viernes, 8 de septiembre de 2017

Capítulos 24 y 25 Los diarios del alquimista

Veinticuatro

I
Las cartas de Obdulio




Villa Oro Sacro, domingo 2 de Octubre de 1960

Sra. Mariagrazia:
He decidido escribir esta misiva para saludarla, después de que su hija visitara mi casa, en la villa. Señora, me ha sorprendido gratamente ver a esa criatura tan graciosa, llena de vida y alegría. Me ha parecido un buen hombre su yerno, conversamos durante dos horas y él estuvo acompañándola y cuidando con amor a su querida mujercita. Es casi una niña y será madre.
Señora, permíteme que deje de tratarla así, es extraño después de la confianza que hemos tenido mantener distancia, como si fuéramos desconocidos. Aunque es cierto, ha pasado el tiempo y debo ser caballero. Te decía, me permito el tuteo, debo confesarte que la presencia de la muchacha me trajo tantos recuerdos, se parece mucho a vos, sobre todo porque tiene una clara intención de llevarse el mundo por delante, pero no es soberbia y tiene voluntad, ya que me ha confesado que, a pesar de las dificultades para educar a cuatro niños, será pintora. Claro, tiene a quién salir, ¿verdad?
La niña me ha recomendado que no te llame Lila, pero no puedo llamarte por tu nombre de pila. Para mí, sigues siendo Lila. Espero que no te moleste que te envíe esta carta, han pasado muchos años. Mi vida sigue igual en todo, claro que te he echado de menos, fuiste el ángel que orientó mi camino, mi trabajo. No perdí nunca la voluntad de buscarte y de volver a verte. Te busqué, Lila, por toda la provinca. Recorrí la capital calle por calle, creyendo que estabas allí, como habías dicho; después viajé por los lugares posibles, fui a todas las direcciones que me dieron, llamé por teléfono y visité a todos los perfumistas de Córdoba, de San Luis y hasta del Norte. Como no te encontré, seguí aquí con mis recuerdos y el agujero en el pecho. El día que vino tu hija, el ángel perdido volvió a tener rostro.
Mi vida ha sido más o menos feliz, cristalizada en una noche y en mil días, sabes bien que te he amado como un loco y, aún cuando no has estado conmigo tal como lo planeamos, has sido lo más importante para mí. No quiero ser inoportuno al aparecer ahora en tu vida, no le he preguntado nada a ella, sólo dijo que has enviudado. Lo siento, de verdad. ¿Estará abierta la puerta de tu corazón esta vez para un viejo amor?
Espero que respondas a ésta, con ansiedad leeré tus palabras. Con todo respeto, de tu querido amigo.
Obdulio Quesada



Villa Oro Sacro, jueves 27 de Octubre de 1960

Mariagrazia:
Te envío esta carta saludándote con inmensa alegría y dicha por haberte encontrado, al fin. Espero que vos y tu familia gocen de buena salud y ánimo. No sé si te habrá llegado la misiva anterior, tal vez no, porque en vano he esperado tu respuesta.
Como suele andar mal el correo, te escribo nuevamente para informarte que ha venido a visitarme tu hija, bella muchacha. Se parece bastante a vos, hasta he creído verte otra vez caminando por mi jardín, como hace veinte años.
Te recuerdo Lila, no he podido olvidarte. Tu hija me ha roto el corazón también, pero de alegría, es tan bonita y graciosa. Las cosas de la vida, ella es madre y tú, abuela, tan jóvenes, ella es apenas una niña que criará a cuatro chicos.
Lila, ella me ha pedido que te llame Mariagrazia, como todo el mundo, pero no puedo, para mí nada ha cambiado. Un abrazo, espero tu respuesta. En otra carta te contaré más cosas y me contarás lo que has vivido.
Un amigo que te quiere siempre.
Obdulio




Oro Sacro, domingo 27 de noviembre de 1960

Lila:
Voy a dejarme de preámbulos y de saludos de cortesía, espero que estés bien. No creo que no hayas recibido mis cartas; entonces debo interpretar que no querés responderlas. Está bien, vos lo decidís, como antes decidiste hacer tu vida sin que te importara nada de mí.
Cuando te fuiste, no dijiste que me abandonarías, claro, nadie dice eso, sin embargo no tenías derecho a mentir, a engañarme como lo hiciste. Qué manera es ésa de jugar con los sentimientos de alguien que te amaba con total honestidad. Cómo has sido tan cruel. Supe que al poco tiempo de dejarme te casaste con un hombre rico, bien por vos, y a mí que me parta un rayo.
Eso no se hace, no se hace, dejar a alguien con semejante gesto de cobardía, qué te costaba afrontar los hechos, qué te costaba decir no te quiero más, sos un muerto de hambre, no te quiero, te dejo por alguien mejor, te dejo porque me gusta tener otra clase de vida. Fuiste un pasatiempo, te dejo por estúpido.
Sí, fui un idiota, te creí, creí todo cuanto decías sobre nuestro fututo, el trabajo y los hijos, de la vida en la villa tranquila, sin lujos, hasta creí que podíamos hallar oro. Oro, qué infeliz he sido; fuiste a buscar oro pero no en la alquimia, sino en las arcas de un millonario. Oro, no querías el prodigio del descubrimiento, el sabor del trabajo duro y el pan en la mesa, sino la fortuna de un extranjero. Mujer ambiciosa, creída, superficial. Sé por los chismosos que es el tipo del Ford negro que una noche casi me mata, debe ser cierto. Alguien más estaba en tu vida y yo no lo supe antes.
No te molestes en contestar esta carta, no querré saber nada de vos. Pasé los últimos veinte años buscándote. Y cuando no caminaba buscándote, te estaba esperando en casa. Ya no me importa nada. Mejor digo adiós. Me has ofendido, ahora sí.
Obdulio






Oro Sacro, domingo 18 de diciembre de 1960

Lila:
Ante todo deseo que vos y toda tu familia tengan la mejor Navidad y un próspero Año Nuevo, en estas fechas uno debe poner las cosas en orden y sobre todo debemos perdonar. Te pido disculpas, he sido grosero y vulgar en mi última carta, seguramente tendrás tus motivos para no escribirme.
Sabés, fui a verte el sábado pasado para saludarte por las fiestas, aproveché que iba para la capital don Cosme. ¿Te acordás de él? Es mi vecino, el que tenía un carro, con el tiempo, dejó el carro, alquiló el caballo y los burros para que saquen fotos los turistas y compró una chata vieja, hasta hoy es la misma, pero anda bastante bien. Te decía que fui con él, que tenía que hacer una diligencia, y me llegué hasta tu botica, o farmacia, como le dicen. Para mí el boticario tenía otro color, era un maestro, un alquimista, pero bueno, los tiempos cambian todas las cosas, incluso a vos, que sos doctora.
Entré a la botica esperando verte, me atendió un mozo de unos veinte años, como no estabas por ningún lado, me atreví a preguntarle. Me dijo que habías salido. Entonces compré una tableta de geniol, que siempre es bueno tener en el botiquín, y me fui. Me quedé sentado dos horas en el bar que está junto a tu casa y no llegaste. Después caminé por la cuadra unos minutos, debieron ser muchos, porque se acercó un policía y me preguntó qué buscaba por el barrio. Le dije que estaba haciendo tiempo hasta tomar el tren, me dijo: Circule, circule. Y me fui.
Después volví con don Cosme a la villa y llegamos cuando anochecía. Una pena no haberte visto, podríamos haber hablado como antes. Te debo una disculpa, no, mil disculpas por la otra carta. Me pone neurasténico, esta incertidumbre. Qué es lo que pasa, Lila, por qué este silencio, ahora que podemos encontrarnos e intentar ser felices.
Bueno, cuando te decidas, me escribís y listo. Yo te voy a esperar un poco más, pero no sé hasta cuándo. No, es broma. Me imagino que hablar conmigo, explicar lo que sucedió no debe ser fácil, si lo fuera, ya lo hubieras hecho. Una cosa me tiene mal, tu hija dice que busca al padre, cómo es ese asunto, de qué habla la muchacha. No es que debas darme explicaciones, no, a ella se las debés dar. Me parece lo más justo. En qué lío estás metida, Lila. Y si son chismes, con más razón, siempre hay una lengua larga que arruina la vida de los demás.
Y a mí qué me importa dirás, sí me importa, porque esa chica, tu hija, me cautivó con su simpatía, es bonita e inteligente y, por lo que vi, tiene a su lado un hombre que la ama.
Lila, ya no te pediré que me escribas, al menos pienso que me lees, y eso hoy es suficiente para mí. Un abrazo de quien no te olvida.
Obdulio




Veinticinco

Ella leía


Cada vez que llegaba una carta de la villa, la doctora corría a encerrarse en su dormitorio y allí, como una adolescente, leía las cartas que guardaba con todo su amor en un sobre que había usado en la Embajada de Francia hacía veinte años, justo cuando dejaba a Obdulio para casarse con Hugues. Leía cada carta pero no las contestaba. No quería ilusionarlo otra vez. Sin embargo, percibía que había algo mágico en toda la situación, todavía se amaban. De otro modo, pero era amor. Se preguntaba cómo hacer para expresar lo que pasaba por su cabeza, qué decirle a ese hombre, cómo enfrentar la situación con su hija y sobre todo con sus padres. Hasta que no resolviera esos interrogantes, pensaba que era mejor no contestarle.
Obdulio siguó escribiendo una carta por mes, a veces, dos. Eran largas conversaciones, daba por hecho las respuestas, como cuando uno se habla en el espejo. Había encontrado una nueva faceta de su amor. Al tiempo de búsqueda y espera, le sucedió este otro, hecho de palabras y silencios. ¿Acaso no son las palabras las que organizan el mundo?, decía Obdulio. ¿No son las palabras los símbolos que usamos para dar sentido a las cosas del mundo, para explicarlo, qué haría el hombre sin la palabra? Entonces, escribía, había renovado la conexión con el ser ausente, más presente cada día en su imaginación, tanto que cuando no escribía, hablaba con ella. La comunicación triunfaba sobre la indiferencia y el olvido. O quizás, sobre la muerte.
Así, la mente infatigable de Obdulio se ocupaba en retenerla. La escritura era una estrategia de supervivencia, él lo sabía bien, no era locura y en todo caso, si estaba loco era como siempre había sido, por ella.




martes, 5 de septiembre de 2017

Capítulos 22 y 23. Como vengo atrasada con la publicación, hoy dos capítulos. Novela Los diarios del alquimista

Veintidós

NARANJAS LIGERAMENTE DULCES


Muerta la ilusión de volver a amar a Obdulio, en adelante vivió como si no lo hubiera conocido, pero guardaba recuerdos dulces de ese amor. A pesar de todo lo vivido, Mariagrazia era al amor, como esos devotos creyentes a quienes dios les ha quitado todo, pero no pierden la fe.
Había cambiado de nombres, de paisajes, ya andaba por los cuarenta años y aún creía en el amor, aunque la ilusión de tenerlo había desaparecido. Pensaba en él como en la felicidad: Existe, pero nadie es feliz.
Así, el amor era una abstracción y una suerte o un milagro encontrarlo.
Cuando nació, en 1920, la llamaron Mariagrazia, como la nonna, hasta la adolescencia vivió en Colonia Caroya con sus padres y después en un internado de monjas en la capital. En esa época, recibió menos ternura que mandatos.
Después, se mudó a la casa de sus abuelos, quienes habían preferido darle un nombre perfumado, Lila. En las sierras amó y la amaron, aprendió con su abuelo el valor del trabajo y la investigación. La felicidad la encontró en las escapadas al río, en las salidas al campo para buscar peperina y menta, en las tardes de pesca, en las horas en el laboratorio, con Obdulio.
A los veinte, Hugues la llamó Marì de Baux, lo aceptó como si cambiar de nombre no significara nada. Marì fue cuidada y amada por él, ella sintió afecto y agradecimiento, no pudo amarlo hasta que lo perdió por una guerra que no terminó de comprender. Algo ajeno a ella y a su mundo le arrebató al hombre que la amaba y se sintió nuevamente despojada.
Tras la muerte de Hugues, crió a su hija Marianne, siguió estudiando, trabajó en una droguería, fue dependiente del boticario hasta que se tituló. Mariagrazia seguía considerando inmoral que las mujeres se casaran sin amor, sólo para salir de la casa paterna o depender de un hombre por comodidad, por eso no se había vuelto a casar.
Ahora, le parecía una locura lo de Marianne. Pensaba que la hija había abandonado su casa como la abuela. Sí, igual a vos, una loca de remate que se va con el primero que se le cruza, igualita a vos. Está loca loca, le gritaba a su madre, que hacía silencio.
-Es un capricho. Mirá si la deja con el hijo, o peor, con tres hijos, cuatro, en pocos meses tendrá cuatro chicos que criar, le decía a Gardenia, y la vieja prefería callarse.
Estaba a un paso de darle la razón a su hija. El amor le pertenece al que ama y lo entrega al otro, si puede y si el universo no confabula en contra. ¿Y si lo de Marianne era genuino? La situación le recordaba su casamiento con Hugues y la separación de Obdulio; y la pena la ahogaba. No pude decir que no, desobedecer a mi padre, ser leal a mis sentimientos, pensaba después de tantos años. En las cosas del amor, contaba con su pobre experiencia y la de su madre, ejemplo del fracaso.
Veía que Gardenia con el correr del tiempo había perdido la palabra, el poder de decisión, la voluntad de ser. Se preguntaba si actuaba así por amor o temor, a veces opinaba que lo hacía por interés, porque Antonio era rico. Otras, la juzgaba como una floja, incapaz de hacer algo por ella misma, lo que se dice una persona cobarde, un cobarde moral.
Luego, pensaba en la severidad de la educación que había recibido a principios de siglo, el primer amor había sido un italiano ignorante y ambicioso que la convenció para que ocultara la relación y luego escapar juntos.
Y al final, pobre mamá, decía.


Veintitrés

NARANJAS AMARGAS


Gardenia, en cambio, no tenía el amor entre sus prioridades.
Después de casarse en la capilla, Antonio y ella fueron a la casa de los Delapietra en Colonia Caroya. Dejó su bolso en el dormitorio, recorrieron las habitaciones de la vivienda familiar y Antonio le mostró con orgullo el galpón donde se carneaba y hacían los embutidos. Él se sentía poderoso caminando entre cadáveres de animales, sangre y grasa.
Luego se hicieron las presentaciones, los nuevos parientes la saludaron con abrazos y besos, desearon suerte a los novios, brindaron con sidra y le pusieron a Gardenia un delantal. Era la hora sagrada del almuerzo y ella tuvo que cocinar para todos los que estaban trabajando en la casa y en el galpón, unas quince personas.
No hubo luna de miel. Así siguieron los días y las noches de Gardenia, trabajó en la cocina, hizo chorizos y bondiolas, o separó la grasa que después enviaban a los comercios de ramos generales o a unos pocos perfumistas como don Casimiro Aguirre.
Cuando nació la hija, Antonio dijo: Mariagrazia, como mi nonna. A las pocas horas de parir, Gardenia ya estaba cocinando otra vez para la familia. Antonio quería comer pichones de paloma con polenta. Ella no sólo hizo la polenta con salsa, también los había pelado. Nunca olvidaría aquel día. Una vez se atrevió a confesar que del nacimiento de Mariagrazia recordaba las manos doloridas de tanto pelar palomas.
La cabeza de Gardenia se vació de a poco. O tal vez en esa parte que alguien destina al corazón o al espíritu se le abrió un agujero por donde se escaparon el deseo y la ternura; la fortaleza se transformó en fragilidad y la alegría, en un arrebato sin sentido.
Ella poseía una alegría empobrecida; derrotada, lo suyo fue un simulacro de bienestar. Al marido hay que seguirlo y no contradecirlo, así será una buena esposa, le había dicho la suegra el primer día, o fue lo que ella entendió, y lo aceptó como regla. Decía que sí a todo por no escuchar las quejas de Antonio, para no despertar su irritación, reía a carcajadas o se lamentaba según los cambios de humor, respondía al marido como quien responde al director de la orquesta. En la familia el lema era trabajar de sol a sol, eso era todo.
-Eh, Gardenia, porta sale e pepe.
-Gardenia, quando si mangia.
-Gardenia, perché il bambino piange.
La historia de amor de Gardenia y Antonio comenzó en tono épico, los dos huyeron a caballo, en medio de los tiros amenazantes de don Aguirre y terminó como un cuento sin final feliz.
El silencio se transformó en rencor. Gardenia no tuvo opción, debió aceptar la severidad del trabajo y el desapego de Antonio; el resultado fue el abatimiento. Los amantes acabaron heridos y resentidos. No hablaban de eso. Sin deseo, por qué examinar las ruinas.
El amor no siempre resulta dulce, a veces se torna acíbar. Hay un tiempo en la vida de una mujer que con comer bien y dormir en una cama cómoda basta, decía Gardenia, y agregaba:
- El amor es un cuento de merda.


sábado, 19 de agosto de 2017

El encuentro, capítulo 21 de la novela



EL ENCUENTRO


Marianne vivió poco tiempo con la madre y los abuelos, porque se enamoró de un viudo, José, que tenía tres hijos y vivía en las sierras. Se embarazó en un abrir y cerrar de ojos, dijo la abuela, y se fueron juntos, a cincuenta kilómetros de Córdoba.
-Estás loca, ni lo conocés… Y tiene tres hijos varones… Embarazada, dios mío, dónde tenés la cabeza, le dijo la madre.
Entonces, se desató la tormenta que se había armado en la cabeza de Marianne en los dos últimos años. Después de oír una conversación entre la abuela Gardenia y la tía Rosita sobre su padre, un día, decidió terminar con la duda que la estaba matando. Fue a visitar a las tías Rosita, Nelita y Donatella.
Las primas de Mariagrazia le contaron la verdad, había ido a visitarlas con armamento pesado, les llevó masas y bombones de regalo. Mucho no tuvo que insistir. Ellas largaron una bocanada de estiércol y se quedaron tranquilas. El francés no era su padre. Toda su vida la habían engañado.
Por eso, cuando le escuchó decir a su madre que era una irresponsable, una descerebrada, pudo gritar. Desahogarse.
-Vos, quién sos para decirme eso... Vos, una mentirosa... Vos, la viuda triste, la intocable, tu vida es una farsa. Una farsa, te casaste para salvar las apariencias, me lo contaron las tías, qué te creés, que no lo sé, no tengo padre por tu culpa.
- ¡Basta! Yo te di todo lo que pude, tuve que criarte sola... ¿Y me odiás? ¿Cómo vas a a irte así... a vivir con un hombre que conociste hace unos meses? ¡Y con hijos, estás loca de remate!
-¿Y qué te preocupa? Vos hiciste eso, pero él se murió, si no yo le hubiera dicho papá... Vos me dijiste: “Papá está muerto “ “ Mi papá es un héroe de guerra”, me hiciste decir en la escuela... ¡Mentirosa, lo voy a gritar a los cuatro vientos, no te interpongas porque se lo cuento a todo el mundo!
-Me hicieron casar con él, cómo no entendés, te tenía que dejar en un convento con las monjas, hubieras sido una huérfana... ¿Qué iba a hacer? ¡Sos injusta... pero ya vas a ser madre!
-Madre y mejor que vos, seguro... Es imperdonable... ¡Te odio, no te voy a perdonar nunca, nunca, en la putísima vida!... Mi hijo sí tiene padre. No como yo que ni sé si vive o está muerto. ¿Quién es, es buen tipo o un delincuente?
-Bueno... No nos peleemos, me hace mal todo esto... Hacé como quieras... Pero quiero volver a verte. ¿Vas a venir a casa? ¿Me vas a dejar conocer a mi nieto?
-Yo no soy como vos...
Ese día Marianne se fue de la casa, con unas pocas cosas, dando un portazo. José la esperaba en el auto.
Tres generaciones de mujeres descarriadas, pensó Gardenia ante las noticias. Yo me escapé a caballo con el italiano, sin decirle nada a nadie, por miedo a mi padre; Mariagrazia se casó con alguien que no era ni siquiera el novio, por obligación, estaba preñada de un muerto de hambre, y Marianne se va de la casa con un viudo que nadie conoce para criar tres hijos ajenos. En esas cosas pensaba Gardenia, aunque no las decía.
Las tías no le habían dicho a Marianne quién era su padre, pero le contaron que Mariagrazia había tenido una empleada que vivía con ella en Oro Sacro, algo podía saber. Si es que no espichó la pobre... Y que en el laboratorio siempre tuvo algunos ayudantes, que buscara por allí, le aconsejaron. Sólo le quedaba averiguar. Por eso, fue a la villa a pasear con José, con la excusa de ver la antigua propiedad de los Aguirre y hablar con alguien que los recordara.
Preguntó por Mariagrazia Delapietra, pero nadie la conocía. Al final del recorrido, se acercó al puente, le pareció una buena vista para pintar. Vio a un hombre que estaba pescando y que le sonreía. Entonces se acercó y le preguntó si conocía a su familia.
-Sí, los recuerdo a los Aguirre, la mujer que yo conocí debe tener mi edad ahora, le dijo, usted es la hija... Son igualitas. Y la mandó a casa de Obdulio Quesada, él había sido el último asistente.
Cuando llamó, Obdulio se asomó por la ventana y no pudo creer lo que veía. Era Lila, otra vez. Ella le gritó que lo buscaba. Obdulio les dijo que pasaran y Marianne caminó seguida por su marido, entre las flores del jardín.
Cuando estuvieron cerca, ella le explicó que andaba buscando a conocidos de su familia. Después de las dudas planteadas por el nombre, si Mariagrazia podía ser la mujer a quien él le decía Lila, Marianne y Obdulio conversaron sobre los viejos tiempos de la familia Aguirre en Oro Sacro.
Obdulio ya había dejado de buscar a Lila hacía años. Pensaba en ella, en el parecido que tenía con la hija, cuando escuchó que la chica decía: En realidad busco a mi padre, porque el que se casó con mi mamá no es mi papá, pero él me dio el apellido.
Los invitó a pasar a su casa, les mostró el laboratorio que había sido primero de su bisabuelo y después de Lila, él lo había adquirido por intermedio de un amigo en un remate. Les sirvió agua con limón mientras hablaban, durante largo rato detalló sus recetas e inventos. A Lila apenas la mencionó. Tuvo cuidado para no revelar sus sentimientos. Sí les contó que habían trabajado juntos poco más de un año y que no sabía nada de ella hacía tiempo. Marianne tampoco mostró su enojo con ella, para qué si lo que necesitaba era tener noticias sobre el padre.
Lo que conoció Obdulio lo dejó sin aliento. Lila estaba sola y en Córdoba. Con timidez, le pidió la dirección para consultarle por unas fórmulas que estaba probando, necesitaba el asesoramiento de un profesional, dijo.
Marianne le dio los datos de quien Obdulio insistía en llamar Lila y se despidieron, con la recomendación de que buscara a Mariagrazia Delapietra o Mariagrazia de Baux, que era indistinto, no a Lila.
-Lila no existe más, dijo Marianne al despedirse.


















sábado, 8 de julio de 2017

capítulo 20 de la novela 82/79


Marianne de Baux

Mariagrazia y Marianne, madre e hija, instalaron la farmacia y perfumería en una casona de tres plantas de Alta Córdoba, allí había espacio para el laboratorio, la farmacia y la casa familiar. Después de vivir tanto tiempo en la capital, alejadas de la familia, decidieron volver, para estar más cerca de los abuelos y de la vida natural, en las sierras.
Ahora, Don Antonio estaba muy viejo para dar órdenes y Gardenia se había apagado por los años y la falta de voluntad. Mariagrazia se los llevó a vivir a su casa. La fábrica de embutidos y el campo estaban en manos de los encargados. Habían trabajado tanto, que ahora se merecían un descanso. A regañadientes se establecieron con ellas, tenían la promesa de que todos pasaran un tiempo en Colonia Caroya también.
En Buenos Aires, tuvo su primer laboratorio y volvió a soñar como en los viejos tiempos. Más que al comercio, se dedicó nuevamente a probar fragancias, destilar flores, hacer recetas. Tantos años de estudio para ser farmacéutico y después uno se convierte en un almacenero vendiendo aspirinas, tónicos y pastillas, decía. Por eso decidió retomar su pasión juvenil.
A Mariagrazia le hubiera gustado que su hija siguiera su vocación, pero eligió la pintura. Ella fue quien más había insistido en volver a las sierras. Quiero pintar esos paisajes, oler esos yuyos, bañarme en esos ríos, decía. A la madre los recuerdos le amargaban la vida, sobre todo cuando decía quiero encontrarme con mi historia, necesito armar la historia familiar.
Entonces, Marianne la convenció, después de ponerse en contacto con pintores cordobeses y con perfumistas de Traslasierra.
-Vamos, mamá, tenés que tener tu fragancia… Es cumplir con un sueño…Te dedicaste a mí toda la vida, tenés que hacer algo para vos… Volvé a los perfumes… Ya pensé cómo se va a llamar: Marì de Baux Eau de toilette, o si no, Eau de parfum, como sea que se llame. Si querés, lo llamamos Eau sacreé or (Agua de Oro Sacro).
- Sos terrible... Ay, mi nena querida, siempre logra lo que se propone...
Marianne era bella y delicada y tenía gran poder de persuasión.
Volvieron a Córdoba, lo hacía por ella, como todo. Desde que Marianne nació, se había olvidado de sí.
Habían transcurrido dieciocho años del casamiento impuesto con Hugues y la separación de Obdulio aún tenía gusto amargo.



miércoles, 28 de junio de 2017

Capítulo 19 de la novela 82/79 Los diarios del alquimista


Diecinueve

Propiedades de los materiales



Los materiales tienen diferente propiedades mecánicas, las cuales están relacionadas con las fuerzas que se ejercen sobre ellos. Así, los que existen en la naturaleza o los creados por el hombre pueden ser tan frágiles como el vidrio, elásticos como el caucho o dúctiles como el cobre. Lo verdaderamente raro en este mundo es el amor.
Éstas son algunas propiedades o cualidades:

La elasticidad es la cualidad que presenta un material para recuperar su forma original cuando cesa el esfuerzo que lo deformó.

Yo pensaba que el amor tenía la propiedad de cambiarnos, que después de conocernos y amarnos, ya no seríamos iguales.

La plasticidad es una cualidad opuesta a la elasticidad. Es la capacidad de mantener la forma que adquiere un material al estar sometido a un esfuerzo que lo deformó.

Que seríamos como niños, me dijo y guardamos en secreto nuestro amor.

La ductilidad: Los materiales dúctiles son aquellos que pueden ser estirados y conformados en hilos finos.

Dijo también que hilos mágicos nos atarán más allá del tiempo y la distancia.

Maleabilidad: Se refiere a la capacidad de un material para ser conformado en láminas delgadas sin romperse.

Que no se romperán, que estaremos unidos para siempre. Yo no me voy a romper, porque te espero. Y para estar con vos tengo que estar entero.

Tenacidad: Es la resistencia a la rotura de un material cuando está sometido a esfuerzos lentos de deformación.

Es tenaz el amor, permanece inalterable, me pregunto si será oro la materia que lo constituye.

Dureza: Resistencia que opone un cuerpo a ser penetrado por otro. Esta propiedad informa sobre la resistencia al desgaste contra los agentes abrasivos.

El amor sale a buscarnos y nos abraza, pero lastima. Estoy herido y si me rompo, ni te vas a enterar. Te fuiste, me dejaste con este amor y yo no duermo porque tengo que velar mi alma en pena. Ahora sé algo que antes no sabía: El amor golpea y rompe, aunque hay amores que se diluyen y son sólo material descartable, olvido.

Fragilidad: Es la facilidad con que se rompe un material sin que se produzca deformación elástica.

La primera vez que te vi, sentí un ardor en el centro del pecho; después en tu cama, tuve una sensación de muerte –deliciosa muerte- y al final, cuando te fuiste, un nocaut me derribó. Sé que un hombre íntegro no puede mostrase frágil, pero soy una árbol derribado y sin fe.

Resiliencia: Resistencia que opone un material a un golpe brusco e intenso (choque), se refiere a la capacidad de un material para recobrar su forma después de haber estado sometido a altas presiones.

Por qué el amor insiste en habitarme. La casa está vacía.


Me desarmo, me armo, se cae a pedazos el abandonado éste en que me he convertido y me reinvento, sin remedio. Sí, sí, ya sé, soy un estúpido. Un hombre de verdad no anda llorando por los rincones. Aunque no haya nadie que lo espere a uno, un hombre se traga el dolor y sigue.  

jueves, 15 de junio de 2017

Capítulo 18, 82/79 Los diarios del alquimista

Dieciocho

SOLA


La viudez le trajo soledad y calma. Mientras Marianne crecía, debía hacer frente a los negocios de Hugues en el país, su cuñada se había hecho cargo de la bodega en Burdeos; más tarde, prefirió dejar los asuntos comerciales en manos de los socios de Hugues. Transitaba por un terreno desconocido de vinos, aceites de oliva, aceites naturales importados, quería continuar sus estudios. El mundo real la recuperaba, aunque se abstraía en el estudio.
A pesar del tiempo transcurrido, el amor no se iba. No es cosa fácil dejarlo ir, pensaba. Había hecho todo lo posible por arrancarlo, pero Obdulio volvía a ella una y otra vez. Eran como soplos de vida que se iban con cada pensamiento. Llegaban para irse.
Cada noche, durante unos minutos recordaba algo, las caminatas, el río, las noches y las escapadas de amor, después la atrapaba el sueño o el llanto de su hija. Esos instantes eran pequeñas fugas. Fugaba hacia el pasado feliz para seguir. Hubo días en los que la confusión la paralizaba; otros, salía a pelear con alegría. Así fue tejiendo la vida.
Ya no se sacrificaba para responder a las peticiones de Hugues, de algún modo le resultaba más fácil sobrellevar la situación, le producía alivio la pérdida.
-En qué me he transformado, en una malvada sin corazón, se horrorizaba por sus sentimientos.
Cuando la culpa la ahogaba, se aferraba al luto, lloraba por el hombre muerto. Morir por su patria, nada menos, se muere la gente de tuberculosis, del corazón o de tifus, pero por la patria, no cualquiera m'hija, le decía Gardenia, que elogiaba al difunto. Debía demostrar respeto y dolor. Vestir de negro riguroso al menos por un año, si no dos.
Ella lloraba cuando una situación la superaba, se tiraba en la cama y daba unos alaridos sanadores, después se componía; también lo hacía por Obdulio, porque lo había abandonado para ser infeliz con otro.
Las amistades la visitaron, poco a poco, fue recuperando la vida social, si bien la hija consumía su tiempo y energías.
Recobró la paz por aquellos días, hasta que uno de sus primos, Anselmo Moroni, le propuso casamiento. Había comenzado a frecuentarla en el verano, una vez por semana la invitaba a cenar, iban a La Florida, la estancia de la familia, donde le enseñó a cabalgar, llevaban a Marianne. Disfrutaba de la vida otra vez.
Anselmo un día se atrevió y le propuso un trato. Yo sé bien que no me querés, le dijo. Unirían sus propiedades y fortunas, podrían vivir en Buenos Aires o en la estancia, donde ella quisiera. Pero prefería desprenderse de los vinos y de los negocios del finado.
-Eso te da pérdidas, mientras que tus socios se hacen ricos.
Marianne debía ir a estudiar a otro colegio, uno de monjas, donde estuviera todo el día entre religiosas. Eso dijo Anselmo.
-Es una chica muy caprichosa, necesita rigor, con las monjas aprenderá a ser una buena chica, es lo mejor para todos.
Mariagrazia, enmudeció; después de la muerte de Hugues, sus parientes la llamaron otra vez tal como la habían bautizado sus padres. Pensó en reírse a carcajadas, luego decidió hablar con tranquilidad. Le dijo que lo había aceptado en su casa porque eran parientes.
-Somos de la familia, Anselmo, cómo se te ocurre.
-Vos me diste calce, ahora te hacés la virgencita...
-Anselmo, no te enojés, yo estoy criando a la nena, no me interesa tener ninguna relación... Menos casarme...
-Si nos casamos, nos conviene a los dos, así te dejás de hacer la loca por la calle, qué tenés que ir a la escuela, para qué, cuando seas mi mujer, la vas a dejar.
-Anselmo, no quiero ser la mujer de alguien. No quiero tener nada con nadie, no es algo en contra tuyo, sabés. Quiero estudiar y educar a mi hija en casa.
Cuando él se acercó y la apretó contra su cuerpo, trató de alejarlo. Pudo sentir su aliento Estaba acostumbrada a percibir aromas frescos, florales o frutales, el olor fétido de su boca le dio asco, sintió el cuerpo prepotente que la enlazaba y el sexo apoyado a su pierna; entonces, se deshizo de él como si hubiera sido una alimaña, lo empujó con fuerza. Él trastabilló sorprendido. Desarticulado, Anselmo pensó que era parte de un juego. Ella le recordó que era una mujer y que le debía respeto.
-Sí, seguro que andás viendo a alguno. ¿Quién es, qué, es más que yo?… Un medicucho es más que yo, no me hagás reír...
-¡No quiero casarme. Y basta!
-Como si yo no supiera que te casaste preñada y lo embaucaste al francés con una piba que no era de él. Todos lo sabemos y vos te hacés la santa…
¡Disgraziato! La mujer se ahogaba en su rabia, las palabras la cruzaron como un rayo, pero no las dijo: Que yo voy a casarme y a dejar a mi hija pupila con las monjas. No, sin el padre y sin la madre… Este infeliz se la quiere sacar de encima, como si mi hija fuera la empresa... Por qué me casaría… un matrimonio por interés. ¡Maledetto!
No dijo lo que pensaba, sólo pudo articular unas pocas palabras: ¡Andate, Anselmo y no se te ocurra volver!.
-¡Vaffanculo!
Anselmo no volvió a hablarle. Los tíos Rosita y Alfredo Moroni, tampoco. Se habían perdido un buen negocio.
Después de ese hecho tan desagradable, dejó de salir. Aceptó que lo suyo no era el comercio de importación. Así que vendió la empresa a los socios y, en poco tiempo, estuvo en la ruina. Algo sabía Anselmo, la había prevenido y ella no lo escuchó.
Para terminar la carrera universitaria y no pedirle nada su familia, despidió al personal de servicio, se mudó a una casa más austera y entró a trabajar en una droguería.
Chela se quedó con ellas, la mujer había estado desde el nacimiento de Marianne, iba a cuidarla y además se ocuparía de las tareas de la casa. No la despidió, tampoco le pagó salario. Era una mujer joven, servicial y afectuosa. Se ayudaron, Mariagrazia trabajaba para resolver las cuestiones domésticas y vivían en una casona de Palermo como hermanas. Ese sentimiento ella no lo había conocido. Con esfuerzo, crió a Marianne y terminó la carrera en la Universidad de Buenos Aires. No aceptó ayuda de sus padres, ni sus consejos, sí los de Chela, su única amiga.
Como empleada de la droguería, comprendió que el trabajo no era jugar a ser alquimista, era algo más serio que fantasear creando fragancias y cremas. Dejó de lado los sueños para poder salir adelante. Las utopías se suicidan cuando uno tiene que llevar el pan a la mesa, le decía irónica a Chela.
Ya no existía Lila, ahora era una mujer madura y escéptica.
-En la juventud uno se ilusiona, vive en la luna de Valencia y si se tiene algo de suerte, sobrevive.
La herencia de Hugues de Baux modificó de nuevo el estado de Mariagrazia, clausuró una etapa de su vida y dejaron de llamarla “la viuda”.
La noticia de que habían finalizado la sucesión de los Baux, hizo que Mariagrazia, Chela y la niña viajaran por primera vez a París, fue decidida a vender todo. Visitó a la familia en el châteuax de Burdeos y las tres juntas pasearon unos días. Cuando regresaron Marianne cumplió diez años.
En general, el agradecimiento no sigue al amor, sin embargo, ella se lo debía a los dos hombres que la habían amado, a Obdulio por el amor honesto y a Hugues por su generosidad.


sábado, 10 de junio de 2017

Capítulo 17, 82/79 Los diarios del alquimista

Diecisiete
LA GUERRA


Hughes de Baux, había nacido en la región de Burdeos a principios del siglo XX, dentro de una familia de dudosa aristocracia. Los de Baux eran dueños de un châteaux, que producía vinos de mesa y otros para exportación, aunque la familia escapó del trabajo rural y prefirió establecerse en París para disfrutar de la vida. Durante la Belle Époque, gastaron más de la cuenta, sin embargo mantuvieron sus propiedades, la bodega y los viñedos en la provincia.
La infancia de Hugues estuvo atravesada por la Gran Guerra, entre 1914 y 1918. En 1930 había viajado a la Argentina por negocios y decidió quedarse, vivía entre Buenos Aires y París, aunque después de su casamiento con Marì no había vuelto a su tierra. El nuevo conflicto bélico cambió su historia y la de todos. Regresó para asistir a sus padres, según dijo, que estaban sufriendo las consecuencias de la ocupación alemana.
-El deber me llama, le dijo a Marì.
Y se despidieron sin tristeza, llevaban poco más de un año de casados. Marì tenía a Marianne, él seguía siendo un devoto enamorado, aunque ella seguía gélida.
Además de dedicarse a Marianne como una buena madre, asistía a clases. En la Universidad de Buenos Aires muchas mujeres se dedicaban a la medicina, algunas a la obstetricia y otras a enfermería o farmacia. Eran carreras en las que se desempeñaban sin padecer los prejuicios sociales del patriarcado. Hugues le había permitido hacer lo que más le gustaba, estudiar farmacia y tener un laboratorio.
Cuando él regresó a París, tuvo el presentimiento de que no lo volvería a ver. Aceptaba que la guerra era motivo suficiente para que se ocupara de la familia y de sus negocios. Le dijo que si él quería ella también iría a Francia con la niña, más tarde, cuando todo terminara, porque un día esto va a terminar, querido.
Hugues era un hombre comprensivo y generoso. Nunca le preguntó por el padre de su hija, no le hizo reproches. Esperó a que ella lo aceptara por cariño y durmieron juntos después de tres meses de casados.
Marì se había prometido quererlo, para eso debía olvidar a Obdulio. Después de todo, si no hay dos, no hay amor. Un amor partido al medio no es amor y nadie es feliz, decía ella por aquellos días.
No tuvieron noticias de Hugues de Baux hasta que le llegó a su casa una citación de la Embajada de Francia. Ella debía comparecer a declarar por las actividades subversivas del francés.
En el tiempo de la ocupación alemana, muchos lucharon en la clandestinidad. Charles de Gaulle era el líder de la Resistencia y se había instalado en Londres fundando la Francia Libre, en contra del gobierno de Vichy. Hugues de Baux estaba en la Resistencia.
Las relaciones y contactos de sus parientes, los Ricciardi, le facilitaron las cosas. Ella fue visitada por dos agentes en su casa y todo terminó bien para Marì, que dijo no saber de qué hablaban. Y no mentía.
Volvió a saber de su marido al año siguiente, en 1944. Después de la liberación de París, Hugues no festejó con el pueblo en las calles. Lo encontraron junto a otros civiles caídos, había muerto en una escaramuza en la Plaza de la Concordia.
El Gobierno Provisional francés le reconoció su desempeño en la Liberación de París, envió las condolencias y una medalla al heroísmo. Ella guardaba luto riguroso. Marianne cumpliría tres años y estaban solas.