domingo, 27 de abril de 2014

El verbo


El verbo no es cualquier cosa,
Domina el universo,
Es la creación misma,
Voluntad creadora,
Motor,            
Fuerza  viviente,
Expulsa y multiplica 
Acción.
Sin embargo,
Esta vida que tengo conjuga mal los tiempos.
Los presentes duelen siempre más
Que los pasados perfectos y perfectibles.
Inacabados  pretéritos imperfectos
Aún siguen tratando de perfeccionar a destiempo.
Malogrados futuros
Se conjugaron con anticipación,
Por eso,
Añoro lo que no fue, como la mayoría.
Sobrevendrá algún día incierto
(O no tanto)
Lo insospechado del verbo
Para corregir los equívocos
Temporales.



No te asustes

No te asustes
Vivo enredada en invisibles
Madejas que tiran y retuercen
Las horas y los días.
Que no se nota, dices,
Ves sólo
Las máscaras.
La soledad y el frío apuran
Las copas
Que están vacías o rotas,
El vino se derramó
Y quemó las entrañas.
El corazón, a salvo,
Gime aún,               
Sigue latiendo
Por  inexplicables
Razones que no puedo descifrar.
.







sábado, 26 de abril de 2014

Hoy me morí otra vez

Hoy me morí otra vez.
Muero yo,
Muero  ser,
Muere la risa.
Descolgadas margaritas se deshojan
Una a una,
Caen,          
Las pisan.
Vuelvo a buscar la sombra,
Huyo del sol porque no se puede
Estar muerto al sol.
La oscuridad es eterna en la muerte.
Me muero todos los días,
Morí tantas veces
Ya
Que la muerte no quiere ni verme
Y muero
Por eso.
Muere
La muerte de antojadiza.
Cuando me muera, al fin,
Quién me va a creer
Si ya morí antes,
 Muerta de muertes naturales,
Asesinada de desamor,
Golpeada por otros muertos de miedo.
Cuando llegue la muerte,
No me avisen
Que me sorprenda muriendo.
Ahora
Me tiene cansada de tanto morir
Con insistencia.

viernes, 25 de abril de 2014

Cállense todos


Cállense  todos
Que es hora de escuchar
El llanto de la tierra.
No debimos alejarnos tanto de la vida
(Como si no fuéramos  animales,
Iguales a los otros).
Por ser los elegidos
¿Nos autorizaron a matar acaso?.
No es nada nuevo.
La temible semilla se expande
Desde el comienzo de los tiempos.
Cállense todos para escuchar el grito,
Están matando la vida,
La tierra llora y llora de modo irremediable,
Y  no puede parar.
Hay que oírla:                                                 
Desangran las llanuras en semillas estériles,
Ríos  oscuros transitan
Infectados de asquerosas sustancias.
Crecen las olas en tsunamis de ira,
Contracciones gigantes expulsan lo podrido
Desde la matriz, arrasan y destruyen.
No es el fin,
Es un grito.
Tiene que detenerse el hombre.

miércoles, 23 de abril de 2014

Relincho


 Nos despertamos asustadas por los gritos de doña Genoveva que estaba en la puerta de casa y lloraba. Tanto llanto y desesperación era extraño en una mujer silenciosa y mesurada. No comprendíamos qué ocurría aquella mañana.  Las personas mayores sabían que él la maltrataba, era gritón, tenía mal carácter, decía ella en voz baja, por si la escuchaba, pero a los más chicos no nos contaban nada. Para qué envenenarnos el alma con dolores ajenos. El barrio era tranquilo, los ancianos aún hablaban idiomas alegres, musicales, cantaban en italiano, conversaban en catalán, discutían en gallego. Nosotros sólo usábamos el español y nos creíamos privilegiados por conocer y dominar la lengua del país.
  El olor a pan recién horneado, las veredas con el pasto húmedo, las calles de tierra que, si llovía, se volvían intransitables, el perfume suave de las rosas, los jazmines y las madreselvas en el camino hacia la escuela son recuerdos de la infancia. Si hacía calor, muy temprano doña Genoveva abría la ventana de su dormitorio y veíamos  el dorado de la cama de bronce, el mármol rosado de las mesas de luz, el alabastro de la araña que tenía unos pocos caireles de vidrio y parecía un caleidoscopio que giraba lento al ritmo de la brisa. Las ventanas pintadas de color verde claro entreabiertas y las cortinas de hilo tejidas al crochet creaban sombras y reflejos en la habitación de techos altos y ladrillos rústicos. Yo soñaba con tener un cuarto así. Cuando atravesábamos el campito donde cultivaban habas, arvejas, papas o zapallos, según la estación y las necesidades, sabíamos con los ojos cerrados y el corazón expectante que el caballo viejo de don Tomás relincharía a nuestro paso. Siempre lo mismo. El pan, los yuyos, las rosas y el relincho del caballo que nos miraba detrás del alambrado.
  Mi hermana y yo íbamos juntas todas las mañanas a la escuela, cuando me quedaba dormida, corría detrás de ella que siempre fue más puntual y madrugadora. En la esquina nos encontrábamos con otras compañeras para ir al colegio de monjas, estricto y disciplinado, como todos en aquella época. Algunas salían más tarde, porque las llevaban en auto, pero a nosotras, no. El regreso era animado, planeábamos las salidas a la hora de la siesta o los deberes y trabajos escolares con otras de nuestra clase.
  Había llovido, recuerdo, durante un mes seguido. Interminable la lluvia apagaba los sentidos, adormecía, estrangulaba la ilusión de jugar o de salir a tomar un poco de sol. Nada que hacer, el agua era de nunca acabar. Los olores habían cambiado, se veía el humo del horno de la panadería, pero no alcanzaban a oler tan bien las levaduras. Era otoño, pisábamos agua barrosa, caminábamos entre las huellas hechas por los vehículos, esquivábamos los charcos, las ahogadas enredaderas se fijaban a los muros para que el agua no las arrancara de un tirón, los cercos de tuyas se doblaban pesados con la carga de agua. El carro del lechero seguía pasando aún debajo de la lluvia o de la llovizna,  una gran capa negra  cubría  al hombre alto y fornido de cara rosada que sonreía afable, acomodaba y tapaba los tarros de leche espumosa con  gran cuidado, con amor de madre podría decir. Otros aromas nos llevaban y traían por las calles en esos días, el olor a barro, a pasto mojado, a caldos y a guisos a la hora del mediodía.
  La ventana de la casa de doña Genoveva estuvo cerrada unos días por la lluvia o por el dolor de la mujer. La humedad y la lluvia cierran y encogen las casas y hasta que no sale el sol no se abren puertas ni ventanas,  porque hacerlo con la sensación de frío  penetrante que imprimen  no deshumedece.
  La casa había permanecido cerrada durante el mes de la lluvia. Después vimos que abrieron los postigos de madera, se habían corrido las cortinas y alguien estaba en la hermosa cama de mis sueños. Era ella, Genoveva, parecía la abuela de los cuentos con el cabello blanco, un rodete caído en la nuca y la sonrisa dulce. Lo que no tenía nada de idílico era la vida que soportaba. Como muchas mujeres de la época, sufría con resignación los gritos, el malhumor y la violencia del marido. Hasta  la mañana  en que apareció llorando, nunca habíamos pensado que la golpeaba, “le levanta la mano” escuché y supe que ese rostro angelical ocultaba una pena infinita. Algunas tardes la vimos sentada en el patio tomando sol, dándole de comer a las gallinas o cortando lechugas en el terreno donde hacían la huerta. No se la veía bien, caminaba con dificultad, no sonreía. Estaba triste o enferma.
  Al  final del invierno,  personas ajenas a la casa iban y venían. El médico, los hijos, las nueras, todos llegaban silenciosos, algunos se quedaban un momento hablando en la vereda y entraban, poco después se marchaban.  El invierno había sido duro, la ventana permaneció con los postigos entreabiertos hasta la primavera. Ella estuvo en cama. Mientras, el viejo Tomás se pasaba el día entero hasta las últimas horas de luz en la quinta. Casi no iba a la casa. Trabajaba con obsesión, más que un trabajo parecía un castigo lo suyo; pasaba frío, calor, no levantaba la cabeza de los surcos, silencioso empuñaba el arado tirado por el caballo, le daba latigazos para que marchara,  le ordenaba con voces breves y firmes, o hundía la pala en la tierra con todas las fuerzas que le quedaban, aunque no era viejo, a mí me lo parecía. El único que lo acompañaba era el caballo. No hablaba con nadie, apenas si saludaba  a los vecinos, sobre todo después de que la mujer corriera a mi casa para ser auxiliada. Ella  contó que la quería matar, que la había amenazado. Estábamos aterrorizadas.
  Esa mañana, como siempre, salimos para la escuela con mi hermana, atravesamos el campito y no oímos el relincho habitual, al llegar al poste donde  ataban el caballo, tampoco lo vimos. Había poca luz. Entonces, al llegar a  la esquina nos dimos cuenta  de lo que sucedía, estaba parado con la cabeza erguida como esperándonos y relinchaba airoso. Alguien lo había soltado y, con la tranquera abierta, caminó hasta la vereda, vacilaba, inseguro cruzó la calle y, aunque no se atrevía a trotar, tomó coraje y se perdió detrás de los hornos de ladrillo.
  Doña Genoveva se fue en primavera, volvieron a abrir la casa para el velorio, fueron los parientes y algunos conocidos a despedirla; de mi familia, nadie. Los dos partieron el mismo día. El caballo eligió ser libre; nadie lo supo excepto nosotras dos, porque pasó trotando aquella mañana por las calles del pueblo y desapareció entre los lotes sembrados y los hornos.



jueves, 17 de abril de 2014

RETIRO VOLUNTARIO Hace un tiempo creía que ya no tenía sentido recordar la situación que describo. En la Argentina no dejamos de sorprendernos.

Después de los ’90, Argentina.

Algunas veces hay que escuchar y acompañar. En un bar, dos mujeres, dos tazas de café, cigarrillos y un monólogo:




"Pobre Juan, hace tres años y veinte días que perdió el trabajo. Primero creyó que lo tomarían de nuevo. Ya se sabe, te llaman para ocupar otro puesto y no tener que pagar todo lo que te corresponde, te pagan menos por la antigüedad, te borran la antigüedad, claro, te contratan por dos o tres meses y no te aportan nada… en negro estás si te gusta, si no, otro  toma el laburo…
Se quedó sin trabajo por no ser el alcahuete del gerente, dice, pero hoy estaríamos mejor. En realidad, si hubiera hecho los cursos del banco y me hubiera hecho caso…
Ahora, Juan ya no es el mismo y yo tampoco. La casa no es la misma, las paredes están sucias, habría que pintar, hay humedad por las filtraciones, las cortinas son viejas, lo que se rompe no se repone. Vivimos con lo justo. Eso sí, él sale todos los días, recorre dos o tres bares del centro, lee los diarios buscando trabajo y a la noche me cuenta las noticias más importantes, lo peor es que yo hago un esfuerzo grande para prestarle atención, pero el cansancio me gana y antes del segundo comentario, estoy dormida.
Cuando alguien le pregunta por el trabajo, dice siempre lo mismo: “Ese hijo de puta de Salcedo me jodió”; yo ya no lo escucho, porque la historia de Salcedo, al que sí ascendieron por “chupamedias”, dice mi marido y se le hincha la vena, “Por soplón” él, Salcedo, Alfredito, antes lo llamábamos Alfredito, se quedó con el puesto que le correspondía a mi marido.  “Subgerente de la Sucursal del centro”. Salcedo había hecho un trabajo fino y este boludo de Juan picó.
“No te podés perder la guita del retiro voluntario”… “yo ni loco me quedo,  acá nos están chupando la sangre”… “Se nos va la vida en estos papeles, Juancito”. “Acá  te vuelven loco y después te echan con dos pesos, ya pasó en otros bancos”. Y Juan, mi marido, el pelotudo éste, renunció. Aceptó la plata del retiro voluntario.
 Le pagaron en seis cuotas, seis meses mientras se cerraban fábricas, mientras crecía la desocupación y la gente iba al laburo por monedas. Las cuotas, la inflación creciente,  la huida del presidente De la Rúa de Casa de Gobierno a finales de 2001, los cinco presidentes que siguieron después, la salida de la convertibilidad (un peso/ un dólar), todo eso hizo que se esfumaran los únicos pesos que teníamos para poner un negocio. Nos comimos todo sin darnos cuenta. Ah, me olvidaba, parte del dinero se lo dio a González, el dueño de la remisería,  para invertirla y ser socios, así saldríamos adelante. El tipo, un vecino de toda la vida, cerró el  negocio, se fue a vivir a Necochea  y no lo volvimos a ver; qué querés que te diga nos robó más el banco que González.
Ahora trabajo en dos escuelas, atiendo alumnos particulares, cocino los fines de semana para cumpleaños o fiestas en el barrio y espero que Juan se reponga de la depresión, que consiga trabajo, algo que le guste, que traiga un peso a casa, que se ocupe un poco de los chicos, porque está siempre ausente o triste. Los chicos lo necesitan y yo también".




martes, 15 de abril de 2014

Irrespirable

La contaminación en las aulas

Ocurre en muchas escuelas rurales, ubicadas cerca de campos donde hay plantaciones de soja. En algunas provincias hay legislación que pone límites, pero muchas veces no se cumplen. Reclaman mayores controles
 “Paren de fumigar escuelas”, es la campaña en la que intervienen asambleas socioambientales, gremios docentes y padres de alumnos. Dan cuenta de miles de escuelas rurales rodeadas por cultivos transgénicos, donde llueven agroquímicos sobre niños y maestros. En Córdoba denuncian que al menos 400 escuelas padecen fumigaciones y, en Entre Ríos, un relevamiento sobre tres departamentos reveló que el 70 por ciento de las escuelas rurales fue fumigada. El único informe oficial del país sobre escuelas y agroquímicos se realizó en Coronel Suárez, provincia de Buenos Aires: 41 establecimientos educativos fueron fumigados. Solicitaron la intervención de autoridades provinciales y nacionales, pero aún no obtuvieron respuesta."  Por Darío Aranda


 http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-244133-2014-04-15.htmlIrrespirable.
Irrespirable

Irrespirable.
Peces con cuatro ojos,
Treinta y dos mil genes compartimos
Con otros seres indefensos,
Cucarachas, sapos, plantas y humanos
Comparten también el exterminio.
Están fumigando.           
Están multiplicando
Cáncer  cáncer cáncer,
(Chernobyl aquí
Y allí, Hiroshima.)
Cáncer,
Más y más venenos
Para hacer dinero.
Bombas invisibles en cada lote verde
Dólar dólar dólar
Hongos exterminadores,
Cámaras de gas a cielo abierto.
(Money dólares dólares dólares).
Entre montañas de huesos,
Se pasean los sepultureros,
Cuentan monedas y patean calaveras.
Los humanos se mueren por zarpazos químicos
Que matan al respirar,
Al beber el agua,
Al caminar debajo de los aviones
En las siestas  bucólicas.
Si los tumores multiplican la muerte,
Es sólo
Por   dinero.