miércoles, 16 de diciembre de 2015
lunes, 14 de diciembre de 2015
Antología. Un gusto formar parte de la obra. Gracias Grupo de Escritores Argentinos.
Etiquetas: poesía, cuentos
publicación
lunes, 30 de noviembre de 2015
Siguen cantando
Hoy conocimos a otro nieto recuperado, ya son 119 y la madre vive.
Siguen
cantando
I
Ronda
la memoria
Son sombras esquivas. En
las fábricas
Cantan las sombras,
Cantan
por la sierra.
No
pudo el silencio esconder el canto.
Un día y otro
Comienzan a verse a los niños
escondidos
De los brazos maternos,
Un día u otro conocemos
sus nombres
(Dormidos se los habrán
llevado
O despiertos y en
llanto
De los vientres saqueados).
Ellos cantan, siguen
cantando.
No aparecieron. Los
buscamos,
No alcanzó la muerte para negarlos.
El silencio envolvió el
dolor
En las salas de
tortura,
En las fosas comunes,
En el Río de la Plata.
Qué solos habrán estado
en el fondo del río.
El silencio es río. Ellos siguen cantando.
Los pañuelos se hicieron rondas,
Suplicaron en las
iglesias,
Exigieron en los cuarteles.
Qué solos habrán estado
en los campos de la muerte.
El silencio tiene las
botas puestas. Ellos siguen cantando.
Los hijos en el río, en
las fosas comunes.
Las madres en la plaza.
Las rondas fueron
madres
Han parido más plazas
Por los pueblos, aquí y
allá
Sacuden las palabras, pero el río es sordo.
Qué frío, el
agua y el barro en el fondo del río.
Se rompen siniestras las cadenas que los atan,
Se quiebran los pactos
de silencio.
Hay juicios, jueces, condenados
(Viejos en la cárcel).
Qué solos están en el
fondo del río.
Ellos siguen cantando.
Los buscan.
Golpeando las conciencias
Arrinconaron el olvido.
Los buscan,
Van cada jueves en
ronda,
Van con los sueños anudados
Sujetando
recuerdos
En las camas
deshechas por la ausencia,
En las sillas vacías,
En las miradas tristes.
Y van, tejen la ronda.
Y van, cada jueves de marcha.
Porque ellas no
detienen sus pasos,
Ellos siguen cantando.
II
Una pareja de gorriones
sobre la rama
Intenta trinos.
En la fosa una calavera
Pugna por salir y ser
antorcha,
Hoguera que disemine
fuegos.
Árbol, rama, fosa,
Son a la vez trino y
fogata.
En las fosas
Se oyen,
Sobrevuelan los sueños.
Tiemblan los trinos de
las aves,
De la tierra sale el
fuego y la canción.
Por rigor del destino,
La utopía sigue entonando su canto.
III
Las rompieron,
Incansables amarraron sus
zapatos al amor,
Por eso andan por ahí
edificando pedazos.
Les tajearon el
corazón,
Entonces cada jueves atan la
vida a sus pañuelos.
Porque los pasos de sus
madres se clavaron a la plaza,
Ellos siguen cantando.
Etiquetas: poesía, cuentos
Poesía
sábado, 31 de octubre de 2015
Una mujer descalza
I
Una mujer vestida de fiesta
Una mujer vestida de fiesta
Por empedrada calle.
Tropieza con un hombre
De saco en mano
Y corbata floja.
Ambos
absortos
En las tribulaciones de
los abandonados.
Se
miran.
Se parecen. Por eso
Eligen seguir juntos.
Ella, los zapatos en la mano,
Roto el tacón del
zapato izquierdo, el del corazón;
Él, la corbata desanudada, el pecho abierto.
Caminan,
No saben hacia dónde;
Pero la vida es sabia,
piensa ella
Que cree en el destino.
Justo ahora que ya no
espero nada, se dice él.
Y sonríen cuando la uña
larga del meñique,
Roja, tan pétalo, roza tímidamente
El meñique viril que se
alza.
.
Etiquetas: poesía, cuentos
Poesía
miércoles, 2 de septiembre de 2015
Los heraldos negros, César Vallejo (1892-1938)
Hay golpes en la vida, tan fuertes...Yo no
sé!
Golpes como del odio de Dios; como si
antes ellos,
La resaca de todo lo sufrido
Se empozara en el alma... Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas
oscuras
En el rostro más fiero y en el lomo más
fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros
atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los cristos del
alma,
De alguna fe adorable que el Destino
blasfema.
Esos golpes sangrientos son las
crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre Pobre... pobre...! vuelve los
ojos, como
cuando por sobre el hombros nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo
no sé!
Este poema pertenece a la obra publicada en Lima en 1918, Los
heraldos negros de César Vallejo. Los poemas marcan una
diferencia expresiva con el Modernismo, aun cuando la obra es de filiación
modernista. En 1922 el autor publicará Trilce cuya poética
marca la irrupción de las vanguardias.
La obra pertenece a la época en que César Vallejo era estudiante
universitario, una época sacudida por cambios sociales, políticos –una mayor
influencia de las fuerzas armadas y el progresivo deterioro de la oligarquía- e
ideológicos, la irrupción de la filosofía marxista y del psicoanálisis.
César Vallejo fue criado en un ambiente católico, en medio de expresiones
culturales encontradas donde la oralidad y el sincretismo sobrevivían al oleaje
de la modernidad. El sustento ideológico y poético de Vallejo se nutrió en la
multiplicidad cultural de la sociedad peruana de su tiempo. Su acendrado
catolicismo se pone de manifiesto en las alusiones religiosas que leemos
en el poema Los heraldos negros: Dios, Destino, cristos del alma,
charco de culpa. Sin embargo, el texto plantea la duda del amor que
prodiga o que les arrebata Dios a los hombres. Ideas que
surjan tal vez de las corrientes ideológicas de principios de
siglo que decíamos.
El hombre y la realidad son los principales motivos de su obra, temas estos
nutridos de su propia experiencia y de la de otros, la injusticia y la
desesperación ante el dolor y la muerte.
La poética de César Vallejo nace de un espíritu profundamente
crítico. “Los heraldos Negros” revela su posición de
compromiso ante el ser humano desgarrado por una feroz dialéctica entre el
hombre y el mundo, en el que existe sin remedio ni paliativo.
En el poema Los heraldos negros, se ponen en juego algunas
ideas rectoras de la literaturidad (concepto acuñado por Jonathan Culler) por
ejemplo, la idea de un discurso polivalente. La literaturidad se asocia al
discurso polivalente o a un discurso portador de un sentido oculto, indirecto y
suplementario. Retomando conceptos de Roman Jakobson, los estudios
literarios han de hacer del procedimiento su personaje único protagonista, el
sujeto del discurso literario.
En este poema advertimos lo que los formalistas rusos denominaron la desfamiliarización
o desautomatización del lenguaje. “En esencia, el concepto de
desautomatización remite a una ruptura inesperada con lo previsible en aras de
una intencionalidad estética” (Pozuelo Yvancos). La desautomatización
o desfamiliarización del lenguaje artístico ofrece una nueva percepción de los
objetos e impide una visión automatizada.
- El
análisis del poema revela el uso de procedimientos como paralelismos y
repeticiones.
Hay golpes en la vida, tan fuertes ... yo
no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante
ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma ...Yo no sé!
- En el
plano del significante, emplea la rima y la aliteración.
Son pocos, pero son... Abren
zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.*
Serán tal vez los potros de bárbaros
atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
- Rima
consonante en los versos pares.
- Puntos
suspensivos como equivalentes del texto.
- La aliteración:
La repetición de la Pe refuerza la idea de golpe (golpe, empozara,
pocos, potros, crepitaciones, pan, puerta, pobre, palmada, culpa).
- En el
plano del significado, las metáforas golpes, resaca, potros de atilas,
heraldos negros de la muerte, caídas de los cristos del alma,
crepitaciones de algún pan... han sido empleadas para hablar del dolor
humano. Tal vez sean sus propios dolores, porque fue la suya una vida
cercada por la muerte (la de un hermano, sus padres, sus amores y sus
amigos).
El dolor del yo lírico está presente en este poema y en muchos otros, como en Espergesia:
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.
Yo nací un día
que Díos estuvo enfermo.
Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Todos saben que vivo,
que mastico... Y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.
Todos saben... Y no saben
que la luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el Misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.
Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero
a cada hebra de cabello perdido, desde la cubeta de un
frontal, donde hay algas, toronjiles que cantan divinos
almácigos en guardia, y versos antisépticos sin dueño.
LV, de Trilce
El poeta César Vallejo hizo amistad con Manuel Gonzáles Prada y Abraham Valdelomar, e integró el grupo “Colonida”, gracias a este último, enriqueció su visión del mundo a través del contacto con las nuevas corrientes artísticas europeas. A Gonzáles Prada -cuya muerte le afectó profundamente- le dedicó el poema “Los dados eternos”: Para Manuel Gonzáles Prada esta emoción bravía y selecta, una de las que, con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro. Luego de la muerte de su maestro Gonzáles Prada se evidenció la íntima desesperación y crisis en que ya se encontraba inmerso el poeta.
Se diría que César Vallejo vivió tan cerca de la muerte que ella pasó a ser
su confidente. Los versos que siguen se confirmaron con los hechos. El poeta
murió en París tal como lo había escrito en Piedra negra sobre una piedra blanca.
Me moriré en París con
aguacero
Un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París – y no me corro –
Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Piedra negra sobre
una piedra blanca
Etiquetas: poesía, cuentos
Literatura. Crítica literaria
martes, 4 de agosto de 2015
Los lápices de colores
- Patrón, lo que mande, decía la Tata. Entonces, como siempre, se me mojaban las piernas, me pasó desde chica y el Patrón venía a la casa a visitar a mis dos hermanas mayores, a mí me vio después, cuando él llegaba me hacía encima, me hablaba la Tata y le decía que sí, que no lo iba a hacer más, pero no podía, él se bajaba del auto, saludaba, le daba algo a la Tata, lo veía ahí en el patio de la casa y, al mismo tiempo que sonreía, sus ojos me recorrían, empezaba a sentir que se me mojaban las piernas, primero caía despacio un chorrito caliente, me dolía, me daba vergüenza, es por el miedo, me decía tengo que hacer fuerza, no respirar porque si respiro y me muevo se va a mojar el piso, la Tata me repetía siempre “cochina mirá lo que hacés andá a lavarte que al Patrón no le gusta que estés sucia”. Corría a lavarme, me echaba agua de la canilla del baño, saltaban las lágrimas por las palabras de la Tata, por la vergüenza, por la mirada del Patrón, antes, cuando tenía seis o siete, no entendía bien por qué las caricias y las sonrisas del patrón terminaban en sacudones y ruidos de chancho que me lastimaban, y en esa época me empezó a pasar lo de los orines. La Tata no quiso mandarme más a la escuela, “para qué si no hacés más que mearte encima estúpida de mierda qué vamos a hacer con vos si no fuera por el Patrón ya te hubiera dejado en el hogarcito es el destino éstas inútiles no sirven para nada”.
Desde aquel día estoy siempre en la casa, no soy como las otras chicas que juegan en el patio de la escuela, que es lo que más me gustaría hacer, juego con los perros o le tiro maíz a las gallinas, barro la galería todas las mañanas, junto los huevos cuando avisan que han puesto, corto las verduras y, en el verano, me la paso en el monte comiendo frutas, ayudo cuando carnean, pero no me gusta tanto andar con la sangre de los animales y las tripas y todo eso que está lleno de grasa y de mierda; me gusta más andar por la chacra, seguir el rastro que dejan las hormigas para desarmar los hormigueros con agua, los inundo hasta que se derrumban y salen desesperadas, son más vivas que yo, porque corren cuando ven el peligro.
Pero lo que más me gusta es el día domingo, cuando vienen las vecinas a visitarnos y la Rubi, que es tan buena, me enseña a leer un librito que trae junto con papeles en blanco arrancados de sus cuadernos viejos, dice que le viene el apuro por empezar uno nuevo y entonces deja algunas hojas sin escribir, pero a mí se me hace que las deja para traérmelas y trae lápices también, me presta tres o cuatro, el negro es para escribr mi nombre y apellido, Esperanza Aguirre, así me puso mi mamá que se murió cuando yo llegué a este mundo, no sé por qué no habrá podido quedarse un poquito más conmigo.
Esperanza, inútil, estúpida, meona me dicen. Esperanza, sí Patrón, lo que usted mande, me acostumbró a decir la Tata para que no se enojara. La Rubi me presta el lápiz rojo y el verde, me los va a regalar cuando pase Navidad y a ella le regalen una caja nueva para colorear, entonces voy a tener lápices yo también, más gastados, pero igual pintan o dibujan, que es lo que más me gusta, porque yo tengo uno solo, que se le cayó al Patrón del bolsillo cuando se puso la camisa, aquel día que yo ya no lloré, que hice mucha fuerza para no pegarle y sacármelo de encima como me dijo la Rubi, porque si le hacía caso a ella, capaz que en serio la Tata se enojaba y me dejaba en el hogarcito de las monjas y no salgo de ahí hasta los dieciocho y no puedo ver más a mis hermanas ni a la Rubi. Yo tomé el lápiz, pero nada más; él dio vuelta la cabeza rápido para ver qué agarraba, por si le robaba algo y me dijo “quedátelo para qué querés eso vos que sos un animalito” y me lo quedé. Yo de lo demás no sé nada.
Entonces cuando voy a cuidar las ovejas y descanso en el sauce llorón, mi sauce, saco los papelitos que me dio la Rubi o que la Tata tira, antes de que vayan a parar a la basura, y dibujo las nubes, sobre todo las que tienen formas raras, dibujo vacas y cabras y chanchitos y palomas y gorriones y calandrias, lástima que no pueda pintar mis animalitos de mentira, para mí tienen vida, aunque sean defectuosos. Eso sí, los sonidos del campo los tengo en la cabeza y silbo bonito, las calandrias me contestan, con ellas me entretengo todas las mañanas, cuando vienen al árbol a darle de comer a sus pichones; ellas cantan, yo les respondo, me debe salir bien, porque me siguen un rato largo. Al Patrón lo carnearon como a un chancho, yo lo encontré, pero no sé quién lo hizo, lo habían despanzurrado en el galpón, lo vi cuando fui a buscar maíz para la bataraza y sus pollitos. Yo no sé nada, señor, le juro.
Etiquetas: poesía, cuentos
Cuentos
lunes, 3 de agosto de 2015
Los lápices de colores
LOS INVITO A LEER EL N° 29 DE LA REVISTA CREPÚSCULO. MI CUENTO: "LOS LÁPICES DE COLORES". ESTOY MUY AGRADECIDA POR LA PARTICIPACIÓN.
http://www.fundaciontrespinos.org/revista-crepusculo/
Cuándo
llegará la Navidad, no veo la hora de que sea
el 25 de diciembre y la Rubi me regale los lápices, porque ella los va a
sacar de la caja de las cosas viejas para traémelos, eso sí, son más chiquitos,
están gastados pero llenos de color. No los
va a tirar, me dijo, porque yo los estoy
esperando. Ahora, claro, no sé si va a venir hasta acá, si la madre la dejará venir
a este lugar, si me llevaran al
hogarcito, a lo mejor sí la veo y me da los colores. Al final, creo que estaría mejor con las monjas que en
esta celda mugrienta, es tan chico el lugar, aunque hay unas calandrias que ya
me descubrieron por el silbido, las miro por la ventanita, hay un nido en el
árbol que se recuesta sobre la pared, los pájaros revolotean, y yo les silbo
y me contestan, eso, señor, no está prohibido, no. Hace tres días que estoy encerrada y nadie me saca de acá,
yo quiero irme. Será como dice la Tata a cada uno le toca la vida
que le toca, si al menos me
dieran un lápiz y un pedacito de papel.
http://www.fundaciontrespinos.org/revista-crepusculo/
![]() |
| Antonina Rzhevskaya (1861-1934)-una chica en la ventana (óleo sobre lienzo-75cm x 58cm) |
-
Patrón, lo que mande, decía la Tata. Entonces,
como siempre, se me mojaban las piernas, me pasó desde chica y
el Patrón venía a la casa a visitar a mis dos hermanas mayores, a mí me vio
después, cuando él llegaba me hacía
encima, me hablaba la Tata y le decía
que sí, que no lo iba a hacer más, pero no podía, él se bajaba del auto, saludaba,
le daba algo a la Tata, lo veía ahí en
el patio de la casa y, al mismo tiempo
que sonreía, sus ojos me recorrían, empezaba a sentir que se me mojaban las
piernas, primero caía despacio un chorrito caliente, me dolía, me daba
vergüenza, es por el miedo, me decía tengo que hacer fuerza, no respirar porque si
respiro y me muevo se va a mojar el piso,
la Tata me repetía siempre “cochina mirá lo que hacés andá a lavarte que
al Patrón no le gusta que estés sucia”.
Corría a lavarme, me echaba agua de la
canilla del baño, saltaban las lágrimas por las palabras de la Tata, por la
vergüenza, por la mirada del Patrón, antes, cuando tenía seis o siete, no entendía bien
por qué las caricias y las sonrisas del patrón terminaban en sacudones y ruidos
de chancho que me lastimaban, y en esa
época me empezó a pasar lo de los orines. La Tata no quiso mandarme más a la
escuela, “para qué si no hacés más que mearte encima estúpida de mierda qué
vamos a hacer con vos si no fuera por el Patrón ya te hubiera dejado en el
hogarcito es el destino éstas inútiles no sirven para nada”.
Desde
aquel día estoy siempre en la casa, no soy
como las otras chicas que juegan en el patio de la escuela, que es
lo que más me gustaría hacer, juego con
los perros o le tiro maíz a las
gallinas, barro la galería todas las mañanas, junto los huevos cuando avisan
que han puesto, corto las verduras y, en
el verano, me la paso en el monte comiendo frutas, ayudo cuando carnean, pero no
me gusta tanto andar con la sangre de los animales y las tripas y todo eso que
está lleno de grasa y de mierda; me gusta más andar por la chacra, seguir el
rastro que dejan las hormigas para desarmar los hormigueros con agua, los inundo hasta que se derrumban y salen desesperadas, son más vivas que yo, porque corren cuando ven
el peligro.
Pero
lo que más me gusta es el día domingo,
cuando vienen las vecinas a visitarnos y la Rubi, que es tan buena, me
enseña a leer un librito que trae junto con
papeles en blanco arrancados de sus cuadernos viejos, dice que le viene el apuro por empezar uno nuevo y entonces deja
algunas hojas sin escribir, pero a mí se me hace que las deja para traérmelas y trae lápices
también, me presta tres o cuatro, el negro es para escribr mi nombre y
apellido, Esperanza Aguirre, así me puso mi mamá que se murió cuando yo llegué
a este mundo, no sé por qué no habrá podido quedarse un poquito más conmigo.
Esperanza,
inútil, estúpida, meona me dicen. Esperanza, sí Patrón, lo que usted mande, me
acostumbró a decir la Tata para que no
se enojara. La Rubi me presta el lápiz rojo
y el verde, me los va a regalar cuando pase Navidad
y a ella le regalen una caja nueva para
colorear, entonces voy a tener lápices yo también, más gastados, pero igual
pintan o dibujan, que es lo que más me gusta, porque yo tengo uno solo, que se
le cayó al Patrón del bolsillo cuando se
puso la camisa, aquel día que yo ya no lloré, que hice mucha
fuerza para no pegarle y sacármelo de encima como me dijo la Rubi, porque si le hacía caso a ella, capaz que en serio la
Tata se enojaba y me dejaba en el hogarcito de las monjas y no salgo de ahí
hasta los dieciocho y no puedo ver más a
mis hermanas ni a la Rubi. Yo tomé el lápiz,
pero nada más; él dio vuelta la cabeza rápido para ver qué agarraba, por si le
robaba algo y me dijo “quedátelo para qué querés eso vos que sos un animalito” y me lo quedé. Yo de lo demás no sé nada.
Entonces
cuando voy a cuidar las ovejas y
descanso en el sauce llorón, mi sauce, saco los papelitos que me dio la Rubi o que
la Tata tira, antes de que vayan a parar a la basura, y dibujo las nubes, sobre todo las que tienen formas raras, dibujo vacas y cabras y chanchitos y palomas y gorriones
y calandrias, lástima que no pueda pintar mis animalitos de mentira, para mí tienen
vida, aunque sean defectuosos. Eso sí, los
sonidos del campo los tengo en la cabeza
y silbo bonito, las calandrias me contestan, con ellas me entretengo todas las mañanas,
cuando vienen al árbol a darle de comer a sus pichones; ellas cantan, yo les
respondo, me debe salir bien, porque me siguen un rato largo. Al Patrón lo
carnearon como a un chancho, yo lo encontré, pero no sé quién lo hizo, lo habían
despanzurrado en el galpón, lo vi cuando fui a buscar maíz para la bataraza y sus
pollitos. Yo no sé nada, señor, le juro.
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