperar a que me pegara como cuando éramos chicos    cuando  entraba como loco porque no podía dormir y nos daba una paliza a cada uno y esperábamos sin movernos el turno   éramos tres y no nos escapábamos porque podía ser peor.
Aquella noche me pateó la cabeza   dijo “qué le dijiste a tu madre”   que sos un hijo de puta debí decir pero no   sólo suplicaba que me dejara   y mi hermana corrió y le pegó a ella tan pequeña en la boca del estómago   y se dobló   le dio un puñetazo y la dobló como junco frágil   uno y otro más   la cara sangraba   mi hermana estaba sangrando    todavía hoy sangra.
Corrí hasta la casa de al lado la casa de su hermano y me dijeron que ellos no se metían.
Esa noche nos fuimos para siempre   aunque volvimos a ver a mi madre hasta que murió   nunca le preguntamos por qué nos había hecho eso  por qué ella hizo que nos castigara así.
 Nunca jamás le reprochamos lo ocurrido  el amor nos hizo comprender y perdonarla.
Nunca  hasta que ella murió lo hablamos con mi hermana.
Y con él nunca más,  claro.

Fue ver a otro en mi lugar, en espejo, verme a mí misma golpeada, orinada, fue  la sangre  de mi hermana lo que marcó la diferencia  entre esa paliza y otras, para siempre. Ahora lo sé.
Aquella noche no fue el fin, pero lo que se quebró jamás volvió a unirse, ni las heridas han cicatrizado. En un minuto, supe lo que era estar suspendida en un hilo, colgada entre nubes de dolor, como las que dibujan los niños en los primeros años, pude  ver el centro de las flores efímeras y dentro de corazones rotos, flechados por amores olvidados. Acaso fue el devenir trabajoso, la lucha permanente lo que hizo diferente y posible  mi existencia (mi hermana, no pudo), además están los libros, las palabras, escribir, haber leído tanto y comprender al ser humano vulnerable que soy y que son los demás. Y el perdón.




lunes, 23 de junio de 2014

No era la primera vez. De la crónica periodística


  Lo vio cuando la chica entró al dormitorio. Estaba enfurecido. No era la primera vez. Si el chiquito lloraba, se volvía loco. Cuando el de siete años molestaba a la hora de la siesta, gritaba hasta que todos los vecinos salían a la vereda.
  Era una pareja despareja. Ella tenía veinticinco o veintiocho, más o menos, y él tenía unos sesenta y pico, usted sabe cómo son esas cosas. Para mí que ella se juntó con el viejo para darle un bienestar a los nenes, pobrecita.  ¿Qué se iba a imaginar? Lástima que se quedó. Todos acá en el barrio le decíamos que se fuera. Pero, ¿adónde iba a ir la pobre con los dos chicos?
Primero la golpeó y parece que se le fue la mano. Después la colgó del tirante de la pieza… Está muy marcada. El de siete presenció todo. Cuando entramos -ya habíamos oído los gritos, pero allí siempre peleaban ¿quién se iba a meter, vio?- la vimos a ella. Era una chica joven y linda. Él estaba colgado en el patio, en un roble viejo que había plantado el padre de su padre.

  “El sexagenario habría asesinado a su esposa y luego se quitó la vida, en presencia de un niño de siete años”, dijo el periodista rosarino en el noticioso del mediodía.




domingo, 8 de junio de 2014

Espíritus



   Para la mayoría  de las personas el tema de la muerte es tabú. Pocas, excepto los niños y los que disfrutan de las historias “de miedo” hablan de ello. Como si ignorándolo, dejara de existir la muerte y el irremediable fin de todo lo vivo. Otros piensan demasiado en ella y cada cosa que les sucede la interpretan como mal augurio, evitan gatos negros, escaleras, lechuzas, martes 13 para alejar a la innombrable.
   Aquellos que conocen acerca del mundo astral dejan de lado falsas creencias y se sienten confiados, dueños de su destino. Aseguran que existen planos astrales o espirituales. Son planos superpuestos, según ellos, que tienen leyes iguales a las del mundo físico o material y esto podría facilitarles entrar, transitar o residir en ellos. Y volver a su casa en este plano, claro.
Gustav klimt
   No quiero ser irrespetuosa, pero nunca creí en nada de lo paranormal, sin embargo la duda comenzó a inquietarme al conocer algunas historias de boca de las mismas protagonistas, dos niñas. 
   Las niñas de las que hablaré fueron víctimas inocentes de las creencias y de los viajes astrales de una madre muy extraña y de una abuela bastante singular diría, por no emplear algún adjetivo que hiera los sentimientos de los creyentes del esoterismo.
   Una mañana, Mary y Andy, las niñas de mi historia, entraron a la cocina de la casa familiar, casa antigua y amplia, de galerías y patios sucesivos, con grandes ventanales que dan a los patios y jardines, herencia de fortunas familiares dilapidadas por tres generaciones de hacendados venidos a menos, había en la cocina, como venía diciendo,  otra niña  parada frente a la mesa, con cabellos largos y trenzados y un vestido un poco pasado de moda. No las miraba, estaba  muda, pálida. Se estarán dando cuenta de que se trataba del espíritu de una bella criatura perdida entre planos, una muertita que no  podía hallar el camino definitivo. La madre les explicó que se trataba de una pequeña que buscaba cómo llegar a su lugar y despidió a las niñas corpóreas que debían ir al colegio y se quedó con la otra, que nunca supieron cómo se marchó de la cocina y de la casa. Aunque pasaron varias noches desveladas esperando verla para preguntarle cómo se llamaba, jamás regresó.
   Otra vez, el sillón del abuelo que había muerto quince días antes, se mecía, tal como lo había mecido él mismo en vida. Sabían que no podía ser, pero se movía pausadamente, como antes. Fue un tiempo breve no más, porque se fue después de un mes. Tal vez no haya podido abandonar sus cosas o no sabría que estaba muerto. La abuela, además, tenía largas conversaciones con el difunto esposo que se le aparecía a los pies de la cama.
    Viajar a la India, caminar por sus calles y regresar para preparar el desayuno a las hijas y mandarlas a la escuela, no era nada extraño en la vida de ellas y de la joven madre.
   A esta altura del relato, se preguntarán de qué va la historia, a continuación lo referiré.
   Andy me conocía desde hacía muchos años, también sabía de mi escepticismo, pero confió en mí porque no podía contarle esto a otros sin que la creyeran loca.
   Después de terminar la escuela primaria, sus padres se habían separado, nunca más vieron al padre, suponían que se había ido a buscar trabajo a otro pueblo. Era una época en que no había cómo buscar a las personas sin recurrir a la policía y eso sólo si existía algún delito o la desaparición, pero no era el caso. Sin teléfonos ni direcciones, podrían haber vivido a cincuenta kilómetros sin verse jamás. Por eso Andy convivió con su hermana y la madre hasta que se fue a estudiar a Rosario.
    Los primeros tiempos, les contaron que vivía en San José y que trabajaba en una metalúrgica. Alguien dijo también que había comprado un comercio y se había mudado a La Plata. Pero después lo desmintieron. Más de una vez buscaron en guías telefónicas y llamaron para ver si lo encontraban, sin éxito.
   La madre trabajaba limpiando casas, cocinando comida para los internados del hogar, vendía cosméticos o cobraba los recibos del club. Ellas se criaron en un mundo femenino, entre tías, la abuela materna, primas y las amigas de la madre. Una vida normal, pero sin el padre. Normal es una manera de decir, porque la abuela era de esas mujeres que curan enfermos o sanan con rezar unas oraciones al Santísimo; pero no cobraba, por eso la policía no le decía nada, incluso alguna vez curó al hijo del comisario, un niño de tres meses que había contraído una enfermedad muy poco frecuente. Las personas del pueblo y de los pueblos vecinos iban en busca de la sanación. Así era la vida en la casa de mis amigas, con rezos, enfermos desahuciados, curas milagrosas, bálsamos sanadores, espíritus que deambulaban.
   Los viajes astrales de Amalia, la madre de las niñas, encontrar  espíritus en la cocina o en la galería de la casa se volvieron tan frecuentes,  que las chicas dejaron de hacer caso. Tampoco les llamaban la atención los visitantes diarios que esperaban el milagro de recuperar la salud o el amor.
   El día en que volví a ver a Andy, supe que algo serio había sucedido. Han encontrado al padre, me dije. Lo intuí al verla, estaba rara, como ajena, ausente. Su voz me llevó al pasado, como cuando en secreto me contaba de aparecidos y espíritus vagabundos. Alguna vez fui a dormir a la casona, pero no vi a ninguno, juro que no pegué un ojo, pero no apareció ni uno solo. Tal vez era mi incredulidad  lo que los espantaba. Aunque de niña tenía cierto margen de duda, así que podrían haber estado a mi lado y no verlos, quizás me haya dormido, pensaba.
   Andy me encontró en el colegio, yo salía y ella cruzó la plaza para saludarme. Me alegré por el encuentro y quedamos en volver a vernos. Esa misma tarde volví a ir a la casona. Ya no quedaban los frutales, ni las rosas. Algunos pájaros anidaban en los árboles del fondo y cantaban hasta ensordecernos. Me llevó al patio, debajo del roble había tierra removida y un ramo de  flores frescas, no entendía por qué en lugar de preparar café o unos mates, estábamos debajo del árbol. Aquí está, me dijo. No se había ido a San José ni a La Plata, la voz había cambiado, se la oía seca, sin emoción. Ella estaba igual, tal como la recordaba, delgada, hermosa y triste. Siempre sus ojos delataban la pena del alma. Andy desde la pérdida del padre no volvió a ser feliz. En ese momento recordé todo lo que comentaban en casa, de golpe volví al pasado.
   Adolfo se había casado siendo muy joven con Amalia, tuvieron a Andy y a Mary y parecían felices viviendo con  los padres de ella. Pero a la muerte del suegro, tuvo que mantener solo a la familia. Todo estuvo bien hasta que Amalia comenzó a cambiar,  empezaron a aparecer los muertos caminando por la casa y los jardines o sentados en los sillones de la galería. Él no hacía caso o no le contaban para no disgustarlo. Las niñas se acostumbraron pronto a esos fenómenos con la naturalidad con que los niños aceptan lo que les toca vivir. Cuando se enfermó no fue al médico, eso lo recuerdo bien porque lo hablaban mi madre y mis tías, que los remedios de Doña Santina, la suegra, no lo iban a curar decían.
   Una noche de mucha lluvia, Adolfo desapareció de la casa y del pueblo. Volvimos a la escuela después de las vacaciones de invierno, las calles de barro estaban imposibles de transitar. Ese día Andy me dijo que las había abandonado. Y no hablamos más del tema hasta que terminaron las clases. Hizo unas pocas referencias y nunca más lo hablamos. Durante el verano casi no nos vimos, ellas habían dejado de ir al club.
   Ahora estábamos allí paradas, debajo del frondoso roble, escuchando los chillidos de las calandrias que temían por sus pichones. Acá está, dijo. Debajo del árbol, por eso aparece todos los días, no se quiere ir  de la casa. Hablamos siempre que vengo a visitarlo, me espera parado ahí donde estás vos ahora,  me pregunta y le cuento cómo me va, qué hago, mis proyectos. Mamá sigue con él, nunca se dejaron de ver, siempre se quisieron mucho, viste, por eso lo enterraron en el patio para estar con él y no dejarlo ir. Él me aconsejó que estudiara, que mamá vendiera los terrenos y se quedara con menos lotes, para qué tanto patio, había que  limpiar y quitar la maleza y ahora estaba sola, era una manzana entera lo que teníamos; sólo el roble hay que cuidar que no se seque, que no lo talen, este lote no se vende, como te darás cuenta.
   Después de contarle un poco de mi vida y de mi trabajo, nada interesantes, me fui cavilando. Vivir sola no es fácil,  yo no tengo ni vivos ni muertos que me hagan compañía.
                




viernes, 16 de mayo de 2014

Chini




Una noche de invierno encontraron al marido de Chini en la casa de su amante. La mujer sabía que la vecina lo miraba, espiaba las entradas y salidas, siempre detrás de la cortina, corriendo sigilosamente la tela manoseada, antes blanca. En el barrio se decía que él era un picaflor, que desde joven había tenido las mujeres que había querido tener; ella hacía como que no sabía nada, murmuraban a sus espaldas, pensaba la santa que le tenían rabia, envidia o algo así. No creía que el viejo a esa edad todavía anduviera de farra. Cometarios y chismes eran conocidos y repetidos en la cuadra desde hacía cuarenta años, los ignoraba con un aire de señora o de reina soberbia y distante. La distancia que ponía con las vecinas evitaba que le preguntaran qué te anda pasando por que tenés esa cara, cómo te aguantás a tu marido, qué le decís cuando llega de madrugada.
Hacía unos días que el viejo Catalán andaba raro, con esas miradas esquivas que tan bien conocía ella. Como cuando a los ocho meses de casados encontró cartas de amor de una de sus antiguas novias o cuando después de tener al segundo de sus hijos recibió la visita de una mujer de la ciudad quien dijo que buscaba a su futuro marido. Entonces, el padrino del niño, José Cueta, la cargó en el Ford  de don Braulio y la llevó a la estación para que regresara por donde había venido. Siempre creyó en las palabras o explicaciones que le daba el Catalán. Es un niño, pensaba, los hombres no son más que niños. Y con esa excusa clausuraba todas las sospechas.
La vida en común con todas las labores, los guisos, la huerta, el planchado, los niños, las anginas y resfriados la mantuvieron ocupada durante algunos años. De cuando en cuando, lo veía rejuvenecer, se alistaba como siempre para ir al club o al  bar, pero algunos indicios le decían que su corazón estaba enamorándose otra vez.
Así habían pasado los años de matrimonio, engañándose. Él porque buscaba el amor efímero y caliente de mujeres alegres, de vida libre, ésas que no lo amaban y querían divertirse, recibir sus caricias o su dinero. Ella porque, conociéndolo tanto, le hacía creer que no sabía de sus pasiones, de su vida lujuriosa, de la sed intensa de amar  a alguien nuevo, a una mujer distinta siempre, desconocida.
Una reina sombría, un poco triste, austera, elegante y sencilla. Sacaba del ropero los vestidos claros, las blusas con volados diminutos y puntillas, unas pocas faldas oscuras, los sacos de corte impecable y los tapados pespunteados, sobrio atuendo que ventilaba y seguía usando año tras año, tanto que las fotos de cumpleaños y bodas familiares donde estaba Chini se parecían todas, excepto por los peinados a la moda y las arrugas de su cara o de sus manos. El corazón sí había cambiado mucho, aguijoneado por la amargura, sacudido por la traición tantas veces. Nadie sabía más que ella cuánto había sufrido en su matrimonio, aunque su marido no lo notara. Ellos eran felices a pesar de la incomodidad de las mentiras y del silencio. Se los podía ver en las fotografías del brazo, tomados de la mano, con un abrazo apenas forzado y sonrisas fabricadas. Recordaba que para el cumpleaños de Inesita había tenido que fingir, maquillarse varias veces hasta que se  borraron las señales de las lágrimas y para el bautismo de Julián, el quinto de sus hijos y el último, preparó el bolso para ir a vivir otra vez con sus padres y la convencieron de que no lo hiciera y la encerraron en el baño hasta que dejó de llorar y de gritar ésta no es la vida que yo quiero.

Nada alteraba su vida ahora, los niños habían crecido y al tiempo llegaron los nietos; había cocinado infinita cantidad de caldos y carnes, gallinas en pucheros, pasteles y confituras. Seguía cocinando para los pequeños nietos que iban de visita o se quedaban a acompañarlos los fines de semana o durante las vacaciones.
Fue la noche en que le avisaron que el Catalán estaba muerto en la cama de la vecina, cuando cayó el telón y finalizó la comedia que había estado representando. La conmoción y la rabia la dominaron. Les dijo a sus hijos que  no habría velatorio, llevaron al muerto a la funeraria sin prisa, sin flores y sin llanto. No recibió las condolencias de nadie, porque no quiso. Cruzó  la calle y tocó la puerta de la casa de la mujer que había sido la otra durante cuarenta años, la amante, la puta y, ante el temor y el desconsuelo de la enemiga, le devolvió las cartas que había encontrado a los pocos meses de casada. Al final recibió la última estocada, para su sorpresa ella sí lloraba con afecto por el difunto.

miércoles, 23 de abril de 2014

Relincho


 Nos despertamos asustadas por los gritos de doña Genoveva que estaba en la puerta de casa y lloraba. Tanto llanto y desesperación era extraño en una mujer silenciosa y mesurada. No comprendíamos qué ocurría aquella mañana.  Las personas mayores sabían que él la maltrataba, era gritón, tenía mal carácter, decía ella en voz baja, por si la escuchaba, pero a los más chicos no nos contaban nada. Para qué envenenarnos el alma con dolores ajenos. El barrio era tranquilo, los ancianos aún hablaban idiomas alegres, musicales, cantaban en italiano, conversaban en catalán, discutían en gallego. Nosotros sólo usábamos el español y nos creíamos privilegiados por conocer y dominar la lengua del país.
  El olor a pan recién horneado, las veredas con el pasto húmedo, las calles de tierra que, si llovía, se volvían intransitables, el perfume suave de las rosas, los jazmines y las madreselvas en el camino hacia la escuela son recuerdos de la infancia. Si hacía calor, muy temprano doña Genoveva abría la ventana de su dormitorio y veíamos  el dorado de la cama de bronce, el mármol rosado de las mesas de luz, el alabastro de la araña que tenía unos pocos caireles de vidrio y parecía un caleidoscopio que giraba lento al ritmo de la brisa. Las ventanas pintadas de color verde claro entreabiertas y las cortinas de hilo tejidas al crochet creaban sombras y reflejos en la habitación de techos altos y ladrillos rústicos. Yo soñaba con tener un cuarto así. Cuando atravesábamos el campito donde cultivaban habas, arvejas, papas o zapallos, según la estación y las necesidades, sabíamos con los ojos cerrados y el corazón expectante que el caballo viejo de don Tomás relincharía a nuestro paso. Siempre lo mismo. El pan, los yuyos, las rosas y el relincho del caballo que nos miraba detrás del alambrado.
  Mi hermana y yo íbamos juntas todas las mañanas a la escuela, cuando me quedaba dormida, corría detrás de ella que siempre fue más puntual y madrugadora. En la esquina nos encontrábamos con otras compañeras para ir al colegio de monjas, estricto y disciplinado, como todos en aquella época. Algunas salían más tarde, porque las llevaban en auto, pero a nosotras, no. El regreso era animado, planeábamos las salidas a la hora de la siesta o los deberes y trabajos escolares con otras de nuestra clase.
  Había llovido, recuerdo, durante un mes seguido. Interminable la lluvia apagaba los sentidos, adormecía, estrangulaba la ilusión de jugar o de salir a tomar un poco de sol. Nada que hacer, el agua era de nunca acabar. Los olores habían cambiado, se veía el humo del horno de la panadería, pero no alcanzaban a oler tan bien las levaduras. Era otoño, pisábamos agua barrosa, caminábamos entre las huellas hechas por los vehículos, esquivábamos los charcos, las ahogadas enredaderas se fijaban a los muros para que el agua no las arrancara de un tirón, los cercos de tuyas se doblaban pesados con la carga de agua. El carro del lechero seguía pasando aún debajo de la lluvia o de la llovizna,  una gran capa negra  cubría  al hombre alto y fornido de cara rosada que sonreía afable, acomodaba y tapaba los tarros de leche espumosa con  gran cuidado, con amor de madre podría decir. Otros aromas nos llevaban y traían por las calles en esos días, el olor a barro, a pasto mojado, a caldos y a guisos a la hora del mediodía.
  La ventana de la casa de doña Genoveva estuvo cerrada unos días por la lluvia o por el dolor de la mujer. La humedad y la lluvia cierran y encogen las casas y hasta que no sale el sol no se abren puertas ni ventanas,  porque hacerlo con la sensación de frío  penetrante que imprimen  no deshumedece.
  La casa había permanecido cerrada durante el mes de la lluvia. Después vimos que abrieron los postigos de madera, se habían corrido las cortinas y alguien estaba en la hermosa cama de mis sueños. Era ella, Genoveva, parecía la abuela de los cuentos con el cabello blanco, un rodete caído en la nuca y la sonrisa dulce. Lo que no tenía nada de idílico era la vida que soportaba. Como muchas mujeres de la época, sufría con resignación los gritos, el malhumor y la violencia del marido. Hasta  la mañana  en que apareció llorando, nunca habíamos pensado que la golpeaba, “le levanta la mano” escuché y supe que ese rostro angelical ocultaba una pena infinita. Algunas tardes la vimos sentada en el patio tomando sol, dándole de comer a las gallinas o cortando lechugas en el terreno donde hacían la huerta. No se la veía bien, caminaba con dificultad, no sonreía. Estaba triste o enferma.
  Al  final del invierno,  personas ajenas a la casa iban y venían. El médico, los hijos, las nueras, todos llegaban silenciosos, algunos se quedaban un momento hablando en la vereda y entraban, poco después se marchaban.  El invierno había sido duro, la ventana permaneció con los postigos entreabiertos hasta la primavera. Ella estuvo en cama. Mientras, el viejo Tomás se pasaba el día entero hasta las últimas horas de luz en la quinta. Casi no iba a la casa. Trabajaba con obsesión, más que un trabajo parecía un castigo lo suyo; pasaba frío, calor, no levantaba la cabeza de los surcos, silencioso empuñaba el arado tirado por el caballo, le daba latigazos para que marchara,  le ordenaba con voces breves y firmes, o hundía la pala en la tierra con todas las fuerzas que le quedaban, aunque no era viejo, a mí me lo parecía. El único que lo acompañaba era el caballo. No hablaba con nadie, apenas si saludaba  a los vecinos, sobre todo después de que la mujer corriera a mi casa para ser auxiliada. Ella  contó que la quería matar, que la había amenazado. Estábamos aterrorizadas.
  Esa mañana, como siempre, salimos para la escuela con mi hermana, atravesamos el campito y no oímos el relincho habitual, al llegar al poste donde  ataban el caballo, tampoco lo vimos. Había poca luz. Entonces, al llegar a  la esquina nos dimos cuenta  de lo que sucedía, estaba parado con la cabeza erguida como esperándonos y relinchaba airoso. Alguien lo había soltado y, con la tranquera abierta, caminó hasta la vereda, vacilaba, inseguro cruzó la calle y, aunque no se atrevía a trotar, tomó coraje y se perdió detrás de los hornos de ladrillo.
  Doña Genoveva se fue en primavera, volvieron a abrir la casa para el velorio, fueron los parientes y algunos conocidos a despedirla; de mi familia, nadie. Los dos partieron el mismo día. El caballo eligió ser libre; nadie lo supo excepto nosotras dos, porque pasó trotando aquella mañana por las calles del pueblo y desapareció entre los lotes sembrados y los hornos.



jueves, 17 de abril de 2014

RETIRO VOLUNTARIO Hace un tiempo creía que ya no tenía sentido recordar la situación que describo. En la Argentina no dejamos de sorprendernos.

Después de los ’90, Argentina.

Algunas veces hay que escuchar y acompañar. En un bar, dos mujeres, dos tazas de café, cigarrillos y un monólogo:




"Pobre Juan, hace tres años y veinte días que perdió el trabajo. Primero creyó que lo tomarían de nuevo. Ya se sabe, te llaman para ocupar otro puesto y no tener que pagar todo lo que te corresponde, te pagan menos por la antigüedad, te borran la antigüedad, claro, te contratan por dos o tres meses y no te aportan nada… en negro estás si te gusta, si no, otro  toma el laburo…
Se quedó sin trabajo por no ser el alcahuete del gerente, dice, pero hoy estaríamos mejor. En realidad, si hubiera hecho los cursos del banco y me hubiera hecho caso…
Ahora, Juan ya no es el mismo y yo tampoco. La casa no es la misma, las paredes están sucias, habría que pintar, hay humedad por las filtraciones, las cortinas son viejas, lo que se rompe no se repone. Vivimos con lo justo. Eso sí, él sale todos los días, recorre dos o tres bares del centro, lee los diarios buscando trabajo y a la noche me cuenta las noticias más importantes, lo peor es que yo hago un esfuerzo grande para prestarle atención, pero el cansancio me gana y antes del segundo comentario, estoy dormida.
Cuando alguien le pregunta por el trabajo, dice siempre lo mismo: “Ese hijo de puta de Salcedo me jodió”; yo ya no lo escucho, porque la historia de Salcedo, al que sí ascendieron por “chupamedias”, dice mi marido y se le hincha la vena, “Por soplón” él, Salcedo, Alfredito, antes lo llamábamos Alfredito, se quedó con el puesto que le correspondía a mi marido.  “Subgerente de la Sucursal del centro”. Salcedo había hecho un trabajo fino y este boludo de Juan picó.
“No te podés perder la guita del retiro voluntario”… “yo ni loco me quedo,  acá nos están chupando la sangre”… “Se nos va la vida en estos papeles, Juancito”. “Acá  te vuelven loco y después te echan con dos pesos, ya pasó en otros bancos”. Y Juan, mi marido, el pelotudo éste, renunció. Aceptó la plata del retiro voluntario.
 Le pagaron en seis cuotas, seis meses mientras se cerraban fábricas, mientras crecía la desocupación y la gente iba al laburo por monedas. Las cuotas, la inflación creciente,  la huida del presidente De la Rúa de Casa de Gobierno a finales de 2001, los cinco presidentes que siguieron después, la salida de la convertibilidad (un peso/ un dólar), todo eso hizo que se esfumaran los únicos pesos que teníamos para poner un negocio. Nos comimos todo sin darnos cuenta. Ah, me olvidaba, parte del dinero se lo dio a González, el dueño de la remisería,  para invertirla y ser socios, así saldríamos adelante. El tipo, un vecino de toda la vida, cerró el  negocio, se fue a vivir a Necochea  y no lo volvimos a ver; qué querés que te diga nos robó más el banco que González.
Ahora trabajo en dos escuelas, atiendo alumnos particulares, cocino los fines de semana para cumpleaños o fiestas en el barrio y espero que Juan se reponga de la depresión, que consiga trabajo, algo que le guste, que traiga un peso a casa, que se ocupe un poco de los chicos, porque está siempre ausente o triste. Los chicos lo necesitan y yo también".




jueves, 10 de abril de 2014

Bolero





Henri Matisse: Lydia
Tenía los ojos de color de las avellanas, eran pequeños, algo saltones y brillantes. Había sido graciosa, divertida, fresca. Me cuesta recordarla riendo.
En algunas fotografías se la ve menuda, en los ’60 con pescadores ajustados, anteojos de sol oscuros, pañuelo en la cabeza para sujetar los rulos negros y largos, sonriente en las típicas fotos del verano. Las vacaciones en familia, los chicos sobre los burritos, ella en una roca apoyando el codo en la rodilla y la mano en la cara, el laberinto de Los Cocos, la calle techada. Las tardes en los ríos de Cosquín y Capilla del Monte o de La Falda. Caminatas en los cerros, la cosecha de berros en las orillas, entre las piedras y el agua clara. Es fácil ver las fotos, recordar y asociarla con los motivos más ricos de la infancia. El río, las sierras, el olor a menta o  a peperina. Las mañanas amasando pastas y el olor a salsa de tomates y cebollas, el estofado de los domingos, la radio dando canciones a todo volumen.
En un momento, algo se rompió en su matrimonio y en la vida, no pudo separar una cosa de la otra. Después, quedó tan vulnerable que se hizo trizas cuando también perdió la fantasía que la había sostenido. No supo vivir con el dolor a cuestas. Tuvo años  sumida en los  sentimientos de fracaso y en los recuerdos de la juventud. Hasta que un día se encontró en la calle con una amiga con quien solía ir a los bailes del club; después de casadas  dejaron de verse, sobre todo, porque la otra se había ido a vivir a Santa Fe con el marido. Ahora era viuda, alegre, vital, a pesar de sus setenta  años, andaba paseando y visitaba a la familia.
En ese encuentro descubrió  que su primer amor había sido  un engaño, puras mentiras, él me quería a mí, pero yo lo dejé, decía una y otra vez. Que ella había sido la mujer de  su vida,  que no  lo había elegido, pero siempre la había estado esperando,  aunque ella se hubiera casado con otro. Frases tranquilizadoras, palabras como sones repetidos, recuerdos de la juventud. Fugaba hacia el pasado.
Siempre dijo con sinceridad que podría haberse casado con Juan Carlos y hasta que hubiera sido mejor eso que lo que le había tocado en suerte, que hubiera tenido una vida más fácil, que él la quería, que siempre la buscaba cuando volvía de Córdoba, donde estudiaba medicina, que la familia era muy buena y la aceptaban, sobre todo Clarita porque eran amigas. Pero no se dio. Ella quiso a otro y se casó con el otro.
Todas las veces que era traicionada, cuando rumiaba penas por el marido, pensaba que casarse había sido un error, lo recordaba a Juan Carlos, él sí era el hombre que ella merecía. Era doctor. Se había quedado soltero. Creía que por ella había elegido la soledad, ella o ninguna otra. Era un raro privilegio que le daba felicidad,  pero era también una dualidad, se sentía feliz porque él no la había olvidado, porque no pudo reemplazarla con otra mujer, no hay otra, se decía, pero es triste que pase la vida en soledad.  Eso la consolaba, sin embargo no se animó a buscarlo en tantos años, para sacudir un poco su vida o para dejar al marido. Las dos se encontraron casualmente, ya había pasado tanto tiempo y se pusieron a contar historias, a recordar, a compartir cómo les había ido a cada una, después de un rato largo llegaron a nombrar al hermano de Clara, Juan Carlos, yo estaba presente y pude ver el vendaval que produjo la verdad revelada.
“Te acordás, dijo Zulema, está en Córdoba, es un doctor muy conocido, nosotros fuimos novios, antes de que yo me casara él quería que yo me fuera para allá, siempre que venía iba a casa a visitarme, mis padres estaban felices, casi me caso con él, por esas cosas de la vida José apareció un día que había venido de Santa Fe a pasear de sus tíos y me enganchó, chau Juan Carlos, pobre, yo sé que sufrió mucho, me quería, pero nunca más lo vi, creo que no se casó. Él estaba loco por mí. ¿Vos te acordás, no? Si íbamos juntas a los bailes, vos sos más chica, pero igual como yo me casé de grande, bah, no tanto, igual pude tener a las chicas y ver a mis nietos. Vos cómo estás que no me decís nada”.
Un puntazo le rozó el corazón (las coronarias, el ventrículo izquierdo, una isquemia de amor).
De a poco se fue apagando. Yo la vi con menos luz. No sabría decir si era por la vida que llevaba siempre amarga o bien por lo que había soñado tanto tiempo. Entendía tarde que tampoco  el  sueño habría podido ser. Ahora, ni la vida que le había tocado,  ni lo que había construido en su fantasía con el primer amor  le daban felicidad.
Hay un destino para cada uno de nosotros y, como en la tómbola, te toca el número y ¡bingo! Ella pensaba así, que era cuestión de suerte, que la vida no le pertenecía, sino que te toca o no te toca y a mí me tocó esta vida, decía a veces con resignación, cansada.
El encuentro con Zulema  produjo un cambio. Comprendió que no era afortunada, eso era evidente, que al fin de cuentas no había sido su decisión dejar a Juan Carlos, ponerse de novia y casarse con otro, sino la traición (triste es la verdad y más cuando es demasiado tarde). Él le había mentido siempre, las veía a las dos cuando venía al pueblo o quizás habría otras. Se desplomó el sueño romántico.
Allí estaba maltrecha su pobre fantasía, algún día tal vez con suerte me pueda ir mejor y hasta volver a verlo y preguntarle, si todavía no se casó por algo fue, aunque ya somos grandes, pero era tan bueno, siempre me trató tan bien, era fino y educado, ni me tocaba, era todo un señor, Juan Carlos. Eso de la Zulema es un cuento de ella, si siempre fue mentirosa, como cuando le dijo a la Negrita Lezama que el novio le había tirado los galgos y los hizo pelear, después se amigaron y  la Zulema, no nos saludó más, claro, fue por eso que no fuimos más a los bailes con  ella, por eso, no por Juan Carlos, cuentera, siempre armó líos, si él estaba en Córdoba y estudiaba de doctor y se recibió y no se casó nunca, prefirió quedarse soltero, porque yo lo rechacé, ese domingo  vino a casa y yo le dije que no me tocara, que así no quería estar con él, que nos van a escuchar mi mamá o mi hermano que están en la cocina y se escucha todo, porque dejan la puerta abierta del comedor para ver qué pasa y te enojás, nunca te había visto así, tan enojado, Juan Carlos, no parecés un doctor. No lo vi más, aunque después  yo sé que le preguntaba a Clarita por mí y pasó el tiempo, no venía o no se hacía ver, porque yo sabía que le duraba el enojo, pobre, y, claro, me puse de novia y me casé; un poco antes, la Zulema se había casado y se fue a vivir a Santa Fe, pero Juan Carlos no se casó nunca, nunca que yo sepa  y Clarita no me contó nada más sobre su hermano.



miércoles, 9 de abril de 2014

El juego de contar historias

Teníamos la costumbre de jugar a inventar historias. Éramos niñas, pasábamos muchas horas en la única habitación que constituía toda la casa y cuando estábamos aburridas o cansadas mamá nos hacía jugar al veo - veo o a contar: números o historias. A mí siempre me gustó narrar. Mi hermana se cansaba y me dejaba sola, hasta que volvía para ver y contar o escuchar mis relatos.
Las dos hermanas de Pierre Auguste Renoir
El juego consistía en esperar  que pasara alguien por la vereda, otro que viniera doblando la esquina en bicicleta o un auto, lo que era más raro en aquellos tiempos. La que lo veía primero, empezaba. Había algunas historias ya iniciadas, por ejemplo, la de la señora gorda que hacía las compras con una bolsa azul. Solía usar un vestido verde floreado en verano, con  pequeños ramos de violetas y un canesú con puntillas diminutas,  un pañuelo claro en la cabeza o el pelo recogido en un rodete muy apretado. En invierno,  un tapado beige de piel de camello con martingala, bolsillos interiores profundos con tapas pespunteadas y botones forrados. Cuando pasaba frente a nuestra casa, estudiábamos sus movimientos, sus gestos, el vestido. Si el cabello estaba más o  menos arreglado, los zapatos limpios, las medias de nylon con las costuras rectas, torcidas o corridas. Todo podía servir para empezar el relato: un marido enojado, los hijos enfermos (habíamos determinado arbitrariamente que tenía tres hijos), el cansancio por haber aseado la casa sola     con lo que eso me cuesta  cada vez es más difícil con estos chicos que se ensucian jugando a la pelota y una tiene que lavar a mano     digan que mi marido me regaló la tabla de lavar     en la tabla de madera es más fácil refregar hasta sacar la mugre que traen estos tres cuando vuelven de la canchita     tres varones     no es fácil, vea    todo tiene que estar impecable así cuando llega él no se enoja     eso de pasar el dedo por el aparador para ver si hay tierra  y mostrarlo como un trofeo es muy de la madre     pero yo no le voy a dar el gusto a esa vieja  que seguro le llena la cabeza     estoy segura  que nunca me quiso   desde que fui la primera vez a la casa     me sirvió unos fideos lavados y como le dije que mi mamá los hacía muy ricos  me hizo la cruz     y el Fernandito que siempre se me enferma     ya ni el tónico le sirve  por eso se lo llevo a doña Rina que me lo cura en un santiamén     así vuelve a la escuela     pero yo no le digo a él porque si  se lo cuenta a la madre empieza con que el cura dijo que son brujerías eso de la tira  en nombre del señor o  de la virgen es sacrilegio y que no tengo que ir más     no      mejor lo sigo llevando y le cura el empacho     o es por la envidia me dijo     debe ser la flacucha ésa mi vecina que me envidia la familia que tengo     y está vieja flaca y sola     se le nota la amargura     no como yo que cuido a mi familia y estoy feliz de la vida.
Era una mujer joven y agradable, aunque no podíamos definir su edad, siempre andaba con gesto adusto, no se la veía feliz. En cambio, el muchacho de la bicicleta negra, sí.
A él lo imaginábamos enamorado de una linda chica, era dichoso con ella. Delgado, usaba pantalones oscuros planchados con rayas impecables, camisa de mangas largas también planchada con pulcritud y una corbata gris; cuando refrescaba, agregaba al atuendo un chaleco tejido de color café o el gabán azul con botones dorados, en el invierno. Pasaba todas las mañanas puntualmente a las siete menos diez, lo veíamos  ágil como si pedaleara en una competencia, tal vez, decíamos, piensa que corre una carrera, pudo despegarse del pelotón, es el ganador, por eso va feliz. Al mediodía regresaba con ánimo diferente y a la tarde corría algo sudado nuevamente al trabajo; algunas veces hacía piruetas en la bicicleta al ritmo de la canción que iba silbando o cantaba. Sin duda iba al trabajo -el banco o una oficina-  era bachiller o perito mercantil     no cualquiera tiene un trabajo de oficinista en esta época en este pueblo     si no lo cuidás te van a echar     mejor dejá de salir con esa chica     te estás acostando muy tarde     qué clase de chica es     no le dicen nada los padres a ésa     nada bueno te va a pasar     no le digas a tu padre que estás enamorado de ésa     parecés un idiota últimamente     no sé qué le viste     no vale nada     no es de buena familia     no tienen dónde caerse muertos     todos se criaron juntando maíz en la estancia de los Vanoni     lo sé muy bien por tu abuelo     mirá  no sé si no es hija del patrón ésta     había una historia media rara entre esta gente.
Inventar historias nos entretenía. Teníamos la mirada puesta en  el otro, creíamos adivinar qué le podía suceder en ese momento, sentíamos ternura por nuestros personajes, creábamos la vida que vivían  o  el conflicto que llevaban a cuestas, era una  mirada que construía identidades ficticias, aunque supe después, por circunstancias casuales, o no tanto,  que algunas veces habíamos acertado con los relatos imaginados.
Jugábamos con la imaginación en tiempos en que no existía la televisión y no sabíamos leer muy bien, aunque el de construir historias es un vicio que no me ha dejado nunca.


                          

sábado, 5 de abril de 2014

La gracia


Retrato de Lidia, Henri Matisse


  Llegué al mundo un día lluvioso. En aquella habitación húmeda mi madre me dio a luz en una cama deslucida de hierro, ahorrando gemidos para no atemorizar a la niña que la acompañaba, pujaba entre las sábanas y los trapos que acostumbraban a usar en tales ocasiones.
Había estado sola con mi hermana  hasta que comenzó a sentir el dolor, una punzada aguda y fina que subía desde la cintura como una serpiente y la mordía. La vertical de calor anunciaba la proximidad del parto y  llamó a doña Celina, la vecina.
  Era costumbre  preparar el agua caliente, las ropas blancas y perfumadas.  Llevaba un camisón de bombasí estampado con pequeños ramos de flores rosadas y amarillas, la cama parecía más ancha y limpia. Estaba sola. Los vecinos llamaron a la partera. Cuando llegó la vieja, cada cosa estaba en su lugar, la palangana y la jarra enlozada, una fuente de bordes ondulados, las toallas, las telas de lienzo blanquísimas. La pobreza y la soledad de una madre joven en su segundo alumbramiento estaban a la vista.
  Llegué con prisa, era una mañana de junio, muy temprano y llovía, quería ver el mundo. Me cubría el manto de la virgen, que decían  traería buenaventura. “La gracia” entonces  vendría de un mantillo que cubre el torso del recién nacido. Tal es el  origen. En el ámbito rural  les atribuyen a los niños nacidos con el velo o manto de la virgen, esa inusual envoltura  que unos pocos traen al nacer, poderes sobrenaturales. Una pátina blanquecina que, según mi madre,  era por comer muchas manzanas de Río Negro.
  La gracia es signo de sensibilidad y de dones. Pese al pensamiento mágico, lloré como todos los niños, hacía mucho frío en la sencilla habitación que olía a lejía y a alcanfor. Fui envuelta con amoroso cuidado y depositada en los brazos de la joven para que me amamantara. Mi madre, Delia.
  Durante toda la historia se tuvieron a los seres con habilidades psíquicas como elegidos, santos, sacerdotisas, magos, no fue mi caso. Excepto  porque puedo conocer a la distancia a las personas y desconfiar de los mentirosos y estafadores. Mucho no me ha servido. La adivinación no es lo mío, de ser así, habría sido muy distinta la vida; aunque sí he sentido la presencia de lo sobrenatural, de la muerte. Lejos de asustarme, con más asombro que temor, he sabido con anticipación de partidas. Aclaro que no creo en el más allá ni en juramentos, pero si no fuera así,  juraría para que me creyeran.  
  Fue un aviso cuando recibí la visita de mi querida abuela, sentí la serenidad de su abrazo, su cálida caricia y un alivio intenso, justo en el momento en el que  moría mi madre. Este dato nos diría que sí hay más allá y que los muertos siguen conectados a nosotros y, además,  que vienen a buscar a sus seres queridos, a su hija, en el caso que refiero, o que llegan hasta este mundo para consolarnos. 
Ella, mi abuela Rosa Mérope, había partido muchos años antes. También cuando nos dejó pude anticiparlo. Estaba enferma,aunque  no esperábamos que su deceso ocurriera ese día, tan pronto;  mientras ella se preparaba para dejar este mundo, me asaltó  un poema de Gustavo Adolfo Bécquer. Caminaba con la mente en nada y el verso aprendido hacía tantos años se empeñaba en darme golpecitos en la espalda, "Dios mío que solos se quedan los muertos", decía el poeta y me lo repetía desde el más allá. ¿Por qué vino a mi mente ese verso? Esa noche, la abuela falleció.
   No sé si es un síntoma de conciencia superior o de gracia, pero otra vez mientras  dormía, pude oír gritos desgarradores -como de perros salvajes con su presa- (un sueño, me dije, para esquivar los pensamientos de muerte). En aquel momento  nos dejaba  una persona de la familia. Era de madrugada y supe al instante que nos había dejado. A los pocos minutos, sonó el teléfono. Había fallecido. 
Podría seguir contando pequeñas historias, pero mucho no creo en ellas y son tristes.                          

martes, 25 de marzo de 2014

Ella y él


Ella era mala y mentirosa. Bajando la voz: Lo engañó siempre. Él la había visto tan linda,  tan buena. Vivieron muchos años juntos, yo no sé. El sí forzoso los envenenó un poco cada día.
Él era un vago, no le gustaba el trabajo. Un mantenido. Miserable, mezquino, aprovechador, no lo quise nunca para ella. Masticaban la rabia incontenible a toda hora. Hartos, decidieron separarse.
Entonces, los devoró la pelea, se arrastraron hasta lo más bajo. Se tiraron los platos. La distancia creció en cuotas, como todo lo que había pagado él y que ella se llevó después.
Nada quedó del apetito inicial. Ahora, estaban famélicos de nuevos amores.
Al final, empachados de resentimiento, vomitaron todos los no que tenían atragantados y se fueron sin despedirse, como desconocidos, soltando broncas.
Pablo Picasso



sábado, 8 de marzo de 2014

Somalia. Wardo Yusuf


 África, 2011
Una mujer somalí camina por el desierto con sus dos hijos. La  otra mujer que le sigue los pasos tuvo que decidir  abandonar a dos adolescentes debajo de un árbol, los dejó en manos de Dios para seguir caminando con otros cinco. La sed y el hambre arrebatan las vidas de los que no resisten. Millones de personas en riesgo. La muerte camina entre las sombras de sus esqueletos descarnados. Sombras con el alma rota, sin agua, sin alimentos. No pueden llorar a sus muertos. Deben seguir caminando a Kenia que está esperando. Un paso gigantesco para ellas.
Ella es Wardo Yusuf camina con una pequeña de un año en la espalda y otro de la mano. Sólo tiene dos litros de agua. Si no lo logra, si no llega al campamento de refugiados, deberá vivir con los fantasmas de sus niños. El milagro está en el bidón de agua.
Somalia con una población de un poco más de nueve millones de personas sufre frente a la mirada indiferente de los poderosos y a los paliativos de los organismos internacionales. No basta. Sobras para ellos que no tienen nada de nada.
 Somalia tiene problemas con sus  dioses que evidentemente no se han puesto de acuerdo aún. Los  hombres tampoco, los somalíes hablan tres lenguas -italiano, árabe e inglés- en las que no se ponen de acuerdo los políticos del país. Resabios de colonialismo, pienso.
Wardo Yusuf  debe abandonar a su niño desfalleciente. En el umbral del dolor  arroja parte del agua que lleva como tesoro sobre la cabeza del niño que durante cuatro años cobijó en su lecho. Pide ayuda a los otros migrantes. Nadie la auxilia. Lo deja, tapa el pequeño cuerpo con ramas secas. Una mujer en el límite salva al hijo que tiene más posibilidades y sigue. “Dios da y Dios quita" dice y  camina.








http://www.ellitoral.com/index.php/id_um/97384-unas-857000-personas-necesitan-ayuda-urgente-por-falta-de-comida-en-somalia

domingo, 2 de marzo de 2014

Lucía tan callada

Algunas veces nosotras salimos en defensa de las otras mujeres por solidaridad, por convicción o piedad. A Lucía nadie la defendió. Lucía está sola en un cuarto de mala muerte. Se la ve como una mujercita frágil, pero  algunos dicen que es mala como una arpía. Otros, que fue el sufrimiento lo que la llevó a este desastre. Hay quien afirma que con la madre también era mala y esto algún día iba a suceder.
El marido era violento, usted sabe, uno de esos tipos que toman y hacen locuras, aunque en el fondo la quería…    él andaba con la otra, eso la volvió loca, pobre…   ésa se va a arrepentir toda la vida de haberle quitado el marido a Lucía. Juan, pongámosle un nombre, la maltrató al poco tiempo de conocerla, primero cuando no la dejaba salir con las chicas del taller,  se ponía como loco si hablaba con un compañero o   acusaba a su hermana, la Gladys, de llenarle la cabeza o a la madre de querer otro candidato para casarla. La humillaba frente a los hijos, usaba palabras degradantes que los hijos  repiten, aunque ahora menos, quizás porque la ven poco y también por miedo. Lucía tiene una mirada dura, un poco extraviada y eso y el hecho criminal la hacen temible.
Trabajó mucho. Durante años lo mantuvo  pese al descontento familiar. El comía, dormía, ordenaba qué había que hacer y  qué no, desde el principio. Decidió casarse con ella antes de que la suegra lo echara a la calle. Embarazo de por medio se casaron  y tuvo que buscar trabajo y  empezar a trabajar. “Boluda, no servís para nada”, “tarada, no ves lo que hacés”, “vos no hacés nada bien” “si me sirvieras en la cama”  “salí de acá dejáme de joder sos una vaca”.  Ella callaba y hacía todo lo que podía para conformarlo. No quería verlo enojado.
 Lucía  no hacía nada bien y eso se  lo recordaban a cada rato. No era como la otra en la cama y se lo decía, no cocinaba como su madre y le tiraba la comida al tacho de basura, no era prolija como la Gladys. “No hacés nada bien”, “estos se portan tan mal por tu culpa no sabés criarlos” cuando  les pegaba a los chicos,  se ponía en el medio, le pegaba a ella.  El día en que la vio hablando con el Sergio le dio la paliza de su vida. Después siguió como  acostumbrado. Fue un camino sin retorno y ella tuvo mucho miedo; espiaba sus gestos, esquivaba los ademanes, medía sus pasos, controlaba  las miradas,  se aflojaba para suavizar la intensidad de los golpes, lo dejaba hacer en la cama, se esforzaba para no llorar, no gritar de dolor cada vez que la sometía. Lucía no camina, vuela. Con  la velocidad de su andar se escapa de esta vida que le ha tocado, piensa.  Los pasos ligeros, el corazón en la boca siempre que llega él, dice en voz baja porque cree que la puede escuchar aún cuando no está en la casa. Esta Lucía es un animal en acecho, frágil y temeroso.
El dolor se transformó, se pudrió de a poco, la arrastró como un viento feroz, la degradó. Cada día, durante largas noches en las que no dormía por temor a que volviera  a pegarle, pensaba en morir o matarlo.
Un día, mientras  llovía  y los chicos estaban en la escuela, aprovechó el momento para hablar, para decirle que tenían que separarse, que la casa era de ella y que era lo mejor para los chicos, pero no pudo soportar  los golpes y se calló; otras veces se hubiera humillado y le hubiera pedido perdón por haberlo hecho enojar, hubiera suplicado de rodillas, lo hubiera dejado hacer lo que más le gustaba en la cama aunque la lastimara, qué te pasó quién te hizo esto qué animal, decíle a tu marido  que no te lastime más si no lo tengo que denunciar. Ese día fue hasta la pieza, lo llamó, escuchó una puteada por respuesta, escuchó los  gritos sin entender qué decía, lo vio levantarse como un loco, amenazarla con la mano derecha en alto, le oyó elevar la voz más y más sin comprender nada y salió de ella lo que  había estado sofocando, eso que  no quería sentir y que tenía adormecido, la ferocidad del animal herido,  maltratado, saltó sobre él con el odio reventando sus venas, atormentada, gritando con el cuchillo en alto.
Lucía ahora está sola, desde el día del crimen duerme en la celda de dos por dos sin compañía. Es peligrosa, dicen. Dicen que no se sabe con ella, que puede atacar así como así en cualquier momento. Casi no habla. Tiene mucho frío, sobre todo cuando llueve y extraña a sus hijos. Espera en silencio la decisión de un juez.

sábado, 15 de febrero de 2014

Modelos



La madre de Jose es obesa. Siempre le dice mami, desde chiquita, pero ahora queda mal, Jose la nombra y se escucha ridícula.
“Siempre fue una gorda vaga, escondió con la obesidad la falta de ganas de hacer cosas, porque estaba él que lo hacía todo. Todos en la familia tenemos problemas con la comida. Sin embargo, mi viejo, no. Él siempre fue delgado, trabajador y generoso con nosotros. Ella, una vaca".
La vaca lo dominaba desde la imposibilidad, incapacidad del cuerpo mórbido y enajenado en su propia masa amorfa de tejidos y grasa. “Mirá que no me siento bien, mejor hacélo vos…” “Si llegás tarde, yo no voy a poder hacer las compras". “No puedo ir…” “No vayas de tu hermana, te preciso en casa.” “Te necesito…” “Cerrá que tengo frío". “Abrí que empezó el calor y me estoy asando…”
Cuando él murió, las cosas cambiaron. Parecía que iba a resolverlas ella misma. Creyeron que la mami cambiaría de actitud y resolvería los problemas cotidianos “vivir exige esfuerzo, mami". Al principio, le tuvieron paciencia. “Somos tres, soy la mayor, estoy en casa siempre con mami. Mi hermana se ocupa menos que yo, porque ella siempre hizo su vida, ella tiene vida-marido-hijos-casa, no tiene que vivir con la madre". La menor, se fue y casi no las ve.
Al principio, desde la viudez, dio muestras de vitalidad. Daba la impresión de estar mejor, a pesar del dolor. Recobró fuerzas, se entonó para seguir. La vida en común amarga, desgasta. Convivir cuarenta y tantos años con alguien hace que, además de amarse menos que en la juventud y de odiarse silenciosamente, se necesiten el uno al otro, estén imbricados, amarrados, entretejidos. Cuando uno se muere, se acaba el odio. Y surge la primavera tardía, florecen recuerdos agradables, nostalgia por los tiempos idos. Pero eso también pasó como de refilón.
Un día, le dijo a Jose que no siguiera con el trabajo… que ella la necesitaba. Y dejó el trabajo. “Sus problemas de salud me obligaron, aunque la plata nos hace falta, la obesidad genera graves trastornos, médicos, tratamientos, farmacia, todos sabemos cuánto cuesta, pero las chicas me ayudan con la plata".
No hace mucho, le pidió que le llevara la comida a la cama. No se sentía bien. Jose hacía las compras y la madre cocinaba. “Empecé a cocinar también". De vez en cuando (dos o tres días a la semana) se quedaba en la cama. Las piernas no la sostenían más.
“Cuando se puso violenta porque llegué tarde un viernes, le chanté las cuarenta; los viernes jugamos cartas con las chicas, somos todas de treinta y pico, solteras o separadas, pero solas, no aguanté más y le dije todo lo que tenía atragantado. No me habló ni me cocinó por una semana. Aflojé cuando tuvimos que llamar al médico, porque le había subido la presión. Ahora tampoco me habla. Creo que ya no me hablará más en la vida. Mi hermana no puede salir del asombro. Nadie me creía capaz de semejante cosa. Pero lo hice".
Después de seis años de haber estado prisionera en su propia casa, Jose dejó a la mami en un geriátrico “no es por vieja, entiendan mi situación…” y recobró el antiguo trabajo.
“Ella no quiere recibirme, aunque la visito los sábados de tres a cuatro. Le llevo las masas que tanto le gustan, pero no me recibe ni las masas siquiera y me las como sola en el jardincito, mientras leo alguna revista. Lindo jardín. El único problema hoy es la comida".