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martes, 16 de agosto de 2016

La casa donde se pierden los niños de El juego de contar historias


La casa donde se pierden los niños está muy cerca de la mía. Ahora está cerrada. Queda en un barrio de clase media, de trabajadores  y empleados, edificaciones bajas,  o chalet de tejas  con moho. En una ciudad tranquila, donde nunca pasa nada,  desaparecieron tres chicos en su propia casa: la Gorda, la Flaca  y el Nene.
El más chico, el Nene, era fatal, a mí me acompañó en cien travesuras, íbamos a cazar pajaritos, a pescar mojarritas en el puente, donde el arroyo hace la Y, lo que más nos gustaba era entrar a alguna tapera a buscar alguna cosa que despertara nuestra fantasía o robar frutas; íbamos los cinco: Cacho, el Nene, el Tito, Carlitos y yo, fuimos inseparables hasta los doce o trece años. 
Todos sabíamos lo que pasaba en la casa  del Nene. A veces lo miraba desde mi ventana, cuando me agarraba el asma y no podía ir a jugar. Si no salíamos por el barrio o no íbamos al arroyo, el Nene  se entretenía cortando tiras de telas para hacer las colas de los barriletes de  papel de diario, a veces usaba papel de barrilete suave, fino, de colores, de todos los colores, aunque prefería  el  rojo, porque era de los Diablos Rojos.  Siempre ponía mucho empeño en atarlos, decía que los hacía fuertes para irse volando en uno, cuando se hinchara las bolas.
La  Flaca, mientras tanto,  lloraba lágrimas de sangre,  se escondía  debajo de la cama o detrás de las puertas,  todos le decíamos la Flaca; la mayor era la Gorda,  un tanque que arrasaba con todo, con su risa, su voz chillona, o con los pataleos cuando se encaprichaba. Era la más alegre. Los tres se la pasaban intentando escapar de la vida. Fugarse.
Cuando el Nene nos contó, no le creímos, cómo que se esfumaban  sin que nadie los viera. La nuestra es una casa con agujeros, nos dijo, son como túneles que nos conectan a otra dimensión, otros mundos. En el dormitorio había tres huecos en los que solían esconderse los chicos, si los buscaban allí, sólo se veían  las camas bien hechas, como quería la mamá. Hay tres camas con cubrecamas estampados con flores  y flecos de hilos de seda  que se metían en la nariz de la Flaca cuando se escondía debajo de la cama, sin moverse, para que el elástico de hierro no le doliera en la espalda si se levantaba de golpe, o para que  él no la encontrara,  la sacara a la rastra y la levantara  de los pelos como una cosa o un animalito indefenso. Qué fuerza debe tener alguien para alzarla de los pelos con una mano y pegarle con la otra. Pero, claro, la Flaca era flaquita. Por eso ella lloró lágrimas de sangre, por lo de la cabeza me dijo mi tía, en voz baja, casi en secreto, porque a la nena la tuvieron que llevar al médico, pero nadie de la familia dijo nada, menos los vecinos. Quién se iba a meter. Ella estuvo unos días sin ir a la escuela y con el ojito vendado. Total en  primer grado mucho no  hacen y así la maestra no pregunta. 
Otro hueco grande estaba en la cocina, junto a la mesa donde comían, en un armario alto y angosto, detrás de unas escobas y   trapos de piso, se sumergían allí para desaparecer, no siempre, sólo cuando  se sentían amenazados, pero a la Gorda la agarraron un día, antes de esconderse, y le tuvieron que poner tres o cuatro puntos en la cabeza. Tampoco nadie dijo  nada.
Un día el Nene se escondió en el techo de la casa, lo buscaron por las calles del vecindario, gritaron NeneNeneNene, no aparecía porque sabía que lo iban a fajar.  Si un vecino se quejaba porque le robaban las monedas de los sifones, si a otro  le habían roto las macetas o los vidrios, o le rayaban el coche, iban a tocar timbre a la casa del Nene, a la mía o a la de los otros pibes no, caía él fija aunque no fuera el autor de la fechoría. Cada vez que alguien se quejaba, le daban una biaba que diomio. En mi casa también, pero menos, era mi vieja la que me daba unos chancletazos; mi viejo que dios lo tenga en la gloria nunca me tocó. Qué grande mi viejo. El Nene estuvo en el techo de la casa hasta la noche, él dijo que se había ido por el  aire, pero yo no le creí.
Mis vecinos,  si estaban solos  en el parque o en la calle,  parecían  pibes como nosotros, cuando nos juntábamos en la esquina, de noche en verano y atrapábamos  luciérnagas, les decíamos bichos de luz, éramos todos dichosos, como se es antes de los trece  años.  Ellos también se sentían felices, y no se hacían humo ni nada de eso, me acuerdo bien.
La Flaca se escapó, anduvo por desiertos. De vez en cuando, se le caía una lágrima roja, como pétalo que cae y se deshace. Pero ella no quiere ver los botones rojos. Sigue porque tiene los libros. La  fantasía la lleva por ciudades y aldeas, se aleja del desierto, se acerca. Viene y va con su cabeza de nido, le crecen alas. Niega  los manchones rojos    que la empujan a irse. Sangra, pero no alcanza para perder la vida. Lleva un libro en su bolsa, siempre. Regresó por el padre cuando tuvo que cuidarlo. Una mañana me la crucé en la vereda, no era más la flaquita que yo conocía. Estoy sola, me dijo. De lo que pasó acá no puedo olvidarme, vos sabés bien, me dijo ese día en la puerta de su casa.
Ellos desafiaban la autoridad, jugar a la hora de la siesta en la casa de al lado era como orillar un precipicio; luchaban con las almohadas, saltaban de una a otra cama, rompían el silencio a esa hora  con sus risas, sus gritos, sus acusaciones. La paliza era parte del destino. Uno de esos días desmesurados, los chicos decidieron escabullirse y no regresar. Ya conocían bien los caminos del ocultamiento. Se fugarían. Primero  quisieron probar  cómo ir desapareciendo. Fue de a poco, un día unos minutos, después algunas horas. Cuando la madre salía a buscarlos, gritaba en el patio NeneNene  y reaparecían.
Cuando no pudieron más, los tres se fueron, dijeron que se habían ido a trabajar a la ciudad, porque ya tenían edad para ganarse la vida y aquí no tenían trabajo. Yo conozco otra historia. El día en que el infierno se duplicó en la casa, y la madre se fue a la cama a llorar como siempre, y el padre vociferaba, como de costumbre,  ese día los tres dijeron: Chau. Los chicos se fueron por los huecos que habían ido quedando después de tanto infortunio,  de tanta injuria; cada uno había sacado algo quebrado de adentro y  el hueco había crecido; así fabricaron los túneles.
 Una noche en que el viejo les puso la mano encima y la Gorda quiso llamar a la policía, ellas se fueron por el hueco. No volvieron más, porque las que regresaron a ver a la madre una tarde de verano ya no eran ellas. Más tarde, se fue el Nene, tampoco regresó. Volvió  un hombre oscuro, no era él, no se parecía a mi amigo  de la infancia. Yo sabía que los tres se habían ido por los huecos, aunque dijeran que estaban trabajando en alguna parte del mundo.
El Nene fue el peor de todos, como estaba escrito, como siempre le habían dicho, como le hicieron creer, y todos lo vimos. Conoció  los caminos peligrosos de la calle. Cuando se llevó el 38 que estaba escondido en el cajón del ropero, sabía muy bien qué hacer, motivos no le faltaban. Y no lo hizo. Porque la vida tiene esas cosas. Cuando el viejo se enfermó, el Nene regresó y lo cuidó, le dio de comer, lo acompañó, llamó al médico, hasta le limpió el culo. Todo eso hizo. No usó el 38 como había imaginado.
Nadie usó el 38, los años  hicieron su tarea, no las balas. La Flaca  también tuvo el 38 un día entre sus manos. Ese día decidió rajarse un tiro, volarse la cabeza, pero lo dejó donde estaba.  La otra, también se lo llevó para matarlo cuando estuviera durmiendo, lo pensó tanto tiempo que desistió por el peso que tienen las horas y los días sobre las emociones y, al final,  abandonó la idea. Entonces pensó en volver a la casa, lo perdonó. Pero él no había cambiado. A la Gorda se le abrieron  las  cicatrices. Rebrotó el odio. Cuando le llegó la hora sin embargo su  corazón se  ablandó  y se despojó de todo el dolor. Se fue en paz por el hueco. La buena gente tiene el perdón a la mano.
El viejo se fue solo, el 38 se quedó con  apetito justiciero, los chicos eran buenos de verdad; qué quieren que les diga,  se merecía un tiro en la frente, pero no lo hicieron, a veces pienso que él quería ver si eran capaces de hacerlo.
El último día estuvo solo, dijeron; imagino que puteando, enojado con los hijos o con alguien más, puteando a la  vida que  despreció, o llamando  NeneNene, vaya uno a saber cómo es el último minuto de un hombre así. ¿Y si se arrepintió y quiso pedirle  perdón a alguien?, decir te quiero mucho, perdoname. Los vi a la Flaca y al Nene  en el entierro, y el Nene me dijo: Qué jodido irse  sin que nadie te llore. Yo le dije que sí, nos abrazamos y me fui caminando hasta mi casa, no quise volver en auto. Necesitaba pensar en la vida, que a veces sale bien y  a veces mal, en que es improbable el olvido  y   que es digno pero difícil, perdonar. Los chicos me dijeron mientras caminábamos los tres muy juntos, con pasos lentos y la voz apagada: Pobre viejo, eso me dijeron, pobre viejo.
Al ver la casa cerrada, se me da por pensar  que la familia es una invención  hecha para estar con los otros y mitigar el desamparo, pero a  veces no resulta de ese modo; pienso en el amor que damos y en el que nos entregan, si la vida es lo que uno hace con  uno mismo y con los demás, o es lo que imaginamos; creo que somos  la memoria almacenada, las huellas que  vamos dejando unos en  otros. 
El viejo se fue  por el hueco también, estaba solo una tarde de invierno, dormido en una de las  camas donde antes se habían  escabullido los hijos, y no supe nada más de ellos.


viernes, 19 de febrero de 2016

El lector de El juego de contar historias

Llegué a la mesa del patio de comidas y lo vi,  sólo deseaba sentarme para ver qué hacían los demás y además  llenar el estómago con alguna comida aceptable para el colesterol. Caminar sin  objetivos por un shopping es para mí como caminar en un desierto o en un laberinto, no  sé cómo salirme;  aunque todo se vea atractivo para malgastar el salario, la comida es lo que más me satisface,  por  los pocos billetes que me quedan y porquen no llevo tarjetas de crédito, los plásticos no son lo mío, aun cuando suene anticuado; aquí soy como un niño amante de los libros frente a la vidriera de la juguetería, no me gusta nada. Es tan grande la oferta de bienes necesarios, como de los  inútiles y bellos, tanto que alguien como yo está a punto de correr pidiendo socorro. Mascullo entre dientes mierdalasociedadeconsumo y me siento en la mesa. Qué otra cosa puedo hacer, como si fuera sencillo encontrar lugar para sentarse, comer bien después del siglo transcurrido entre el pedido y el plato de comida, satisfacer el hambre y salir indemne del asalto a mano armada. En fin, como tenía que esperar a mi mujer y a mi hija, preferí almorzar solo.
Junto a mi mesa estaba él, el lector. Un señor mayor, muy delgado,  con gesto nervioso y atildado. Por qué tan ofuscado, me pregunté, tan acostumbrado estoy a ver en los demás como en un mapa las emociones; el hombre daba vueltas las hojas de un libro con energía exagerada. Leía una página, la de la derecha, con gesto determinado tomaba la hoja de papel rústico de color crema, la asía por el extremo  superior derecho y la arrancaba. Acto seguido, la rompía en pedazos, serían seis u ocho fragmentos. No  podía creer que alguien hiciera eso con un libro. Pienso que, lejos de valorar el texto, de ser crítico o de olvidarlo en un estante de la biblioteca, hacía lo que nadie en su sano juicio, rompía una tras otra las hojas después de leerlas. Como el que come nueces, pero al revés. El autor  metafóricamente muere en la lectura, y no hace falta romper el libro, muere cuando el  lector  realiza una reescritura a partir del acto mismo de leer. El texto, digo, es un tejido de citas, uno como lector las reconoce o no, según las lecturas previas; entonces leer es como pescar en un mar  de múltiples voces y cruces culturales. Eso, leer es como pescar, me digo ufano por la metáfora ingeniosa. Por lo que entiendo este lector es un psicópata, se desquita con brutalidad del objeto libro. Él es el no lector. El lector sin texto.
Quién lee una página y la rompe, es como hacer el amor y luego, matar al consorte. Arranca, rasga por la mitad y la multiplica hasta hacerla nada, los significados son cadáveres sobre la mesa. La muerte del significante, determino con sentimiento de pesar verdadero. Leer es resignificar el texto, este tipo lo destruía literalmente. Leer y no saber qué pasará en las siguientes líneas, con la secuencia interrumpida. De nuevo pienso en el coito. Por qué leería alguien sólo las páginas pares. Los segmentos, pedazos aislados no son el texto;  la idea de unidad y de coherencia es aniquilada por el tipo de la mesa de al lado, antes de fraccionar el papel ya lo había destruído con su lectura inválida. Pienso todas estas cosas, mientras trago como en un acto reflejo la ensalada desabrida. El flaco, personaje lector, busca crear otra historia, discurro. No quiere leer la que escribió el autor, sino otra;  el lenguaje es el que habla. Por qué acabar con el libro, sigo mis cavilaciones,  destruye el texto o lo construye en su extraña lectura. Tal vez haga  ambas cosas. La obra nunca es la misma después de la lectura. Éste es un experimento literario, concluyo orgullosamente.
Entonces, busco cambiar la dirección del razonamiento como parte de mis ejercicios mentales. Pienso que el libro incompleto tiene un mensaje cifrado para alguien que está oculto en una callecita del barrio, que llegará hasta nosotros sin ser visto, el sujeto tomará el misterioso objeto cuando el otro lo deje sobre la mesa. Mi vecino sólo saca algunas páginas y deja las que encierran, para el que sepa leer, el enigma. Entonces debería esperar  sentado aquí mismo para ver quién se acerca a la mesa y lo recoge. Podría ser parte de un plan terrorista, exagero la deducción por vicio profesional. Lo desestimo. Es muy obvio. El lector parece un extranjero, tal vez sea un inglés o irlandés que visita la ciudad.
Entre bocado y bocado de bife de chorizo, sigo observándolo y puedo percibir su adrenalina, goza en el acto de destruir la obra de otro, alguien a quien nunca le verá el rostro, a quien no tendrá que darle explicaciones por su ofensa. El autor. Qué mensajes habrá querido dar al mundo, qué objetos produjo su ingenio para conservar la memoria  y, a la vez, dejar su sello personal. Mientras engullo la comida pienso en  cosas así, sobre los artefactos culturales y los valores de la herencia colectiva que representan. El autor. Quién sabe  los fracasos que debió padecer para llegar a ser publicado, cuántos amigos lectores lo halagaron o a cuántos defraudó por la desidia o la torpeza de su pluma. Destruir libros, pienso, es cosa de fanáticos, de quienes no aceptan las discrepancias ideológicas, políticas o religiosas; los intolerantes que demuestran desprecio por el conocimiento, la historia, la cultura, destruyen libros, como si así aniquilaran a  los enemigos. Romper libros, arriesgo en el límite, es como  arrojarlos al fuego. La quema de libros ha devorado el diálogo y la tolerancia entre las personas tantas veces en la historia desde la creación de la imprenta. Me quedo pensando en esos monstruos un momento, segundos. Concluyo, es pura ignorancia o peor, me acomodo intranquilo en la silla por la presencia de un lunático,  es un fanático intolerante. En eso estaban mis ideas cuando llegaron Adela y nuestra hija de quince años. Ambas felices, cargadas de bolsas; las tardes de shopping rejuvenecen a mi mujer y mi hija adolescente sigue el camino de su madre. Digo mierdaconestasociedadeconsumo.
-Qué hacías, me dice mi mujer. Nada, comí un bife de chorizo con ensalada, le cuento sin perder de vista al vecino que continúa su metódica destrucción. Mi mujer habla del encuentro casual con una amiga, Carmencita Acuña o Aguirre, que regresó del Caribe con un color espectacular, y de los zapatos que compró en Nueva York o Londres, o no sé dónde porque no la quiero escuchar ocupado como estoy en quitar los elementos inútiles de mi mente y reservar sólo aquellos que me pueden ayudar a deducir el misterio del lector.
Delgado, de nariz aguileña, mirada penetrante, a primera vista me llamaron la atención  la gorra escosesa con visera y la pipa apagada en su mano derecha; cuando dejaba la pipa, deslizaba la mano sobre el libro y con decisión de guillotina cercenaba la página leída. Era un homicidio en primer grado. Me inquietaba el asesino tan próximo, cometía el crimen a la vista de todos y seguía allí sentado, mutilando a la víctima sin que nadie lo advirtiera excepto yo, sin que lo detuvieran.
Adela me decía que teníamos que hablar ahora que la nena se había ido con sus amigas. Me decía que ella ya no podía vivir así, que yo sabía bien que ser detective privado no nos permitía vivir decorosamente; que si en lugar de dejar  las clases de historia y de literatura en el colegio inglés hubiera hecho méritos para que me renovaran el contrato, no seríamos ricos porque con la docencia nadie se hace rico, pero al menos tendríamos otras relaciones; que era un muerto de hambre, si no fuera por ella que tuvo la mala suerte de perder a sus padres y heredar los campos de Santa Fe, y que la renta de la chacra de Máximo Paz y la cría de vacas le permitirán a ella tener otra clase de vida, la que se merece. Yo no prestaba mucha atención, ese discurso lo conocía de memoria, lo venía recitando desde el día en que volvimos de la escribanía y se transformó en una mujer rica con aires de hacendada. Para mí lo único que tenía ella  era la pretensión de aparentar, por eso había dejado de usar el apellido de casada y adoptó los de su madre, de rancia aristocracia. Yo soy un ratón de archivos, busco información para otros, paso las horas  entre papeles, observo encubierto la vida de los demás, trato de ser invisible. Es cierto que por esos días  tenía pocos casos, pero eran  importantes. Si  lograba resolver alguno, entraría buen dinero. Había que ser paciente. Como colaborador de uno o dos empresarios que espiaban a sus socios o a sus esposas jóvenes, apenas tenía para vivir. Claro que lo que más dinero deja son las esposas celosas y los maridos que, por no ceder nada en el divorcio, buscan amantes y otras traiciones conyugales. Yo prefiero los casos policiales, pero hoy no son muchos los que me contratan para asesorarlos. En el pasado colaboré en hechos resonantes,  en secuestros extorsivos, en crímenes, en desapariciones de personas. Hay que entender, a veces se sube  la cuesta  y otras se baja.
Mi mujer se levantó indignada porque yo no le prestaba atención y no lograba  sacarme de quicio con  sus reproches, me tiró las llaves de casa, dijo algo así como que me vaya al carajo, que a ese departamento oscuro y maloliente de pocos metros cuadrados no volvería, que para qué se casó conmigo, que habían tenido razón sus padres y que la nena estaba de acuerdo en mudarse con ella. Y se alejó. Me dejó así, después de dieciséis años.
El hombre de la mesa de al lado también se levantó, tomó el libro, o lo que quedaba de él, y la pipa y se fue. Esperé que caminara unos diez metros, cuando dio vuelta en el recodo de  la galería, me acerqué a la mesa para ver qué había estado destruyendo, y recogí algunos pedazos de papel. Para mi sorpresa, eran relatos de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle.
                                                                                                  
           

miércoles, 20 de enero de 2016

Primer amor, en EL JUEGO DE CONTAR HISTORIAS




Una mañana de diciembre vino un circo al pueblo y todos  corrimos a ver llegar a los gitanos. Era el primer encuentro, el descubrimiento de los húngaros como  les decían los más viejos, eran individuos distintos aún cuando compartían nuestro territorio, ellos no formaban parte de las comunidades que visitaban. Eran los otros. Salimos a la puerta de casa para ver cómo eran esos de los que siempre nos habían hablado. Desde ese día y todas las otras veces se instalaron a la vuelta de casa, en la manzana siguiente, en un terreno baldío que ocupaban los parques ambulantes. Después del almuerzo, cruzamos la calle de la mano con mis hermanos y nos paramos frente a los carromatos recién llegados y cerca de  las jaulas de los animales.
Nunca había estado en un lugar como el circo de los gitanos, me asustó un poco el rugido del león viejo, un poco flaco y despeinado, pero me atrajeron los personajes que ensayaban sus juegos habituales, los payasos, los malabaristas y la mujer que adivinaba la suerte. Las visitas se hicieron frecuentes. A la mañana siguiente, mi hermana y yo fuimos a verlos sin pedir permiso a mi madre que estaba dando de comer a las gallinas. Cuando nos acercamos a las jaulas, quedamos boquiabiertas. El oso estaba atado a una cadena, una mona daba de mamar a un tigre de pocos meses de vida y, para calmar los celos de su hijo, le rascaba la cabeza.  Caminamos entre las jaulas malolientes y llegamos adonde estaban unos hombres jóvenes que  armaban la carpa. Entonces lo vi a Tas, jugaba con los tigres, del otro lado de  las rejas yo sólo veía una parte de su rostro y el pelo negro. Por mirarlo, me tropecé no sé con qué y Azuleima me sostuvo para que no me cayera;  la gitana se reía, él era su hermano. Era una mujer  hermosa, tenía el cabello largo atado en dos trenzas, la falda de color amarillo y un pañuelo  medio caído en la cabeza. Nos preguntó nuestros nombres y desde aquel día nos hicimos amigas. No fue  fácil para mí tener una amiga diez años más grande  y,  además,  gitana.
La caravana de gitanos comenzó a venir al pueblo dos veces al año. En el verano, cuando terminaban las clases y en la primavera. Nunca supe por dónde andaban mientras transcurría el invierno frío y húmedo de la pampa. La primera vez que llegaron yo había terminado la primaria, cumplía trece años por aquellos días y, de algún modo, esos nómadas cambiaron mi vida. La gitana  Azuleima era adivina, leía las manos y tiraba las cartas; ella me enseñó a tejer, también me leyó las manos y predijo algo que sucedería  tiempo después.
La adolescencia en esa época  no existía tal como la conocemos hoy; con trece años me ocupaba de la limpieza de la casa, del lavado y planchado de las camisas de mi padre que era telegrafista en el ferrocarril  que fue inglés hasta que llegó Perón, me encargaba también del cuidado de mi hermana menor; esas tareas me alejaban de la lectura y  de las labores con lanas e hilos de seda que era lo que más me gustaba hacer. Sólo algunas chicas estudiaban,  las demás íbamos a corte y confección, tejíamos  o bordábamos en casa. Los chicos a esa edad se iniciaban en los trabajos rurales o  en los oficios, los que no iban a juntar maíz con toda la familia. Azuleima me regaló un tesoro cuando me enseñó a tejer  “si no tienes agujas toma dos ramitas… yo te voy a enseñar”. Tejí con ramas, con dos agujas, con los días y las noches, los afectos,  los recuerdos, el rencor y también el perdón.  Azuleima era  madre,  llevaba siempre con ella a su niña, la caravana iba de pueblo en pueblo, como una gran familia,  hijos, padres, abuelos, el clan completo. Todos compartían satisfechos esa vida de errantes atávicos. En mi familia odiaban que fuera al circo a ver a mi amiga gitana, mucho más que ella pasara por mi casa.
- Cómo una niña iba a tratar a una mujer de ésas. Una bruja que ofende al Señor. Nada de juntarse con los húngaros. Cómo es posible que una señorita se pase las horas en un carromato o entre la mugre de los animales.
A veces me veían niña,  otras, señorita. No era chica para enamorarme de Tas,  un gitano cautivador de ojos marrones y piel oscura. A pesar de los sermones de mi madre, jugábamos con los gitanos  en el arroyo o en el parque, corríamos o saltábamos a la soga con mis hermanos menores; me gustaba pasear de la mano de él. En aquel tiempo, tuve  que  cuidar a mi madre enferma de tifus, no era una nena, no. Ellos eran gitanos, trotamundos, libres, alegres. Nosotros, una buena  familia, religiosos, nómades también, porque vivíamos en las estaciones del ferrocarril, aunque no recuerdo que fuéramos tan  felices.
La  cuarta visita de los gitanos  se adelantó, era  sábado, fines de noviembre, y fuimos a verlos. Tres cosas inolvidables pasaron durante aquel verano.  Empecé a tejer con lanas de colores y dos agujas con la gitana  Azuleima;  se cumplió lo que ella me había augurado, que algo maravilloso iba a ocurrir en mi vida  y, la tercera,  me enamoré de Tas, el domador del circo. Fue después de que atrapó a un puma suelto entre los carromatos. Éste es uno de esos hechos inesperados que,  aún desconociendo lo que sobrevendrá, intuimos que pueden modificar nuestra manera de ver el mundo.
Los animales del circo  no tenían  libertad,  los sacaban a caminar, paseaban por las calles de tierra mientras hacían publicidad y volvían al encierro. Una tarde, cuando la madre del mono de poco más  de un año, empezó a gritar y a saltar dentro de la jaula, todos salieron a ver qué pasaba. El travieso monito se había escapado y ella lo reclamaba a gritos. Azuleima había perdido de vista a Zaira, su hija, pues en ese momento estaba dándome consejos; decía con suavidad: “Una lazada, que no se te escape el punto, tira  de la lana  parejito, que si no,  te quedan agujeros,  tranquila,  que cada vez te va a salir mejor y verás, hija,  cuántas cosas podrás hacer”. Mientras yo hacía mis primeras lazadas con las dos agujas, entre las jaulas caminaba un puma. Después  supimos que  había huído del patio de don Otto, un   cazador que no siempre mataba  a los animales y, por cariño o por empecinamiento,   traía algunos al pueblo y los tenía enjaulados o sueltos en su parque. El animal era esbelto y ágil; el gitano Tas, lo recuerdo bien, lo enfrentó con coraje. El puma que tenía  casi dos metros de largo de la nariz a la cola se paseaba determinado a cazar. Azuleima estaba tan entretenida en la tarea  de enseñarme a tejer,  que olvidó a su pequeña hija.  El felino, aunque ajeno  al lugar,  sorteaba seguro las estacas donde  habían atado las sogas que sostenían la carpa; se dirigía  a los corrales,  donde había caballos, mulas, camellos y ponis. Los caniches   hacían piruetas, andaban en bicicleta o pasaban a través de los aros, a ellos se les habían unido varios perros de la calle que iban a buscar algunos desperdicios, cuando  olfatearon el peligro, comenzaron a ladrar y ante el peligro, todos  huyeron.  En la corrida, llevaron por delante a Zaira. El llanto nos sacó del tejido, corrimos las dos  y nos quedamos paralizadas. La nena estaba muy cerca del puma. El animal caminaba  hacia ella, se detuvo, la olfateó y ronroneando  continuó con determinación hacia los corrales.

Zaira no dejaba de llorar. Muchos días después se siguió comentando lo increíble del hecho.  La mona Hilda, enloquecida porque había perdido a su hijo,  cuando oyó el llanto de la chiquita se escapó de la jaula. El monito jugaba  haciendo piruetas   en lo alto de la carpa, sin  luces ni  música,  se comportaba como si hubiera estado en medio de una función. Zaira apenas caminaba, iba hacia el carromato con pasos inseguros, tambaleándose como el  payaso cuando finge una borrachera, ella pasó muy cerca del puma y todos pensamos  en ese momento que podía ser presa del animal. Azuleima gritó espantada; todas  llorábamos. Fue entonces cuando Tas tomó el látigo para reducir a la fiera.
Algunos  acontecimientos resultan inolvidables en la historia de cada persona, por lo singulares. Los recuerdos de la infancia y de la  adolescencia se van atando a ratos felices, pactos familiares, mandatos paternos,   culpa,  miedo y hasta   mitos religiosos. En la vida adulta  quedan dentro de un universo ficticio donde uno recuerda u olvida lo conveniente; sin embargo,  las emociones son las que  dejan huellas,  los sentimientos, el amor, la pasión  nos marcan, pero suelen pasar desapercibidos porque nos empeñamos en esconderlos, quizás sea  pudor o tal vez uno quiera ocultar la pena. Hay historias que  guardamos celosamente, y entran en la categoría de lo mágico o milagroso. Historias entrañables se reservan íntimamente, como el primer amor. Lo que queda de ese instante del pasado  arrinconado es una especie de  folletín, que sigue allí, y podemos encontrarlo donde menos se espera. Recuerdo ahora que el cabello largo del gitano, suelto sobre sus hombros, caía sobre mi cara. Recuerdo los brazos morenos, la sonrisa blanca, perfecta. Pensé que el puma se habría dejado  seducir también. Cuando comenzó a llover, me sentí segura, abrigada en su abrazo. Nos refugiamos en una tapera, los dos solos por primera vez; escuché la música de su guitarra conmovida y su voz áspera. Yo amé a Tas desde ese día. Él también me amó, es mentira todo lo que me dijeron después.
Decían las señoras  entre mates y los hombres  en el Club Unión que las chicas de buena familia no andan por la calle a la hora de la siesta. Que sólo las chicas malas van al arroyo a bañarse. Que los viajantes y los gitanos les roban la inocencia a las pibas  fáciles y las abandonan. Que las malas lenguas hablan de  esas chicas.
Alguien había dejado la puerta de la jaula abierta, ese hecho casual hizo que  la mona escapara  y se interpusiera  entre la niña y el puma que,  para nuestra sorpresa,  no demostró interés en la pequeña. Saltó sobre Hilda  que fue más ágil  y  desde el mástil mayor  ella comenzó a arrojarle  una lluvia de orines. En medio de la confusión, algunos empezaron a reírse. La mona se creyó la estrella del circo e hizo gala de   una fuerza fenomenal, arrancó un caño  de la estructura para aporrear  a la fiera,  el puma se enfureció. Y  apareció él. Tas lo sometió con el látigo, lo llevó hasta la jaula más próxima y allí quedó encerrado en medio de los aplausos. El animal hambriento  no había visto nunca un domador,  sin embargo quedó inmóvil  mientras   él se   acercaba. Tas lo enfrentó resuelto y nos devolvió la tranquilidad. Aún lo puedo ver, tan hermoso el gitano.
Después de la captura,  llegó don Otto, el puma se entregó manso al viejo.  Pasado el susto, el monito bajó del poste y se abrazó  a la mona Hilda;   Azuleima  lloraba de alegría. Tas vino a mi encuentro. Yo no olvido su gesto resuelto, ni su sonrisa. Entre aplausos, caminó hasta mí  con el látigo enroscado en el antebrazo,  cuando estuvo cerca, me miró a los ojos y me llamó por mi nombre. Ese verano fuimos tan felices, como lo había anticipado la gitana. Al año siguiente, cuando llegó el circo al pueblo,  mis padres  decidieron mandarme a la casa de mis tíos que vivían en Santa Eulalia. Él ya no regresó con la caravana. De aquella época feliz tengo muchos recuerdos y la costumbre de  tejer una lazada y otra lazada  para cerrar los huecos que  va dejando la vida.

                         



martes, 4 de agosto de 2015

Los lápices de colores

- Patrón,  lo que mande, decía la Tata. Entonces, como siempre,  se me mojaban las piernas,  me pasó desde  chica  y el Patrón venía a la casa a visitar a mis dos hermanas mayores, a mí me vio después, cuando  él llegaba me hacía encima,  me hablaba la Tata y le decía que sí,  que no lo iba a hacer más,  pero no podía, él se bajaba del auto, saludaba, le daba algo a la Tata,  lo veía ahí en el patio de la casa y,  al mismo tiempo que sonreía, sus ojos me recorrían, empezaba a sentir que se me mojaban las piernas, primero caía despacio un chorrito caliente, me dolía, me daba vergüenza, es por el miedo, me decía  tengo que hacer fuerza, no respirar porque si respiro y me muevo se va a mojar el piso,  la Tata me repetía siempre “cochina mirá lo que hacés andá a lavarte que al Patrón no le gusta que estés  sucia”. Corría a lavarme,  me echaba agua de la canilla del baño, saltaban las lágrimas por las palabras de la Tata, por la vergüenza, por la mirada del Patrón, antes,  cuando tenía seis o siete, no entendía bien por qué las caricias y las sonrisas del patrón terminaban en sacudones y ruidos de chancho que me  lastimaban, y en esa época me empezó a pasar lo de los orines. La Tata no quiso mandarme más a la escuela, “para qué si no hacés más que mearte encima estúpida de mierda qué vamos a hacer con vos si no fuera por el Patrón ya te hubiera dejado en el hogarcito es el destino éstas inútiles no sirven para nada”.
Desde aquel día  estoy siempre en la casa, no soy como  las otras chicas  que juegan en el patio de la escuela, que es lo que más me gustaría hacer,  juego con los perros  o le tiro maíz a las gallinas, barro la galería todas las mañanas, junto los huevos cuando avisan que han puesto, corto las verduras  y, en el verano,  me la paso en el monte  comiendo frutas, ayudo cuando carnean, pero no me gusta tanto andar con la sangre de los animales y las tripas y todo eso que está lleno de grasa y de mierda; me gusta más andar por la chacra, seguir el rastro que dejan las hormigas para desarmar los hormigueros  con agua, los inundo hasta que  se derrumban y salen desesperadas,  son más vivas que yo, porque corren cuando ven el peligro.
Pero lo que más me gusta es el día domingo,  cuando vienen las vecinas a visitarnos y la Rubi, que es tan buena, me enseña a leer  un librito que trae junto con papeles en blanco arrancados de sus cuadernos viejos, dice que le viene el  apuro por empezar uno nuevo y entonces deja algunas hojas sin escribir, pero a mí se me hace que las deja para traérmelas  y  trae lápices también, me presta tres o cuatro, el negro es para escribr mi nombre y apellido, Esperanza Aguirre, así me puso mi mamá que se murió cuando yo llegué a este mundo, no sé por qué no habrá podido quedarse un poquito más conmigo.
Esperanza, inútil, estúpida, meona me dicen. Esperanza, sí Patrón, lo que usted mande, me acostumbró a decir la Tata  para que no se enojara. La Rubi me presta  el lápiz rojo y  el  verde, me los va a regalar cuando pase Navidad  y a ella le regalen una caja nueva para colorear, entonces voy a tener lápices yo también, más gastados, pero igual pintan o dibujan, que es lo que más me gusta, porque yo tengo uno solo, que se le cayó al Patrón del bolsillo cuando se  puso  la camisa,  aquel día que yo ya no lloré, que hice mucha fuerza para no pegarle y sacármelo de encima como me dijo la Rubi, porque  si le hacía caso a ella, capaz que en serio la Tata se enojaba y me dejaba en el hogarcito de las monjas y no salgo de ahí hasta los dieciocho  y no puedo ver más a mis hermanas ni a la Rubi. Yo  tomé el lápiz, pero nada más; él dio vuelta la cabeza rápido para ver qué agarraba, por si le robaba algo y me dijo “quedátelo para qué querés eso vos que sos un animalito”  y me lo quedé. Yo de lo demás no sé nada.
Entonces cuando voy a cuidar las ovejas  y descanso en el sauce llorón, mi sauce, saco los papelitos que me dio la Rubi o que la Tata tira, antes de que vayan a parar a la basura, y dibujo  las nubes, sobre todo las que tienen  formas raras, dibujo  vacas y cabras y chanchitos y palomas y gorriones y calandrias, lástima que no pueda pintar mis animalitos de mentira, para mí tienen vida, aunque sean defectuosos.  Eso sí, los sonidos del campo los  tengo en la cabeza y silbo bonito, las calandrias me contestan,  con ellas me entretengo todas las mañanas, cuando vienen al árbol a darle de comer a sus pichones; ellas cantan, yo les respondo, me debe salir bien, porque me siguen un rato largo. Al Patrón lo carnearon como a un chancho, yo lo encontré, pero no sé quién lo hizo, lo habían despanzurrado en el galpón, lo vi cuando fui a buscar maíz para la bataraza y sus pollitos. Yo no sé nada, señor, le juro.
Cuándo llegará la Navidad, no veo la hora de que sea  el 25 de diciembre y la Rubi me regale los lápices, porque ella los va a sacar de la caja de las cosas viejas para traémelos, eso sí, son más chiquitos,  están gastados pero llenos de color. No los va a tirar, me dijo,  porque yo los estoy esperando. Ahora, claro, no sé si va a venir hasta acá, si la madre la dejará venir a este lugar,  si me llevaran al hogarcito, a lo mejor sí la veo y me da los colores. Al final,  creo que estaría mejor con las monjas que en esta celda mugrienta, es tan chico el lugar, aunque hay unas calandrias que ya me descubrieron por el silbido, las miro por la ventanita, hay un nido en el árbol que se recuesta sobre la pared, los pájaros revolotean, y yo les silbo y  me contestan,  eso, señor, no  está prohibido, no. Hace tres días  que estoy encerrada y nadie me saca de acá, yo quiero irme. Será como dice la Tata a cada uno le toca  la vida   que le toca, si al menos me dieran un lápiz y un pedacito de papel.

miércoles, 4 de marzo de 2015

AGUA

Agua


No quiero, dijo. Cada vez que nos íbamos a dormir me decía que no. Marisel no me quería. Es sencillo contarlo ahora, pero  no lo  fue; en realidad, no pasaba nada del otro mundo, al principio, Marisel no quería ni verme. 
Vivimos tres años en la pensión de Balbina,  fuimos buenos vecinos; mientras comíamos, hablábamos de todo, aunque cada uno se cocinaba lo suyo o mirábamos televisión en los sillones viejos donde dormían  a los gatos. Después de varios güisquis le pedía que se viniera a dormir a mi cama. Ella siempre contestaba que no quería dormir con borrachos perdedores. Yo me reía, le daba un beso en la mejilla y le decía que algún día me iba a rogar, ella levantaba los hombros haciendo qué me importa, revoleaba el pelo a medida que subía la escalera y se encerraba en su habitación, que estaba justo sobre la mía. Entonces, escuchaba  sus  movimientos o los imaginaba,  siempre tuve buen oído. Primero un ruido seco, tiraba los zapatos,  después caminaba descalza hasta el baño,  oía levantar la tapa que golpeaba contra la pared, meaba, el agua  caía en el inodoro.  La cama hacía ruido, así que cuando se tiraba, me estremecía como si hubiera estado a mi lado;  si no dormía y daba vueltas, yo la podía sentir,  nos separan pocos centímetros, me decía devastado por el insomnio, estamos casi juntos, prestaba atención  a los sonidos que venían de arriba hasta que me dormía por el cansancio.
Balbina. Balbina era la dueña de la pensión y nosotros sus ocho pensionistas;  una casa chorizo, seguramente de la década del ’30, transformada en vivienda colectiva, una construcción refaccionada que le habían agregado  habitaciones  y una escalera que daba a una pieza en el primer piso. La atmósfera que se vivía en la casona era  deprimente; la  humedad, el calor, la poca circulación de aire y la oscuridad  propiciaban el crecimiento de moho y hongos;  el olor a viejo en la telas de las cortinas, en las alfombras y muebles  estaba  arraigado desde hacía tiempo. Sin embargo,  todos éramos jóvenes y le imprimíamos algo de color a la casa de la calle 11 de septiembre.  Balbina era una mujer alta, rubia, todavía hermosa,  siempre parecía demasiado arreglada; era elegante y pausada para hablar,  tenía un aspecto  entre  un ama de llaves inglesa y una actriz de la época de oro del cine argentino. Demostraba su hospitalidad  permitiéndonos usar todos los ambientes de la casa para comer, tomar mates   o para que leyéramos. El televisor estaba en la sala, así  que el que quería ver algo tenía que aguantar a los gatos y, a veces, a su amante. Creo recordar  que el amante sólo venía por las noches, tenía familia y que era milico retirado o jubialdo, me sentía observado por él. Los pensionistas teníamos entre 20 y 35 años; formábamos un grupo interesante: Tres hombres, por casualidad dedicados a la escritura, porque dos eran periodistas del diario local y yo que estaba escribiendo para algunas revistas literarias, además de estudiar abogacía; las chicas eran Marisel, que estudiaba  ciencias de la educación en el Instituto, Lali que trabajaba y estudiaba  para maestra y las otras tres, que ni veíamos, eran coperas de clubes nocturnos, creo que Lili, Rita y Ana.
Goteras. Goteras. Siempre la lluvia nos traía complicaciones en la pensión. El agua fue el principio y el fin de mi historia con Marisel. Ella se quejaba,  decía  que la vieja era una mentirosa, que debía rebajarnos el alquiler si no arreglaba las goteras. Una noche, después de tres días consecutivos de lluvia, hartos de poner tachos y cacerolas donde  había goteras, o sea, en toda la casa, decidimos sublevarnos y exigirle una solución definitiva al problema del techo. Yo, feliz; el motín se había iniciado en la pieza de arriba. Esperé pacientemente a que todos se fueran para quedarme a dormir. Y me quedé. Fue el comienzo de nuestra relación, pero los celos no la dejaban vivir en paz. Cuando nos peleábamos, volvía a la soledad de mi cuarto para oír cómo tiraba los zapatos o las botas, caminaba hasta el baño,  meaba y  se tiraba en la cama revuelta, me la imaginaba durmiendo abrazada a la almohada húmeda por el llanto o  acostada boca arriba, fumando. Éramos muy jóvenes y locos, cuando nos reconciliábamos, pasábamos  en la cama el día   hasta que los demás se iban de la casa, entonces, deambulábamos desnudos o envueltos en alguna sábana. A veces, comíamos así en el comedor, riéndonos  al imaginar la cara que hubiera puesto Balbina,  si nos hubiese visto.
La inundación. La inundación previa a nuestra separación fue tremenda. Media ciudad estuvo bajo el agua. Nadie  ni nada quedó seco o limpio. Es sabido que el arroyo se desborda e inunda las zonas cercanas a su curso, donde no deberían haber permitido las construcciones, pero  a principios del  siglo  pasado no  se hizo planeamiento urbano, los vecinos saben que para el período de lluvias sus casas se van a inundar y están preparados. Ese año nos inundamos todos, hasta nosotros que estábamos más cerca del centro,  a pocas cuadras de la plaza Merced.  En la pensión estuvimos sacando agua  los dos primeros días, el tercero comenzó a bajar el agua del arroyo. Las mesas, las camas, todos los enseres tuvieron que ser elevados con ladrillos o tacos de madera, lo que tuviéramos a mano. En esos momentos nos distanciamos Marisel y yo. Ella no quiso que  ayudáramos a la vieja por tacaña y mentirosa, por la cuestión de las goteras. A mí me parecía que no era para tanto y me solidaricé con ella.
Con otros vecinos, organizamos un equipo para socorrer a las personas mayores, enfermos y mascotas.  Marisel se burlaba de mi “nueva vocación de servicio” “sos un pelotudo dejáte de joder”. Los tres hombres de la pensión salimos a buscar alimentos casa por casa, porque los comercios permanecieron cerrados por el agua;  nos pusimos de acuerdo en hacer la comida y repartirla, de ese modo sorteamos las dificultades con menos penurias. El primer día, nos habíamos reunido en el galpón de la antigua carpintería y decidimos ayudarnos unos a otros; todo estaba mojado y  había pocas provisiones, algunos tenían salames y quesos, otros galletas y pan viejo,  preparamos café, mate cocido, sopas y pudimos comer. Marisel se había acostado  enojada conmigo y no  salió de su cuarto en esos días. De nuevo, sólo la oí mear. Cuando volvió  la calma, Balbina preparó una comida para agasajarnos por la ayuda que le habíamos dado  y celebrar que el agua había bajado. Creo que a Marisel le dio vergüenza compartir la cena y dijo que estaba engripada, me fui a su cuarto.
Sexo. Hicimos el amor con furia. La calentura se renovaba cada vez que terminábamos. Para que los demás no nos molestaran, dijimos que estábamos estudiando para rendir. Nadie nos creyó. Yo hacía semanas que no iba a la facultad y ella dejó el Instituto por aquellos días. Inventamos besos nuevos,  morder, estrechar, apretujar, simular el roce, con ligeras, imperceptibles caricias, mínimos gestos de sensualidad. Hubo acciones ineludibles: dormir para reiniciar el juego, salir a buscar comida y regresar, ir al baño, bañarnos juntos; todo para tener sexo otra vez. En las pausas, fumábamos y tomábamos mates. La obsesión del jugador frente a la ruleta o a las máquinas  de juego debe ser así. No se piensa demasiado, se juega, se apuesta lo que queda,  porque hay que ganar.  Uno cree que va a ganar.
La separación. Después de la última noche de sexo, nos separamos. Me abandonó. Ella se había dormido sobre mi pecho, era tan delgada que yo podía seguir el itinerario de las venas azules  que recorrían sus brazos hasta las manos. La miraba dormida y, con la obsesión del que lo posee todo y quiere más,  deseaba entrar en su sueño. El mentón suave apoyado sobre mi pecho. El cabello suelto, revuelto y oscuro caía  sobre mí. No era mía, no sabría decir por qué la presentía lejana. Extranjera en mi territorio o tal vez haya sido yo un intruso en el suyo. Esa  madrugada comenzó a llover  otra vez y nos abrazamos para seguir durmiendo  bajo las chapas golpeadas por el agua.
A las siete y media me levanté, ella dormía desnuda y enroscada. Tomé unos mates y salí de la pensión. Tenía  que cobrar un cheque que mi padre me había enviado para mis gastos, por eso  había madrugado.  No advertí  que  Marisel me observaba detrás de las cortinas, pero Lali  sí la había visto, después me lo dijo; ella esperaba el colectivo en la parada de la esquina, había salido unos minutos antes que yo, porque trabajaba en unas oficinas del centro para poder estudiar  en el turno noche del Normal de la calle Colón.  Llovía, me metí debajo de su paraguas. Cuando regresé, ya se había ido. Sólo le dejó la plata que le debía a Balbina y desocupó la habitación.  Para mí no dejó nada, no, ni mensajes, ni cartas,  no Andrés, para vos no dejó nada.
La esperé todo el día, no regresó; creí que me iría a buscar al bar de la galería, donde solíamos tomar cafés después de clases; a la noche fui hasta allá, estuve solo en una mesa. No apareció. Pensé que la habrían llamado de su casa con urgencia por algún problema familiar, pero no tenía el  teléfono ni la dirección de su familia que vivía en Río Cuarto. Se fue  sin dar explicaciones y yo no conocía  a nadie que la conociera a ella fuera de la pensión. Fue cruel. Al otro día, me paré  frente al Instituto donde estudiaba, me quedé en la puerta para verla llegar; lo hice  durante días, no llegó nunca;  me volvía  desolado a mi cuarto de pensión. Pregunté por ella al chico del kiosco, a la señora de la biblioteca, en la perfumería donde compraba habitualmente, pasee por las librerías, por los bares. No estaba. Leí temeroso los diarios pensando que podía encontrar noticias sobre el suicidio o el crimen de una joven estudiante en la ciudad de Pergamino. Quise creer en algún momento que todo eso era una pesadilla, que me despertaría abrazándola, que la comería a besos.
Fueron días confusos. No podía o no quería comprender lo que estaba pasando, por qué se había escapado así; desde el primer momento intuí que era el final. Algunas veces la realidad nos golpea, nos apuñala por la espalda con acontecimientos que  no esperamos y, a pesar de que nos sucede a menudo, sufrimos el desconcierto del inexperto, del que ha estado libre de desengaños o traiciones hasta el momento de ocurrir la situación  desdichada.  Repasé  los últimos hechos,  no el sexo, no el dormir con ella, no el morir  de placer  tantas veces, no el jurarle amor eterno, no el besarla una y cien veces,  no, esos recuerdos los sepulté;  evoqué los últimos días  previos al sexo  descontrolado y hallé una explicación  revisando mis actos y mis palabras. Llegué a la conclusión de que yo había sido el culpable. Se fue por mí. No podía creer lo que estaba viviendo.
Los celos. Lali también vivía en la pensión, yo salí un par de veces con ella antes de que llegara Marisel, pero no pasó nada, porque a ella le gustaba un compañero del profesorado, un poeta y no sé si marica. No quiso salir más conmigo. Me dijo que estaba  hablando con él.  Igual, cuando me disponía a volver a la carga, llegó Marisel y la olvidé; entonces la muy perra le contó que la había encarado a ella primero, cómo hacen las mujeres que se cuentan todo a la media hora  de conocerse.  Y siempre  se tuvieron celos.  Se fue. No llegó carta para mí, no Andrés, nada. No  me dijo que se iba a ir. No gritó, no lloró, no me tiró los libros por la cabeza. No nos despedimos nunca. El sexo  fue su modo de despedirse,  de terminar lo que yo pensaba que era amor.


Dejó la hoja sobre la mesa junto a la máquina de escribir,  la computadora  permanecía apagada. Se levantó, caminó descalza por la habitación, miró por la ventana del tercer piso. Llovía. Hacía varios días que no paraba de llover en la costa y la lluvia le traía recuerdos. Escribía cartas que no enviaba, fumaba sin parar. Le dio una pitada al cigarrillo, sacó la hoja de un tirón, la abolló y, mientras soltaba el humo, la tiró lejos, lo más lejos que pudo contra los vidrios mojados.


        







sábado, 25 de octubre de 2014

Las Amadas

“El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro”. Hombre de la esquina rosada, Jorge Luis Borges. Historia Universal de la Infamia
                                                                                                                      


No es casual que no se hayan casado, ni tengan hijos.  Ocultan la edad que tienen, son altas y  delgadas, llevan las camisas abiertas y las faldas largas sobre tacones, eternamente chic, aunque el cabello fino  y la larga trenza, las caderas un poco anchas y los labios pintados de  rojo intenso delatan la edad de las Amadas.  Desde que me fui, no he sabido nada de ellas. Las volví a ver esta mañana al salir de la sucursal del Banco Provincia y recordé la historia. Quién no las conoce en el pueblo, quiénes no han pasado por sus camas; quizá alguno que otro haya mentido,  mintieron, casi  seguro,  para no ser menos que los amigos.
La historia del hecho sangriento, la tragedia que signó sus vidas todavía se repite, aunque con menos fuerza que antes. Sabemos que la proximidad temporal de lo ocurrido hace que el relato se  multiplique; en el pueblo, cuando pasa algo extraordinario, es decir,  cuando se rompe la aparente armonía instalada por las buenas costumbres, el suceso  se reproduce de manera infinita, cada uno lo cuenta una y cien veces de  distinto modo, agregando o quitando partes, es una infamia colectiva;  se construyen hipótesis, se mata y se resucita, a nadie le importa la verdad; así funciona el chisme, como la literatura; no es la veracidad de los hechos,  al fin y al cabo, lo que importa, sino el modo de narrarlos, el mantenerlos vivos  en la memoria de los otros; repiten  hasta que se aburren o aparece otro episodio para contar. Peleas, muertes, robos o estafas, aunque sean  mínimas historias de vida, son relatados una y otra vez,  transformados en verdaderas tragedias  y los protagonistas pasan a ser héroes o villanos de la noche a la mañana. Así es la vida  en los pueblos de provincia, donde casi nunca pasa nada extraordinario, salvo excepciones, como el hecho  que recuerdo ahora, después de  ver a las Amadas.
La historia  que ha sido narrada infinitas veces  es la siguiente:
Cuentan los que saben que Merceditas Araujo, la mayor de las Amadas,  tenía un amorío con alguien, un hombre casado, un hombre  importante como el jefe de la estación,  tal vez un viajante de medias  o el presidente del Club Belgrano. Las otras dos, porque no les dije que son tres, Mercedes Araujo,  Beatriz Araujo y Emma Araujo, todas hijas de la misma madre y a lo mejor del mismo padre, se parecían físicamente.  Vivían en la casa con la madre, en las afueras, como yendo para el campo unas dos cuadras. La de doña Antonita Jiménez de Araujo  era una casona grande, había sido una quinta elegante en los  primeros años del Siglo XX, sólida como las construcciones  italianas; se accedía a la  galería por una escalera de mármol, con pisos en damero, el lugar más fresco y  agradable de la casa, con  ventanas enrejadas donde trepaban  rosales y jazmines.  Esa construcción la había heredado su finado esposo de la familia de su primera mujer. Después de los funerales, Antonita se acercó para ofrecer ayuda en los quehaceres domésticos por unos pocos pesos, como pueda, don, en casa la estamos pasando mal galgueamos de lo lindo pero si uste me conchaba le aseguro que no le voy a fallar. El viudo y  Antonita  vivieron  juntos en la casa a los seis meses del entierro de la finada,   duelo breve si los hay.  Pero el marido se fue pronto también, después de que Antonita pariera las tres hembras y, muerto accidentalmente o por mala enfermedad, bien no sé, también  dejó  la propiedad como herencia.
La señora Araujo, la madre de las Amadas, rezaba sus oraciones al alba, iba todas las tardes a misa y no tenía mucho contacto con  las vecinas, salvo con don Roque, el jardinero y su esposa, la Nené. Silenciosa y con cara de pocos amigos, nadie se atrevía a preguntar sobre las niñas, mucho menos después de lo ocurrido aquella noche, durante la fiesta  de aniversario del Club Atlético Belgrano. Merceditas era muy elegante, llamativa, se reía y mostraba la blanca dentadura que nos enamoraba a todos. La dos más chicas, las mellizas, eran más flacuchas, menos provocativas, pero  igual de cariñosas. No se sabe cómo ocurrió, pero en medio de la fiesta, mientras sonaban los pasodobles y rancheras, un mozo bien vestido que había salido del baile con Merceditas, regresó al salón como si lo estuvieran empujando, tambaleándose, entró y se desparramó entre la gente, con la cabeza ladeada y mirando hacia la puerta. Era costumbre que se regara cada tanto la pista de tierra para que no levantaran polvo.  Por eso, la cara,  el cuello de la camisa almidonada y los puños quedaron manchados con  barro; el hombre yacía en  un charco de sangre y orines. Entretenidos  los bailarines, se corrieron un poco para darle lugar, pero  siguieron  bailando, recorriendo el círculo imaginario, seduciendo a sus parejas, pensaron que se trataba de  un borracho, hasta que entró la chica dando gritos, despeinada y con la ropa descompuesta. No estaba ebrio, lo habían acuchillado en el campito donde dejaban los coches estacionados, eso dijo la Merceditas, yo me acuerdo bien de la cara pálida que tenía y el contraste con los labios rojos, nunca  pude olvidarla, parecía un espectro escapado del infierno, la pobre.  
Cuando llegó el  comisario Ramuspi, un gordo amigable y sordo, quiso saber qué había pasado,  nadie pudo explicar,  excepto la muchacha. Dicen que la llevó detenida  y al no tener pruebas, no se llegó a  comprobar que ella había sido la autora del hecho. El comisario la mandó a la casa y cerró la investigación.  El muerto era un forastero, nadie  lo había reclamado,  consultadas las autoridades, lo enterraron en el cementerio bajo el nombre que decían los documentos hallados en su poder: Rosendo Juárez. La madre y las tres  hijas se encargaron durante años de mandar viandas a la comisaría como muestras de agradecimiento. Mucho se habló de lo ocurrido en el baile del Club Atlético Belgrano, si hasta salió en el diario, guardé el recorte porque hablaba de mi pueblo.
Pasaron los años, tal vez dos o tres  y Emma empezó a noviar con un extranjero, dueño de  una licorería que viajaba a la Argentina pero residía en Francia, eso decían en el club. Merceditas estaba más recatada, seguía viendo a escondidas a su amante y Beatriz no tenía candidato, sin embargo, la vida de las tres estaba siempre en boca de todos. Ya no eran tan lindas, ni tan jóvenes. Yo las dejé de ver al poco tiempo de que el francés abandonara  a Emma y doña Antonita lo corriera con una escopeta de caño recortado. Dicen que le gritaba a vos también te vamos  a hacer cagar hijo de puta a mis pobres hijas no las van a joder más. Me fui sin despedirme, por si acaso me pasara lo mismo.
Desde que me jubilé como viajante de indumentaria  femenina  y representante de hilos Cadena, pensé en volver al pueblo. Uno recuerda con nostalgia el pasado y lo vuelve mitológico; hay cosas que nos  quedan grabadas para siempre, aunque distorsionadas;  tal vez sintamos indulgencia por nosotros mismos y dejamos que el pibe ése que vive en nuestro interior crea lo que quiera creer;  silenciamos algunas cosas y engrandecemos otras; nos conformamos por piedad, por ternura o por miedo;  nos consentimos como se consiente a un niño. Recordamos, sin embargo la verdad se opaca por los recuerdos. No sé por qué se me vino a la cabeza todo esto. Será porque la volví a ver y me volví loco, como antes; será porque me saludó con esa sonrisa, con los hoyuelos  que se le forman cuando sonríe, será por el tono cálido de su voz, por el que casi mato o me dejo matar. Porque el cuchillo lo sacó primero  el otro,  cuando la tomé de la cintura  y le dije que se fuera para adentro, vi relucir el acero  y ella se adelantó y no sé cómo hizo, pero  le retorció el brazo y le enterró  la hoja  en el vientre.  Chilló como un chancho el hijo de puta, les juro.
Así no más.  Lo carneó como a un chancho y el tipo me miró, entró a la fiesta tambaleando como borracho, cayó mirando hacia la salida como buscando algo o a alguien; detrás, ella. Yo la veía de espalda, despeinada, agitada, como quien ha sufrido un ataque. Dijeron en aquel tiempo que Borges conoció los hechos y los escribió en un cuento,  aunque los  cambió, porque  ni  los nombres, ni la época son los mismos. Seguía sonando la música, ahora  tocaban tangos y milongas  y meta dar vueltas por la pista, como en una calesita, una pareja detrás de la otra al ritmo de la orquesta típica. El moribundo boqueaba  a un lado, sólo unos pocos mirones lo rodeaban.
Vacilante, con náuseas, me quedé en la puerta para ver  qué pasaba y escapar, si hubiera hecho falta; aunque ella me había dicho algo que no he podido decir a nadie ni olvidar. Sosteniendo firme el cuchillo en la panza del forastero, sin hacer caso de la sangre que caía, me dijo quedáte tranquilo aquí no pasó nada yo sé lo que te digo no seas flojo a mi vieja le pasó ya con el marido y ni la llevaron presa no pasó nada vos no viste ni sabés nada no iba a dejar que te abriera la panza a vos. Sí, el hombre aquél  se fue muriendo con los ojos clavados en mis ojos. Por eso me fui del pueblo. Merceditas conmigo era puro amor y mi mujer  era una santa que nunca se enteró de  nada, pero pensé que era  mejor olvidar; porque las Amadas son  así, capaces de todo por amor y yo, no.






jueves, 25 de septiembre de 2014

Adiós


“y aunque la línea está cortada señalando el fin
yo sólo digo adiós hasta que nos veamos de nuevo.”
 Bob Dylan

No es cierto que te fuiste, estás. Cuando te vi la primera vez, salías del bar de Tito, en la esquina, ibas con dos de tus amigas. No tenías más de dieciocho años, delgada, casi demasiado. El pelo negro, lacio y fino con una cola de caballo. Siempre con tus libros. Con los apuntes o los textos de edición barata  que conseguías en el kiosco de diarios y revistas. Leías literatura. Eso me dio aliento. Podía ver levemente qué leías. Era una colección de Centro Editor de América Latina. No sabía tu nombre. Eras para mí, la piba.
No te fuiste, te llevaron. La segunda vez, te tropezaste justo frente a mi ventana de minusválido que mira el mundo desde una cama o llega hasta donde puede con una silla de ruedas. Vos tenías las piernas largas y te movías como una bailarina, despreocupada. Eras linda. Así te tengo adherida a mis recuerdos.
Hay una  línea frágil entre la realidad y lo engañoso de los recuerdos. No sé cuándo te hablé por última vez, pero sí recuerdo la primera. Volvía del gimnasio, había decidido levantarme de la cama de inválido y fortalecer mis brazos para andar en dos ruedas fuera de mi casa. Casi te me caés encima cuando, al salir del bar, me regalaste una sonrisa y un “perdoná soy una tonta” “¿estás bien?”. Iluminaste mi vida. Como conocía tus horarios, seguimos encontrándonos con una pretendida casualidad, sólo nos saludábamos. Hasta que me decidí y te invité a tomar un café. Desde aquel día, fui construyendo  una realidad ilusoria. Los jueves fueron maravillosos porque te esperaba y nos encontrábamos en el bar,  donde Tito tenía reservada la mesa del rincón, que me permitía estar con la silla sin entorpecer el paso a los clientes. No pensaba en nada más que en tus cabellos negros y en tus ojos. Eras todo en mi vida. Cuando llegaba a mi casa, la fatiga me obligaba a ir a la cama, aunque  en aquel tiempo conocí la felicidad. Me diste alas.
El momento más feliz fue cuando dijiste “vamos a caminar” y me miraste, esperabas mi enojo, te sentiste cruel,  pero yo me reí de la cara de susto que tenías. Y nos fuimos hasta el parque. Me ayudabas a cruzar las calles, sostenías la silla para bajar de las veredas sin rampas, me avisabas de las baldosas rotas y te sorprendías por el deterioro de las veredas, las bajadas abruptas, la estrechez del paso, los timbres y porteros eléctricos demasiado altos. Tenías la risa fácil, te reías porque sí. Cantábamos las canciones de Almendra y me escuchabas divertida desafinando “muchacha ojos de papel”. Pero estallabas indignada cuando  hablábamos de la realidad que yo no alcanzaba a ver como vos, cuando discutíamos con tus amigos acerca del peronismo o de la vida y del trabajo en las villas.
Recuerdo que habían matado  en una manifestación  a un estudiante de medicina en Corrientes. Cuando se manifestaron aquí por aquella represión, los estudiantes también fueron reprimidos por la policía que asesinó a otro estudiante de 22 años. Siguió más violencia y más represión ante las manifestaciones populares de repudio. Era el Rosariazo y nosotros dos estábamos allí, entre las barricadas levantadas con mesas, sillas, cartones, cajones y todo lo que nos arrojaban los vecinos para encender y la policía que arrojaba gases. Nos separamos en la confusión, tuve miedo por vos y también por mí. Me llevaron unos tipos amables,  porque pensaron que yo estaba involuntariamente en medio de la batalla. Me vieron y me llevaron al hospital. Mi padre fue a buscarme a las dos horas. A la piba no  la volví a ver por unos días. Algo había cambiado en ella. Lo supe al verla.  La ocupación militar de la ciudad hizo que todo se fuera transformando. Se espaciaron nuestros encuentros.
Pasamos dos meses sin vernos. Cuando la encontré en la calle, estaba con su novio. Nos contamos en pocos minutos cómo andábamos y qué hacíamos por esos días, como por compromiso. Se me vino el mundo abajo. Todo bien, ella no se iba a fijar en mí. Nunca lo esperé por mi escasa salud, no puedo ser  torpe, me dije siempre. Por eso fui muy cuidadoso para no perderla, para no escucharle decir estás loco si somos amigos si te quiero como a un hermano. No, jamás iba a ponerme en ese lugar. Lisiado, sí, no estúpido. Quise ser el que ella quería, a pesar de que nos separaban tantas cosas. Qué es lo que lo mueve a uno a ser alguien, a ser esta persona y no otra; qué nos anima, cuánto somos  o no somos por la mirada del otro. Ella tenía puesta la mirada en el flaco que la llevaba de la mano. Antes, nosotros hablábamos de Borges y de Cortázar, polémicas tipo River - Boca, no poníamos en tela de juicio el talento, éramos respetuosos de los maestros, pero sus  miradas políticas tan opuestas abrían debates interminables a los que se nos sumaban sus amigos de filosofía y letras. El tema de la realidad y lo fantástico nos acercaba, era un punto a mi favor. Cuánto hay de irreal en lo que creemos real, aún hoy me pregunto. Ella, me digo, como lo fantástico  iluminaba por un instante lo que existía dentro y fuera de mí, creó con su presencia una incertidumbre acerca de la realidad. Pude percibir lo ilusorio de la realidad. Lo ilusorio también de mi amor por ella.
En los años siguientes, sólo nos encontramos casualmente un par de veces. La extraño. Extraño a esa amiga del bar, su compañía, transitar las veredas, que por su alegría eran más leves.
Una tarde regresó. Esa tarde, casi a las 7, ya estaba oscureciendo, me acuerdo porque en otoño comienzan a acortarse los días y el barrio se detiene más temprano; había poca luz en la calle, el bar de Tito tenía  pocos clientes, desde la cama podía ver todo el lugar. Llegó desabrigada, sin campera, con un diario y un paquete, sola. Se encontró con alguien,  le entregó el diario enrollado, hablaron fuera del bar, discutían creo, el tipo la tomó del brazo por la fuerza,  pero la soltó  y se fue caminando con  apuro. Ella miró hacia mi casa, levantó la mano por las dudas, me había dicho, cada vez que pase voy a saludar por si estás allí como un rey entre almohadones y sedas y me ves a mí, tu única súbdita que te adora. Entonces, discutíamos si correspondía súbdita o súbdito, gerente o gerenta, nos reíamos mucho porque llegábamos a lo absurdo del lenguaje por caminos insospechados.  Saludó sin saber que estaba mirándola y se perdió al doblar la esquina. No volvimos a hablar. No volví a verte.
Aquella noche murieron no se sabe cuántos en un enfrentamiento y cuántos fusilados. Todos muy jóvenes. La policía hizo allanamientos y detenciones. Llegaron hasta mi casa, la buscaban a la piba, Nora Donelli. Mis padres negaron conocerla, que yo tuviera algo  que ver con ella, afirmaban que hacía seis meses que no salía de mi habitación. Mi hijo es un lisiado, no un subversivo, por favor. Se fueron, creo que convencidos. Muchos estudiantes fueron detenidos en esos procedimientos policiales y militares. La línea señalaba el final, piba.
No supe nada de Nora Donelli hasta que Tito me lo dijo. Había superado una afección respiratoria y estaba aprovechando los días buenos para salir con mi silla. El bar siempre está más tranquilo después de la hora almuerzo. Tito me lo dijo, ¿vos sabés lo de la piba, no? Se los chuparon a todos, se los llevaron,  soltaron a dos o tres de los que venían al bar, pero a los demás, no.  De ella, nada, ni rastros. Levantaste la mano derecha con una sonrisa, te acomodaste el cabello detrás de la oreja y te fuiste para siempre. Sin embargo, yo sólo te dije hasta pronto, piba.
                                




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