domingo, 9 de marzo de 2014

Ciclos

Pequeños capullos rosados caen sobre la tierra.
El verano muere.
La calavera sonríe sola en el fondo del estanque.
La vida continúa con aromas y fragancias muertas,
Con recuerdos de la flor.
Lo inevitable es el ciclo eternamente renovado.
No es el frío, sino el recuerdo del calor
Lo que duele, pero anima a seguir de modo inexorable.

Dejo caer las flores rosadas


Caen unas tras otras pequeñas frágiles rosadas las flores
De la bignonia del patio. Final del verano.
Cesa el calor desesperado, no decae el deseo
-deseo por el agua y la sombra debajo de los árboles-
El ansia por la fruta abierta reventando de madurez y azúcares.
El otoño desmadeja su brisa.
Los frutos son otros. Otra la siembra.
Frágil la vida, así  sucede.
Dejo caer las flores rosadas, 
Piso los restos de lo que fue vivo y fragante,
Barro, 
Quito lo que no sirve, 
Lo que  molesta, lo que se pudre para
Esperar el invierno crudo, lo inevitable 
Y seguir.

sábado, 8 de marzo de 2014

Somalia. Wardo Yusuf


 África, 2011
Una mujer somalí camina por el desierto con sus dos hijos. La  otra mujer que le sigue los pasos tuvo que decidir  abandonar a dos adolescentes debajo de un árbol, los dejó en manos de Dios para seguir caminando con otros cinco. La sed y el hambre arrebatan las vidas de los que no resisten. Millones de personas en riesgo. La muerte camina entre las sombras de sus esqueletos descarnados. Sombras con el alma rota, sin agua, sin alimentos. No pueden llorar a sus muertos. Deben seguir caminando a Kenia que está esperando. Un paso gigantesco para ellas.
Ella es Wardo Yusuf camina con una pequeña de un año en la espalda y otro de la mano. Sólo tiene dos litros de agua. Si no lo logra, si no llega al campamento de refugiados, deberá vivir con los fantasmas de sus niños. El milagro está en el bidón de agua.
Somalia con una población de un poco más de nueve millones de personas sufre frente a la mirada indiferente de los poderosos y a los paliativos de los organismos internacionales. No basta. Sobras para ellos que no tienen nada de nada.
 Somalia tiene problemas con sus  dioses que evidentemente no se han puesto de acuerdo aún. Los  hombres tampoco, los somalíes hablan tres lenguas -italiano, árabe e inglés- en las que no se ponen de acuerdo los políticos del país. Resabios de colonialismo, pienso.
Wardo Yusuf  debe abandonar a su niño desfalleciente. En el umbral del dolor  arroja parte del agua que lleva como tesoro sobre la cabeza del niño que durante cuatro años cobijó en su lecho. Pide ayuda a los otros migrantes. Nadie la auxilia. Lo deja, tapa el pequeño cuerpo con ramas secas. Una mujer en el límite salva al hijo que tiene más posibilidades y sigue. “Dios da y Dios quita" dice y  camina.








http://www.ellitoral.com/index.php/id_um/97384-unas-857000-personas-necesitan-ayuda-urgente-por-falta-de-comida-en-somalia

viernes, 7 de marzo de 2014

Sin medias

Estás allí sentado, te veo callado,
Largo, incómodo en la silla de caño deslucido. Tantos posaron
Antes que vos su anatomía de adolescentes en las sillas viejas de la escuela vieja.
Eternas horas para vos con frío, esperando la comida de la señora Ana.
Sin medias, con poca ropa y hace frío.
No quiero imaginar qué estás pensando.
Los otros chicos llevan abrigos, zapatillas nuevas,
Mochilas de onda, dicen, que esto y que aquello, lo más.
Mochila llena de no se puede tenés, un montón de no tengo,
Bolsillos repletos de  no me pidan
Que no se puede. Que no te quejes
Y que estudies, que tu futuro de eso depende. Mirá lo que pretendemos.
No nos creés, sólo tenés frío ahora. Mañana, también, pero no  importa.
Una sonrisa te cambia la actitud
Y presiento qué te pasa. Miramos la hora, falta poco.
Entonces digo: ¡Qué rico olor viene de la cocina!
Yo también me voy  mejor a casa.
                                    




Incertidumbre

Ni tú ni yo sabremos nunca qué esconde
La noche de la desolación y la tristeza.
Podemos entrever en los días serenos la rutina que agobia,
El trajinar por la casa y las cosas
Que mudas asisten al paso de los días y
A la lenta marcha de las noches.
Nadie sabe qué le aguarda en la esquina, ni el asesino
Que oculta el arma homicida, ni el que lo persigue. Nadie
Ni siquiera la mujer que dará a luz y sabe
Que parirá en ese instante. Nadie
Sabe. Nadie.
Algunos sospechan las intrincadas horas que les aguardan
Porque no ha salido nada bien en sus vidas.
Por qué no habría de seguir igual, se dicen. Los otros,
Los felices, insisten en que todo está OK sólo porque se les antoja,
Y a veces sale como esperaban o mejor aún.
Alguien recita que el destino escrito caerá y se cumplirá
Para bien o mal. Mentiras.
Nadie lo sabe. Nada nunca es seguro,
Todo efímero e incierto. Menos
Las certezas de los catecismos y las palabras santas.
Siglos de andar en las tinieblas los hombres nada
Sabemos de la vida, salvo lo que nos toca y contamos
como monedas en las manos del avaro, una y otra vez.

domingo, 2 de marzo de 2014

Lucía tan callada

Algunas veces nosotras salimos en defensa de las otras mujeres por solidaridad, por convicción o piedad. A Lucía nadie la defendió. Lucía está sola en un cuarto de mala muerte. Se la ve como una mujercita frágil, pero  algunos dicen que es mala como una arpía. Otros, que fue el sufrimiento lo que la llevó a este desastre. Hay quien afirma que con la madre también era mala y esto algún día iba a suceder.
El marido era violento, usted sabe, uno de esos tipos que toman y hacen locuras, aunque en el fondo la quería…    él andaba con la otra, eso la volvió loca, pobre…   ésa se va a arrepentir toda la vida de haberle quitado el marido a Lucía. Juan, pongámosle un nombre, la maltrató al poco tiempo de conocerla, primero cuando no la dejaba salir con las chicas del taller,  se ponía como loco si hablaba con un compañero o   acusaba a su hermana, la Gladys, de llenarle la cabeza o a la madre de querer otro candidato para casarla. La humillaba frente a los hijos, usaba palabras degradantes que los hijos  repiten, aunque ahora menos, quizás porque la ven poco y también por miedo. Lucía tiene una mirada dura, un poco extraviada y eso y el hecho criminal la hacen temible.
Trabajó mucho. Durante años lo mantuvo  pese al descontento familiar. El comía, dormía, ordenaba qué había que hacer y  qué no, desde el principio. Decidió casarse con ella antes de que la suegra lo echara a la calle. Embarazo de por medio se casaron  y tuvo que buscar trabajo y  empezar a trabajar. “Boluda, no servís para nada”, “tarada, no ves lo que hacés”, “vos no hacés nada bien” “si me sirvieras en la cama”  “salí de acá dejáme de joder sos una vaca”.  Ella callaba y hacía todo lo que podía para conformarlo. No quería verlo enojado.
 Lucía  no hacía nada bien y eso se  lo recordaban a cada rato. No era como la otra en la cama y se lo decía, no cocinaba como su madre y le tiraba la comida al tacho de basura, no era prolija como la Gladys. “No hacés nada bien”, “estos se portan tan mal por tu culpa no sabés criarlos” cuando  les pegaba a los chicos,  se ponía en el medio, le pegaba a ella.  El día en que la vio hablando con el Sergio le dio la paliza de su vida. Después siguió como  acostumbrado. Fue un camino sin retorno y ella tuvo mucho miedo; espiaba sus gestos, esquivaba los ademanes, medía sus pasos, controlaba  las miradas,  se aflojaba para suavizar la intensidad de los golpes, lo dejaba hacer en la cama, se esforzaba para no llorar, no gritar de dolor cada vez que la sometía. Lucía no camina, vuela. Con  la velocidad de su andar se escapa de esta vida que le ha tocado, piensa.  Los pasos ligeros, el corazón en la boca siempre que llega él, dice en voz baja porque cree que la puede escuchar aún cuando no está en la casa. Esta Lucía es un animal en acecho, frágil y temeroso.
El dolor se transformó, se pudrió de a poco, la arrastró como un viento feroz, la degradó. Cada día, durante largas noches en las que no dormía por temor a que volviera  a pegarle, pensaba en morir o matarlo.
Un día, mientras  llovía  y los chicos estaban en la escuela, aprovechó el momento para hablar, para decirle que tenían que separarse, que la casa era de ella y que era lo mejor para los chicos, pero no pudo soportar  los golpes y se calló; otras veces se hubiera humillado y le hubiera pedido perdón por haberlo hecho enojar, hubiera suplicado de rodillas, lo hubiera dejado hacer lo que más le gustaba en la cama aunque la lastimara, qué te pasó quién te hizo esto qué animal, decíle a tu marido  que no te lastime más si no lo tengo que denunciar. Ese día fue hasta la pieza, lo llamó, escuchó una puteada por respuesta, escuchó los  gritos sin entender qué decía, lo vio levantarse como un loco, amenazarla con la mano derecha en alto, le oyó elevar la voz más y más sin comprender nada y salió de ella lo que  había estado sofocando, eso que  no quería sentir y que tenía adormecido, la ferocidad del animal herido,  maltratado, saltó sobre él con el odio reventando sus venas, atormentada, gritando con el cuchillo en alto.
Lucía ahora está sola, desde el día del crimen duerme en la celda de dos por dos sin compañía. Es peligrosa, dicen. Dicen que no se sabe con ella, que puede atacar así como así en cualquier momento. Casi no habla. Tiene mucho frío, sobre todo cuando llueve y extraña a sus hijos. Espera en silencio la decisión de un juez.

sábado, 1 de marzo de 2014

No espero más que tu alegría



Te amo con amor sincero, pero no alcanza.
Un día u otro hay rumor de tormenta, devastadoras nubes sombrías.
Te quiero  con alegría dolorosa, a veces.
Tibia es la ternura. Pero no alcanza.
Un tejido de lanas y de espumas  te abraza. Nada.
Tu dolor es el mío. No alcanza
La mirada celeste, la señal de la vida.      
No basta la sonrisa.
No quiero
Tu dolor.  No espero más que tu alegría.
En el primer instante,
Cuánto te quise, semilla,
Almendra, criatura que venías andando hasta
Encontrarme.  ¿Desde dónde crecieron tus caminos?
¿Desde qué lugar viniste  para amarrar así? ¿Quién te enseñó
A hacer nudos?
De dónde hayas venido tu llanto, tu tibieza y  tu apuro
de recién nacido se toparon conmigo.
Te quise sorprendida cuando  jugabas
Húmedo dentro  de mi universo.
Te quiero hoy, alto y hermoso.
Te pido la alegría, no seas avaro,
Para no morirme de tristeza.