Siete Cuentos para despabilarse de Adriana Tuffo

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Escritos literarios, de crítica literaria y otros.
Cuánto hace que no nos vemos, ocho, diez años, tal vez menos si cuento las visitas de mi familia durante los días festivos, al menos pude verlos. Lo reconoceré porque tiene los ojos iguales a los de papá y un mechón de pelo blanco. Cuando dejé la casa para ir a palacio él era un niño. Nos veremos, podré abrazarlo, ¿podré abrazarlo? Cuántas veces nos miramos a través de las rejas del parque... Pienso en él, no puedo dejar de preguntarme cómo alguien puede acabar así, si mi madre es honrada y mi padre un varón de poca ventura, solamente un pobre hombre. ¿Debería ir solo a un barrio tan peligroso? ¿Por qué me han dicho que no vaya? Sí, es verdad: hay crímenes, hambre, afuera nada es seguro.
El funcionario real atraviesa una senda transitada por personas, caballos y burros, un pasadizo oscuro. Cuando sale a la luz escucha voces, los niños corretean dentro de los patios, los gatos duermen fuera de las casas de adobe.
Dice que lo matarán; por eso voy, si lo matan y lo tiran por ahí seré el culpable, me sentiré culpable, yo no tengo nada que ver con sus fraudes, pero me pesará hasta el final de la vida. Y cómo le explicaría a mi madre, qué consuelo tiene una madre si un hijo suyo se muere, si a un hijo lo asesinan. Si el mayor puede evitar el horror de enterrar al menor de sus hijos y no lo hace, ¿qué destino tendría después de eso?
Alguien va adelante proyectando una imagen borrosa. Quedaron atrás el zigurat con sus siete niveles para escalar al cielo y el color añil profundo del templo; hay algunos frentes dentados sin lujo. Todo quedará en el olvido.
Reside en un departamento del templo mayor, aunque de niño ha recorrido calles humildes. Las conoce y no tiene miedo. La oscuridad aumenta entre las altas construcciones de ladrillo. Ajusta la capa de finos bordados, arregla mecánicamente la tela azul de lana peinada como lo hace su señor. Da la vuelta en una esquina, anda preocupado.
—Ten cuidado —le ha recomendado Kushim, el escriba.
Los trabajadores viven en esos sitios miserables, sobreviven cerca de las murallas. Hay robos, hay crímenes.
—Te asaltan o te matan para robar un poco de pan —dice el amanuense amigo—; a diario ocurre. Mejor no vayas.
El servidor del rey no les hace caso; lleva ocultos unos siclos de plata, la vida austera le ha permitido ahorrar. Aprieta la delicada bolsa con su único tesoro. El círculo de sello que adorna el dedo índice recuerda su lealtad a la corona. El anillo lo protege y aleja de las influencias malignas. Cree en el amuleto; además, con él diariamente sella los documentos oficiales. Ese objeto representa su identidad y destino.
Los jardines del palacio real huelen a rosas, a jazmines, a matas de romeros y salvias, son aromas sutiles. Piensa en la relación entre el espacio y el perfume, a mayor distancia del palacio más olores desagradables. Aquí apesta a fritos y a grasa, a humo y guisos; más cerca del agua, en la ribera, los olores son nauseabundos, olor al agua estancada de las charcas y el hedor fétido de la sangre y las vísceras. Ya se ha alejado de su lugar, entra al sector de los miserables y continúa caminando.
—Tu hermano ha caído en desgracia... ¡No seas mezquino!
Si no fuera porque ella me lo ha pedido, no soportaría este oprobio. Se cree un buen hijo, intachable, digno. Nunca estuvo preso, no conoce el delito ni el desenfreno, desconoce la violencia de las calles o el alcohol. En la infancia había soportado azotes, hambre, trabajos duros. Vivió en establos, alguna vez sintió miedo a la muerte, hasta la deseó. Sin embargo, lo educaron los sabios del reino. En una lejana mañana de verano había tenido la fortuna de socorrer a un niño. nada menos que al príncipe, mientras él jugaba en el río con sus amigos.
Hoy quedaré arruinado para salvar al infame. No lo merece. Tampoco merece la devoción de nuestra madre. ¿Por qué no podrá ser bueno?
Al salir de los edificios palaciegos, advierte que una sirkus lo ha guiado hasta un callejón sombrío. Ella es una marginal, se las reconoce de lejos, le hace gestos incomprensibles; se le acerca por no ser soberbio. La humildad, tal como pregona su maestro, causa felicidad legítima. La humildad es la materia más incómoda en su formación; sin embargo, trata de practicarla por él y por satisfacerlo. El maestro es un kashdim que no frecuenta mujerzuelas, pues no desea ser juzgado severamente por libertino. Está en el camino de la virtud. Los pensamientos sobre el kashdim desaparecen porque lo fulmina una idea: le robarán.
La sirkus es un señuelo, sospecha. Oculta la argolla de oro en la túnica de bordados geométricos. Toca mecánicamente los hilos dorados, roza el pelo de la tela para que brille. Se aproxima con los puños apretados, ella habla una lengua extraña. Parece una cautiva del desierto, serviría en alguna taberna tras haber sido comprada y liberada por un rufián. El tráfico de esclavas es un problema en la ciudad imperial desde la última campaña militar. No comprende el dialecto. Mientras intenta descifrar lo que dice aparece un joven (un mechón blanco sobre la cara y los mismos ojos de su padre). Un maleante. Todos se agitan, gritan, se descontrolan. El encuentro es confuso y triste.
¡El anillo no! Experimenta un instante de dolor atroz. La daga de doble filo rompe las ropas y la carne y se desploma ante la mirada indiferente de unos menesterosos. La pareja de forajidos huye en el laberinto de pasillos. Cuatro pares de ojos salen de las sombras, se le acercan, las manos ejecutan la acción de revisar y saquear. Antes de arrojarlo al agua, lo arrastran con la tela inútil que había elegido esa mañana.
Al alba de ese último día había agradecido a Dios, buscó un atuendo fastuoso y lo dejó preparado en su cámara, eran prendas hechas por el sastre real para la celebración de la Victoria. Iría al barrio del puerto, se lo había prometido a su madre. Quiso ataviarse de manera lujosa para hacer notar su prestigio. ¿Acaso deseaba humillarlo? Vaciló, el otro se sentiría más desdichado. Aun así, llevó la capa con hilos dorados, las figuras bordadas reproducían las constelaciones del cielo de la Mesopotamia. Él era un siervo devoto, el rey lo había rescatado y pensaba que se lo merecía. El hermano andaba en malos pasos, gastaba las horas en las tabernas con borrachos y ladrones.
En el trayecto el burócrata no había visto a nadie tras cruzar la primera muralla, iba ensimismado. En el segundo muro, le llamó la atención una figura envuelta en lana clara, un contorno difuso. Tuvo un presentimiento, tocó el anillo y acomodó el manto; de cualquier modo, siguió hasta el lugar indicado. Estaba obligado por la sangre. Las buenas personas ayudan a la familia. Volvió a tocar el talismán, ella advirtió el gesto y quiso arrebatárselo. Luchó, deseó huir. El ladrón le cerró el paso. Se aferró a la capa como un guerrero al escudo. Entonces se cumplió el vaticinio.
En una calle maloliente dos hijos paridos por la misma mujer se miraron como bárbaros. Un chillido explotó en la boca de uno de ellos. En la breve conciencia de la agonía sintió pena por el ladrón, por la madre que los había amamantado, y concluyó que la vida era una mierda. La mano crispada seguía aferrada al paño cuando lo cruzó el último espasmo.
Ahora un digno funcionario flota boca abajo en medio de canoas de juncos y guffas. Está clareando. Desde las orillas del Éufrates llegan voces, los remeros alborotados agitan los brazos porque hay uno en el agua.
—Debe ser un noble —comentan los pescadores.
Ha amanecido. Los flecos del manto rectangular exageran las dimensiones del cuerpo. La basura encubre las formas y los brillos. Entre la mugre ondea una bolsa de seda.
Al anochecer alguien camina confiado rumbo a un encuentro y un cuchillo lo asalta. El escenario del drama es una ciudad sudamericana. Ese hombre que busca reparar el amor herido —o saldar viejas cuentas— tropieza con la desgracia.
En Buenos Aires, aunque puede ser cualquier otro lugar, se repite la historia.
—¿Qué me hacés, hermano? —alcanza a gritarle y cae. El cuchillo es Caín.
En el río más ancho del mundo va a la deriva un varón joven, seguramente honesto, que está a merced de la correntada.
El cielo azul oscuro migra al rosa, morado, naranja brillante y amarillo claro. En medio de un remolino de inmundicias emerge un bulto; peces muertos y vísceras pestilentes acarician el traje de tela italiana. Los trabajadores del puerto lo hallan sin sorprenderse. A menudo descubren cuerpos flotando en el agua marrón.
https://margencero.es/margencero/adriana-tuffo-el-escondite/
EL ESCONDITE
relato por
Adriana Tuffo
I
L
a habitación da al jardín, quitaron la reja de la ventana para que no piense que está presa. Entra una luz moteada a través de la cortina, Matilde mira sus manos deformadas por la artritis. Al despertar, la rigidez la mantiene sujeta a la cama unos minutos, le duelen las articulaciones.
El lugar huele a orines, oye lamentos, ruidos y voces detrás de las paredes. Todo eso le repugna. No hay música. Cuando le lleven el piano, volverá a ser feliz. Los viejos deambulan arrastrando los pies. Cuenta compases en el aire rancio. Viejos descarnados, perdidos, tristes. No puede admitir que ella también ha envejecido y está impedida. Ha pasado una semana como sonámbula. Por las noches sale al jardín sin acompañante. Duerme mejor cuando camina descalza sobre el pasto. Va y viene como si algo le marcara el pulso.
Ahora huele la lluvia antes de que llegue. Se está armando la tormenta. Le duelen las articulaciones. Repasa mentalmente la pieza que toca en el piano antes de dormir, Nocturno de Chopin. Esta noche parece igual a las anteriores. La enfermera le acerca sus medicamentos, espera que los tome y se retira. Ella abre la ventana para sentir el aire fresco, nota algo extraño, un malestar nuevo. Sacude la cabeza. Es pasajero.
Se quita los zapatos y sale. Será esto ser vieja, resignarse. No molestar. Lo ha perdido todo. Recuerda los conciertos, los aplausos, los premios. La familia reunida, sus sobrinos. El fogonazo de un relámpago la despabila. El tiempo es fugaz. Por un momento olvida donde está. Truena. Ella se va escurriendo al andar.
Abre la puerta del jardín sin dificultad y está en la calle, en la ciudad, más oscura que otras veces por la tormenta de verano. Ella es invisible, no hay un alma por la calle. Cruza el puente apenas iluminado. Abajo el río está en espera. Agua barrosa que de golpe el viento revuelve. Ella siente el cuerpo estremecido como ajeno.
Camina resuelta. Óscar le había dicho: «Tía, deje esa costumbre de andar descalza se puede lastimar», «tía, ya no puede vivir sola en esta casa tan grande… la llevaremos al hogar es lo mejor para usted». Y ella aceptó. No quiso molestar. La arrancaron como a una planta inservible, como a yuyo malo. En esta noche amarga verá la casa iluminada y mirará a su familia desde afuera.
Camina sin dudar. Se detiene, no quiere que sus sobrinos la vean. Están felices. De algún modo se alegra por ellos, pero le duele. Comprende que ha perdido todo. Nace en ella un sentimiento nuevo, desconocido. ¿Se puede odiar y amar al mismo tiempo? No tiene caso volver. Comprende de golpe, como fulminada por un rayo, que no podrá volver. ¿Quiénes son esos extraños? ¿Cómo le han hecho eso a ella que los ama? No puede ser, algo no está bien.
Camina con rabia. Ella había sido disciplinada, rigurosa en sus estudios musicales, brillante en cada uno de sus conciertos, aunque sumisa en casa.
Cuando Matilde abre la puerta del jardín que da a las cocheras, los chicos la ven y corren, la abrazan. Están los tres, Toto estira sus brazos, hoy cumple tres años. Entran alborotados al estudio de Matilde que ahora es un depósito donde se amontonan cajas, lámparas, muñecas de porcelana, trofeos, placas, polvo, más polvo. Pasa sus manos sobre el piano, toca unos compases, quiere volver a tocar, se limpia las manos en el vestido. No soporta la tierra, el polvo sobre las cosas. Quiere llorar, gritar. Se contiene.
—Tía Matilde, ¿por qué te fuiste? —le pregunta Matías, el mayor de los tres chicos. ¿Te vas a ir otra vez?
—No, no me voy a ir, me quedo para siempre. ¿Y si jugamos? ¿y si vamos al parque?
No le digamos a nadie… Y salen por la puerta de atrás entre las quintas. Cruzan la calle, más tenebrosa por la tormenta.
—Juguemos a la escondida. Yo los busco.
—Tía Matilde, tengo frio.
—Soy la bruja… uuuuh…
Tienen pocas ganas de correr, es tarde y están cansados. Cae un rayo cerca y suena un crujido fuerte. Los chicos gritan. Los árboles se agitan amenazantes y todos corren a buscar refugio. El puente viejo está próximo. Llegan al terraplén, la mujer sigue a los niños que se sacan las zapatillas para no embarrarlas.
La noche es un lugar misterioso, los árboles son gigantes a los ocho años, pero Matías se hace fuerte por sus hermanos. Toto tiene miedo y llora, se aprieta contra el cuerpo de la tía y le pide que lo levante, ella lo rechaza con indiferencia. La tormenta está dentro de su cabeza.
Llueve, apenas pueden verse por la cortina de agua. Matías llama a sus hermanos, se agrupan hasta tocarse, se abrazan. Vuelven a caminar tomados de las manos. Toto sigue llorando sin consuelo. Matías le pide a la anciana que regresen, mientras trata de calmar al chico. Ella no le hace caso. Finge ser otra persona.
—Soy la bruja del bosque que los comerá —dice—. Uuuuh —los chicos corren espantados. Ya no quieren jugar.
En la orilla hay piedras, barro, ella resbala y cae. Puede ver el agua del río por el reflejo pálido de las luces de la calle. Las gotas castigan las cabezas y los brazos desnudos, un relámpago ilumina el sendero abierto por otros pasos. Los chicos corren. Se apartan del camino para resguardarse.
Matilde regresa a la residencia cansada, sucia. No sabe qué pasó. No está el sereno. Mejor, ella quiere acostarse. Es muy tarde, aunque perdió la noción del tiempo sabe que la enfermera no hizo la ronda, porque encuentra la ventana abierta del dormitorio y el piso mojado por la lluvia.
Repasa las últimas horas, no estuvo en la fiesta con sus sobrinos, no saludó a Carmen, la empleada de toda la vida. Carmen querida. Los recuerdos inmediatos son vagos. No sabe qué le ocurre, un dolor le oprime el pecho. Auxilio. Llama a Carmen. La imagen de los niños va y viene. Corren hacia el puente. El agua turbia, los relámpagos, el agua fría de la lluvia. Los gritos y el llanto de Toto. Le duelen las manos, las rodillas, los pies. Se acomoda en la cama. Ayuda, los chicos piden ayuda. Estira un brazo para alcanzar el vaso de agua y oye el ruido de la silla contra el piso. Los gritos. Está mojada temblando. Los tres chicos ya no están. Se escondieron. ¡Vamos a jugar a la escondida, soy la bruja y los busco! ¡No vale salir antes! La lluvia cambió el juego. Los chicos no responden. No salen del escondite. Se incorpora para colocar la silla en su lugar y se desploma como una cosa vieja. La vida se le va en un quejido.
II
Nunca se investigó la relación entre los dos hechos.
Una desgracia, pobrecita señorita, era muy buena. Siempre fue buena conmigo. Dijeron que el mundo de la música había perdido a una figura ilustre, la señorita era pianista. Se llamaba Matilde Astudillo. Tenía 78 años, estaba en el Hogar San Patricio. La señorita apareció muerta en su dormitorio a la semana de estar allí. Yo le serví muchos años a ella. Pobrecita.
El hecho se tapó porque los chicos se perdieron esa noche. Tres. Eran tres. Los hijos del sobrino mayor, Óscar. Yo trabajé ese día en la casa. Había una fiesta, el cumpleaños del más chiquito. Fue unos días antes de jubilarme.
Los tres se fueron solos. Creen. La casa es muy grande. Jugaban sin que los cuiden, no tenían niñera. No les duraba ninguna. Cuando se dieron cuenta, llamaron a la policía. Vinieron, hablaron con todos, hasta conmigo y nos dijeron que tenían que registrar la casa. La señora Marga y el señor Óscar estaban desesperados. Eran nuevos en el barrio. Igual, los vecinos solamente miraron de lejos. Vio cómo es, nadie ve nada. Hacía poco que vivían en la casa de la señorita Matilde. A ella la llevaron al geriátrico y se mudaron.
A mí la policía me preguntó una y otra vez si escuché a alguien hablar con los chicos, si vi algo. No les dije nada, por no mentir, cómo iba a culpar a la señorita Matilde si no la vi. Pero creo que ella estuvo esa noche en la casa, porque la escuché tocar el piano, esa musiquita que siempre tocaba antes de dormirse. Tantos años escuché el piano. El piano está en el estudio, ahora ahí pusieron todas las porquerías. Las cosas viejas, los recuerdos que tanto cuidó.
A ella no la habían invitado a la fiesta. Estaba en el asilo, nadie la quiso atender enferma. Pobre vieja, con todo lo que les dio a los sobrinos, la dejaron tirada como a un perro. Vio cómo son esos lugares, yo pienso que para los viejos no hay como la familia.
¿Usted quiere saber qué pasó? Yo creo que fue así:
Los sobrinos internaron a la señorita Marian un día lunes. Totito cumplía los años al otro lunes. La señorita quería quedarse para estar en la fiesta, pero ya tenían todo arreglado y la llevaron de prepo, como quien dice. Llegó el día, la fiesta se hizo en la casa, pero no la trajeron. Esa noche se escapó del hogar, habrá querido estar con el nene. Nadie la vio salir. Imagínese el cuidado que tienen, amontonan a los viejos y les cobran bien caro. Para mí que estuvo en la casa con los chicos y se los llevó. Entró sin que la viéramos. Claro, ella sabe que la puerta de atrás no tiene llave desde que se rompió hace un año por lo menos. Le dijo una y otra vez a Oscarcito, al señor Óscar, que le mandara un cerrajero. Bueno, seguro que entró por ahí. Y se llevó a los chicos, por qué no sé, nunca hizo algo así. Los tres la querían mucho, ella era muy buena, siempre jugaban en el parque. No era de esas viejas ricas y odiosas, al contrario.
No sé qué habrán hecho, ni por qué, pero las zapatillas de los tres aparecieron en el parque costero, el lugar da al río y tiene muchas hectáreas. Nadie vio nada.
Los buscaron esa noche en el río, en la costa. Durante semanas. Había llovido mucho. Se le habrán escapado. Se habrán caído al agua. ¿Quién sabe? A ella nadie la vio por el barrio y si la vieron, no lo dicen.
¿Y ella qué habrá hecho? Debe haber vuelto caminando y se descompuso del disgusto, una desgracia.
Se volvió loca, que dios me perdone, cómo saca de la casa a los chicos una noche así, sin avisar. Ella los quería tanto, aunque los sobrinos la traicionaron. Dejarla sola, con lo buena que fue cuando la madre se les murió. Cría cuervos dicen. No los puso en un hogar, se ocupó como una madre. El padre, el hermano de la señorita, era un tiro al aire que en paz descanse. Así le pagaron. Se quedaron con todo. Todo. Le hicieron firmar antes de llevarla allá. Y la señorita firmó. No era estúpida, solamente estaba enferma. Lo que no me explico es cómo pudo caminar tanto.
La enfermera fue a la mañana siguiente y la encontró muerta. Tenía los pies y la ropa sucia con barro. Por eso revisaron las cámaras de seguridad y la vieron llegar a la madrugada, mojada y descalza.
Usted se preguntará por los chicos. No, no los encontraron. Es raro. Nadie pensó que ella se los había llevado. Yo creo que sí, que se los llevó. Si no hubiera escuchado el piano… Igual, no hablé con nadie del asunto, ella ya no estaba para explicar lo que había pasado.
El puente
La
habitación da al jardín, han quitado la reja del ventanal para que no se sienta
prisionera. A través de la cortina entra una luz moteada, Marian mira sus manos
deformadas por la artrosis. Al
despertar, la rigidez la mantiene sujeta a la cama unos minutos, le duelen las
articulaciones. Después el dolor desaparece, ella sabe.
Tiene
que prepararse para el concierto.
El
lugar huele a orines y a cebolla. Ella oye lamentos, ruidos y voces detrás de
las paredes. Todo eso le repugna. No hay
música. ¿Cuándo traerán el piano?, piensa. Tiene el concierto en Viena. Hay que
organizar el repertorio, el viaje. Los viejos deambulan arrastrando los pies.
Cuenta compases en el aire rancio. El teatro de Viena es fantástico, la están
esperando. Viejos descarnados, perdidos. Tristes los abandonados. No puede creer
que ella también ha envejecido. Ha pasado la última semana como sonámbula. Por
las noches sale al jardín sin acompañante. Duerme mejor si camina descalza
sobre el pasto. Va y viene como si algún aparato le marcara el pulso.
Ahora
va a llover. Huele la lluvia que se avecina, la presiente en las articulaciones.
Repasa mentalmente el Nocturno que toca antes de dormir. Esta noche, igual a
las anteriores, la enfermera le acerca sus medicamentos, espera que los tome y
se retira. La señorita Marian abre la ventana para sentir el aire fresco y nota
un ligero malestar. Sacude la cabeza. Es pasajero. Desde que suspendió la
presentación en el coliseo nacional, empezaron con que debía tener alguien que
la asistiera. No entienden que ella no toca en pianos desafinados. Y si está
Carmen, para qué quiero una enfermera en mi casa. Entonces siguieron con que no
podía vivir sola.
Se
quita los zapatos y sale por la ventana que está a ras del suelo. ¿Será esto
ser vieja, resignarse, no molestar? Recuerda los conciertos, los premios “la
ciudadana ilustre” “pianista distinguida” “leyenda viva”. Piensa en la familia,
en los hijos que deseó y no tuvo. El fogonazo de un relámpago la despabila. Por
un momento olvida dónde está. Truena, piensa que el tiempo es tan fugaz.
No
hay vigilancia, abre la puerta que da a la calle sin dificultad. La ciudad está
más oscura que otras veces por la tormenta, no hay un alma. Ella parece
invisible. No quiere pensar. No piensa. Recorre las calles sin rumbo. Liviana,
es un cuerpo sin cabeza. Cruza el puente apenas iluminado. Abajo el río está en
espera. Agua barrosa que el viento revuelve y saca de la inmovilidad. Ella se estremece
por el frío.
Camina
resuelta. Oscar le había dicho: “Tía, deje esa costumbre de andar descalza que se
puede lastimar” “Tía Marian, ya no puede vivir sola en esta casa tan grande” “La
llevaremos a la residencia porque es lo mejor, total falta mucho tiempo para el
concierto”.
Y
ella dijo que sí, sí, pero quería volver a la casa de vez en cuando, no podía
abandonar el piano. Dijo que sí, aunque no dijo que era muy triste dejar todo
de golpe, borrar la vida de un plumazo. Que sí. Dijo que sí, pero no mencionó que
allí dejaba todo, por qué perderlo, al fin y al cabo, era su vida. Como había
hecho siempre con sus padres, aceptó sin hablar. No quiso molestar a Oscar.
La
arrancaron como a una planta inservible, como a yuyo malo. Y en su última noche,
ella mirará la casa desde la vereda de enfrente.
Camina
sin dudar. Llega al barrio, ve la casa paterna, está ocupada.
Se
detiene en una zona poco iluminada y mira a su familia desde lejos como
extranjera. Ahora, murmura, son felices. De algún modo se alegra por ellos,
aunque debe reconocer que le duele. ¿Se puede odiar y amar al mismo tiempo? No
tiene caso volver. No puede recuperar su vida. ¿Quiénes son esos extraños a los
que ella quiere tanto?
Cruza
la calle con rabia. Los cuidó como una madre cuando quedaron solos. El padre,
su hermano, dijo que necesitaban una madre, una mujer que los educara. Mi
hermano no puede con los cuatro, está muy triste. Desde que murió mi cuñada, no
sabe qué hacer. Ya veré cómo seguir, había dicho.
Marian
abre la puerta del jardín, los chicos la ven y corren, la abrazan. Están
jugando con los globos que el viento levanta y arroja contra las paredes, los
arbustos, que explotan o desaparecen sobre los techos de las casas linderas.
Toto cumple tres años, por eso hicieron la fiesta. Marian camina decidida a su
estudio, los tres la siguen. Entran alborotados, ella ve que su lugar de
trabajo ahora es un depósito donde se amontonan cajas, lámparas, muñecas de
porcelana, trofeos, placas, polvo, más polvo. Alza la tapa del piano, acaricia
las teclas, pasa sus manos para quitar la tierra, toca unos compases, busca una
caja, la arrastra y se sienta, tiene que limpiarse las manos en el vestido para
volver a tocar. Quiere llorar, gritar. Se contiene y toca como autómata. Cierra
de un golpe la tapa del piano.
-Tía
Marian, ¿Estás enojada, por qué te fuiste?, pregunta Matías, el mayor de los niños.
¿Te vas a ir otra vez?
-No,
me quedo, dice secándose las lágrimas. Echa la cabeza hacia atrás para
observarlos, se inclina a la altura de los chicos y dice: Mejor juguemos, vamos
todos al parque.
-No
nos dejan.
-No
le digamos a nadie.
Mira
por última vez la habitación y piensa que sus sobrinos no conocen el dolor, que
siempre los consistió, que son ingratos. Salen por la puerta de atrás entre las
quintas. Cruzan la calle apenas iluminada, más tenebrosa ahora.
-¿A
qué jugamos? ¿Si jugamos a la escondida?
-Juguemos
en el bosque mientras el lobo no está, dice Juan. Juguemos en el bosque
mientras el lobo no está. ¿Lobo está?
-Tía
Marian, tengo frío, susurra Toto.
-Soy
el lobo… Salgo a buscar niños para comer ¡uuuuh!
Ellos
tienen pocas ganas de jugar, es tarde y están cansados. Cae un rayo. Los chicos
gritan. Los árboles susurran como si se estuvieran pasando secretos, agitan las
ramas con el vuelo despavorido de los pájaros y todos corren a buscar refugio.
El puente viejo no está lejos. Llegan al terraplén, Marian sigue a los niños
que se sacan las zapatillas para no embarrarlas.
La
noche se ha vuelto salvaje. Anda el lobo suelto.
Los
árboles son gigantes a los ocho años, pero Matías quiere ser fuerte por sus
hermanos. Hay que buscar refugio debajo del puente. Toto tiene miedo, se
aprieta contra el cuerpo de la tía y le pide que lo levante, ella lo rechaza. Otra
vez advierte ese malestar, ese desorden en el juicio y el temblor en las manos.
Ella los cuidó a los cuatro como una madre y se han olvidado.
Llueve,
apenas pueden verse por la cortina de agua, se oyen nomás. Matías llama a sus
hermanos que se agrupan hasta tocarse y se abrazan. Vuelven a caminar tomados
de las manos. Toto sigue llorando sin consuelo. Matías le pide a la mujer que regresen,
mientras trata de calmar al chico. Ella no le hace caso.
-¡Ahora
que ya estamos en el parque vamos a jugar! ¿No es linda la lluvia? Soy el lobo,
les grita. Juguemos en el bosque... Soy el lobo que se los comerá, chilla ¡uuuuh!
Los chicos corren espantados. Ya no
quieren saber nada de este juego. El lobo feroz salió a buscarlos.
En
la orilla hay piedras, barro, ella resbala y cae. Puede ver el agua del río por
el reflejo amarillo de las luces de la calle. Quedó sola y no puede levantarse.
Los chicos se escondieron.
Las
gotas de lluvia castigan las cabezas y los brazos desnudos, un relámpago
ilumina el sendero abierto por otros pasos. Los chicos no están. Se habían apartado
del camino para resguardarse.
Dejó
de llover. Marian regresa a la residencia cansada, sucia, confundida. No está
el sereno. Mejor, ella quiere entrar y acostarse. Es muy tarde, aunque perdió
la noción del tiempo sabe que la enfermera no hizo la ronda, porque encuentra
la ventana abierta del dormitorio y el piso mojado.
Repasa
las últimas horas. No estuvo en la fiesta, ni saludó a Carmen, su empleada de
toda la vida. Carmen querida. Los recuerdos inmediatos son vagos. ¿Qué le
ocurre? Un dolor agudo le oprime el pecho. Auxilio, susurra. Llama a Carmen. La
imagen de los niños va y viene. Corren hacia el puente, los ve. El agua turbia
del río, los relámpagos. La lluvia le impide volver a verlos. Los gritos y el
llanto de Toto, ahora no puede oírlos. Le duelen las manos, las rodillas, el
pecho. Se acomoda de costado en la cama para reducir la punzada. Estira un
brazo para alcanzar el vaso de agua y oye el ruido de la silla contra el piso. Más
gritos, otra vez silencio. Está temblando mojada, se queda quieta mirando la
pared.
Vamos a jugar, les había dicho, y ellos se escondieron en el parque o en el puente viejo. Soy el lobo feroz. Los tres niños desaparecieron. La lluvia había cambiado el juego. No salieron del escondite. Se incorpora, mira la luz, el cielo naranja que entra por la ventana, para salir de la cama necesita tomarse de la silla, se desploma y cae.
-Los
chicos no están, ¿Carmen, vos los viste?
-No,
señora Lidia.
Marga,
la dueña de casa, recorre los dormitorios del primer piso, abre las puertas de
los placares, sube al altillo. Baja. Ve la puerta del estudio abierta.
-No
están.
-¿Carmen,
cuando levantaste las copas del jardín, los viste?, pregunta Marga.
-No,
señora, yo junté las copas cuando se levantó el viento y las llevé adentro para
lavar. Las lavé, ordené la cocina, escuché que se reían y jugaban con el chiquito.
-¡Salgan,
Matías, salgan de una vez!
-Señora,
ahora que lo pienso, hablaban con alguien grande.
-¿Cómo
grande?
-Una
persona, saludaron a alguien. Pensé que era la señora Inés que a veces llega
tarde porque duerme la mona hasta la noche.
-¡Silencio!,
por favor, no hables así, te puede escuchar mi marido.
-No,
Inés no vino. Te habrá parecido. Sería la tele. Llamemos a la policía, dijo Lidia.
Ahora mismo los llamo.
Y
la policía llegó a la casa, recorrió el barrio, extendió la búsqueda por toda
la ciudad y, más tarde, por el país.
La
enfermera fue a la mañana siguiente y la encontró muerta. Tenía los pies y la
ropa sucia con barro. Pobre señorita, yo la acompañé toda la vida. Después de
lo que pasó con los chicos, yo no trabajé más en la casa, me jubilé. Los padres
estaban desesperados. Cuando revisaron las cámaras de seguridad del San
Patricio, la vieron entrar a la madrugada, mojada y descalza. Nadie conectó los
hechos.
Usted
me pregunta por los chicos. No, no los encontraron. Es raro, muy raro. Nadie
pensó que ella se los había llevado.
¿Por
qué ella se los llevó? Y yo creo que estaba mal de la cabeza, que dios me
perdone. Se le había puesto que tenía un concierto en Viena. Nada que ver. No
pudo volver a tocar después de la noche que se quedó como en blanco y salió
corriendo del escenario. Hace unos años. Era una persona muy buena. Los
sobrinos se la sacaron de encima.
Creo
que ella se llevó a los hijos del señor Oscar, los sacó de la casa sin avisar. Eso
estuvo mal, muy mal, creo. Yo escuché el piano esa noche, estoy segura. Si no,
no le diría esto. La escuché tocar antes, cuando preparaba los conciertos, a
toda hora. La conozco, pero no la vi. ¿Cómo podría acusarla? Igual, nadie me
preguntó y no hablé del asunto hasta ahora. Ella ya no está para dar
explicaciones.
Taller de lectura
¿En qué consiste el taller?
Lecturas previas, material de lectura, análisis literario. La conversación y la teoría literaria unidas para enriquecer la mirada del lector. El taller te permite explorar otros puntos de vista y compartir opiniones.
Mi objetivo esencial es (la continuidad) la formación de lectores.
¿Cuándo nos reunimos?
Miércoles 19,30 hora argentina. El taller es virtual y arancelado.
¿Cómo me inscribo?
Información adrianatuffo10@gmail.com