sábado, 19 de agosto de 2017

El encuentro, capítulo 21 de la novela



EL ENCUENTRO


Marianne vivió poco tiempo con la madre y los abuelos, porque se enamoró de un viudo, José, que tenía tres hijos y vivía en las sierras. Se embarazó en un abrir y cerrar de ojos, dijo la abuela, y se fueron juntos, a cincuenta kilómetros de Córdoba.
-Estás loca, ni lo conocés… Y tiene tres hijos varones… Embarazada, dios mío, dónde tenés la cabeza, le dijo la madre.
Entonces, se desató la tormenta que se había armado en la cabeza de Marianne en los dos últimos años. Después de oír una conversación entre la abuela Gardenia y la tía Rosita sobre su padre, un día, decidió terminar con la duda que la estaba matando. Fue a visitar a las tías Rosita, Nelita y Donatella.
Las primas de Mariagrazia le contaron la verdad, había ido a visitarlas con armamento pesado, les llevó masas y bombones de regalo. Mucho no tuvo que insistir. Ellas largaron una bocanada de estiércol y se quedaron tranquilas. El francés no era su padre. Toda su vida la habían engañado.
Por eso, cuando le escuchó decir a su madre que era una irresponsable, una descerebrada, pudo gritar. Desahogarse.
-Vos, quién sos para decirme eso... Vos, una mentirosa... Vos, la viuda triste, la intocable, tu vida es una farsa. Una farsa, te casaste para salvar las apariencias, me lo contaron las tías, qué te creés, que no lo sé, no tengo padre por tu culpa.
- ¡Basta! Yo te di todo lo que pude, tuve que criarte sola... ¿Y me odiás? ¿Cómo vas a a irte así... a vivir con un hombre que conociste hace unos meses? ¡Y con hijos, estás loca de remate!
-¿Y qué te preocupa? Vos hiciste eso, pero él se murió, si no yo le hubiera dicho papá... Vos me dijiste: “Papá está muerto “ “ Mi papá es un héroe de guerra”, me hiciste decir en la escuela... ¡Mentirosa, lo voy a gritar a los cuatro vientos, no te interpongas porque se lo cuento a todo el mundo!
-Me hicieron casar con él, cómo no entendés, te tenía que dejar en un convento con las monjas, hubieras sido una huérfana... ¿Qué iba a hacer? ¡Sos injusta... pero ya vas a ser madre!
-Madre y mejor que vos, seguro... Es imperdonable... ¡Te odio, no te voy a perdonar nunca, nunca, en la putísima vida!... Mi hijo sí tiene padre. No como yo que ni sé si vive o está muerto. ¿Quién es, es buen tipo o un delincuente?
-Bueno... No nos peleemos, me hace mal todo esto... Hacé como quieras... Pero quiero volver a verte. ¿Vas a venir a casa? ¿Me vas a dejar conocer a mi nieto?
-Yo no soy como vos...
Ese día Marianne se fue de la casa, con unas pocas cosas, dando un portazo. José la esperaba en el auto.
Tres generaciones de mujeres descarriadas, pensó Gardenia ante las noticias. Yo me escapé a caballo con el italiano, sin decirle nada a nadie, por miedo a mi padre; Mariagrazia se casó con alguien que no era ni siquiera el novio, por obligación, estaba preñada de un muerto de hambre, y Marianne se va de la casa con un viudo que nadie conoce para criar tres hijos ajenos. En esas cosas pensaba Gardenia, aunque no las decía.
Las tías no le habían dicho a Marianne quién era su padre, pero le contaron que Mariagrazia había tenido una empleada que vivía con ella en Oro Sacro, algo podía saber. Si es que no espichó la pobre... Y que en el laboratorio siempre tuvo algunos ayudantes, que buscara por allí, le aconsejaron. Sólo le quedaba averiguar. Por eso, fue a la villa a pasear con José, con la excusa de ver la antigua propiedad de los Aguirre y hablar con alguien que los recordara.
Preguntó por Mariagrazia Delapietra, pero nadie la conocía. Al final del recorrido, se acercó al puente, le pareció una buena vista para pintar. Vio a un hombre que estaba pescando y que le sonreía. Entonces se acercó y le preguntó si conocía a su familia.
-Sí, los recuerdo a los Aguirre, la mujer que yo conocí debe tener mi edad ahora, le dijo, usted es la hija... Son igualitas. Y la mandó a casa de Obdulio Quesada, él había sido el último asistente.
Cuando llamó, Obdulio se asomó por la ventana y no pudo creer lo que veía. Era Lila, otra vez. Ella le gritó que lo buscaba. Obdulio les dijo que pasaran y Marianne caminó seguida por su marido, entre las flores del jardín.
Cuando estuvieron cerca, ella le explicó que andaba buscando a conocidos de su familia. Después de las dudas planteadas por el nombre, si Mariagrazia podía ser la mujer a quien él le decía Lila, Marianne y Obdulio conversaron sobre los viejos tiempos de la familia Aguirre en Oro Sacro.
Obdulio ya había dejado de buscar a Lila hacía años. Pensaba en ella, en el parecido que tenía con la hija, cuando escuchó que la chica decía: En realidad busco a mi padre, porque el que se casó con mi mamá no es mi papá, pero él me dio el apellido.
Los invitó a pasar a su casa, les mostró el laboratorio que había sido primero de su bisabuelo y después de Lila, él lo había adquirido por intermedio de un amigo en un remate. Les sirvió agua con limón mientras hablaban, durante largo rato detalló sus recetas e inventos. A Lila apenas la mencionó. Tuvo cuidado para no revelar sus sentimientos. Sí les contó que habían trabajado juntos poco más de un año y que no sabía nada de ella hacía tiempo. Marianne tampoco mostró su enojo con ella, para qué si lo que necesitaba era tener noticias sobre el padre.
Lo que conoció Obdulio lo dejó sin aliento. Lila estaba sola y en Córdoba. Con timidez, le pidió la dirección para consultarle por unas fórmulas que estaba probando, necesitaba el asesoramiento de un profesional, dijo.
Marianne le dio los datos de quien Obdulio insistía en llamar Lila y se despidieron, con la recomendación de que buscara a Mariagrazia Delapietra o Mariagrazia de Baux, que era indistinto, no a Lila.
-Lila no existe más, dijo Marianne al despedirse.


















sábado, 8 de julio de 2017

capítulo 20 de la novela 82/79


Marianne de Baux

Mariagrazia y Marianne, madre e hija, instalaron la farmacia y perfumería en una casona de tres plantas de Alta Córdoba, allí había espacio para el laboratorio, la farmacia y la casa familiar. Después de vivir tanto tiempo en la capital, alejadas de la familia, decidieron volver, para estar más cerca de los abuelos y de la vida natural, en las sierras.
Ahora, Don Antonio estaba muy viejo para dar órdenes y Gardenia se había apagado por los años y la falta de voluntad. Mariagrazia se los llevó a vivir a su casa. La fábrica de embutidos y el campo estaban en manos de los encargados. Habían trabajado tanto, que ahora se merecían un descanso. A regañadientes se establecieron con ellas, tenían la promesa de que todos pasaran un tiempo en Colonia Caroya también.
En Buenos Aires, tuvo su primer laboratorio y volvió a soñar como en los viejos tiempos. Más que al comercio, se dedicó nuevamente a probar fragancias, destilar flores, hacer recetas. Tantos años de estudio para ser farmacéutico y después uno se convierte en un almacenero vendiendo aspirinas, tónicos y pastillas, decía. Por eso decidió retomar su pasión juvenil.
A Mariagrazia le hubiera gustado que su hija siguiera su vocación, pero eligió la pintura. Ella fue quien más había insistido en volver a las sierras. Quiero pintar esos paisajes, oler esos yuyos, bañarme en esos ríos, decía. A la madre los recuerdos le amargaban la vida, sobre todo cuando decía quiero encontrarme con mi historia, necesito armar la historia familiar.
Entonces, Marianne la convenció, después de ponerse en contacto con pintores cordobeses y con perfumistas de Traslasierra.
-Vamos, mamá, tenés que tener tu fragancia… Es cumplir con un sueño…Te dedicaste a mí toda la vida, tenés que hacer algo para vos… Volvé a los perfumes… Ya pensé cómo se va a llamar: Marì de Baux Eau de toilette, o si no, Eau de parfum, como sea que se llame. Si querés, lo llamamos Eau sacreé or (Agua de Oro Sacro).
- Sos terrible... Ay, mi nena querida, siempre logra lo que se propone...
Marianne era bella y delicada y tenía gran poder de persuasión.
Volvieron a Córdoba, lo hacía por ella, como todo. Desde que Marianne nació, se había olvidado de sí.
Habían transcurrido dieciocho años del casamiento impuesto con Hugues y la separación de Obdulio aún tenía gusto amargo.



miércoles, 28 de junio de 2017

Capítulo 19 de la novela 82/79 Los diarios del alquimista


Diecinueve

Propiedades de los materiales



Los materiales tienen diferente propiedades mecánicas, las cuales están relacionadas con las fuerzas que se ejercen sobre ellos. Así, los que existen en la naturaleza o los creados por el hombre pueden ser tan frágiles como el vidrio, elásticos como el caucho o dúctiles como el cobre. Lo verdaderamente raro en este mundo es el amor.
Éstas son algunas propiedades o cualidades:

La elasticidad es la cualidad que presenta un material para recuperar su forma original cuando cesa el esfuerzo que lo deformó.

Yo pensaba que el amor tenía la propiedad de cambiarnos, que después de conocernos y amarnos, ya no seríamos iguales.

La plasticidad es una cualidad opuesta a la elasticidad. Es la capacidad de mantener la forma que adquiere un material al estar sometido a un esfuerzo que lo deformó.

Que seríamos como niños, me dijo y guardamos en secreto nuestro amor.

La ductilidad: Los materiales dúctiles son aquellos que pueden ser estirados y conformados en hilos finos.

Dijo también que hilos mágicos nos atarán más allá del tiempo y la distancia.

Maleabilidad: Se refiere a la capacidad de un material para ser conformado en láminas delgadas sin romperse.

Que no se romperán, que estaremos unidos para siempre. Yo no me voy a romper, porque te espero. Y para estar con vos tengo que estar entero.

Tenacidad: Es la resistencia a la rotura de un material cuando está sometido a esfuerzos lentos de deformación.

Es tenaz el amor, permanece inalterable, me pregunto si será oro la materia que lo constituye.

Dureza: Resistencia que opone un cuerpo a ser penetrado por otro. Esta propiedad informa sobre la resistencia al desgaste contra los agentes abrasivos.

El amor sale a buscarnos y nos abraza, pero lastima. Estoy herido y si me rompo, ni te vas a enterar. Te fuiste, me dejaste con este amor y yo no duermo porque tengo que velar mi alma en pena. Ahora sé algo que antes no sabía: El amor golpea y rompe, aunque hay amores que se diluyen y son sólo material descartable, olvido.

Fragilidad: Es la facilidad con que se rompe un material sin que se produzca deformación elástica.

La primera vez que te vi, sentí un ardor en el centro del pecho; después en tu cama, tuve una sensación de muerte –deliciosa muerte- y al final, cuando te fuiste, un nocaut me derribó. Sé que un hombre íntegro no puede mostrase frágil, pero soy una árbol derribado y sin fe.

Resiliencia: Resistencia que opone un material a un golpe brusco e intenso (choque), se refiere a la capacidad de un material para recobrar su forma después de haber estado sometido a altas presiones.

Por qué el amor insiste en habitarme. La casa está vacía.


Me desarmo, me armo, se cae a pedazos el abandonado éste en que me he convertido y me reinvento, sin remedio. Sí, sí, ya sé, soy un estúpido. Un hombre de verdad no anda llorando por los rincones. Aunque no haya nadie que lo espere a uno, un hombre se traga el dolor y sigue.  

jueves, 15 de junio de 2017

Capítulo 18, 82/79 Los diarios del alquimista

Dieciocho

SOLA


La viudez le trajo soledad y calma. Mientras Marianne crecía, debía hacer frente a los negocios de Hugues en el país, su cuñada se había hecho cargo de la bodega en Burdeos; más tarde, prefirió dejar los asuntos comerciales en manos de los socios de Hugues. Transitaba por un terreno desconocido de vinos, aceites de oliva, aceites naturales importados, quería continuar sus estudios. El mundo real la recuperaba, aunque se abstraía en el estudio.
A pesar del tiempo transcurrido, el amor no se iba. No es cosa fácil dejarlo ir, pensaba. Había hecho todo lo posible por arrancarlo, pero Obdulio volvía a ella una y otra vez. Eran como soplos de vida que se iban con cada pensamiento. Llegaban para irse.
Cada noche, durante unos minutos recordaba algo, las caminatas, el río, las noches y las escapadas de amor, después la atrapaba el sueño o el llanto de su hija. Esos instantes eran pequeñas fugas. Fugaba hacia el pasado feliz para seguir. Hubo días en los que la confusión la paralizaba; otros, salía a pelear con alegría. Así fue tejiendo la vida.
Ya no se sacrificaba para responder a las peticiones de Hugues, de algún modo le resultaba más fácil sobrellevar la situación, le producía alivio la pérdida.
-En qué me he transformado, en una malvada sin corazón, se horrorizaba por sus sentimientos.
Cuando la culpa la ahogaba, se aferraba al luto, lloraba por el hombre muerto. Morir por su patria, nada menos, se muere la gente de tuberculosis, del corazón o de tifus, pero por la patria, no cualquiera m'hija, le decía Gardenia, que elogiaba al difunto. Debía demostrar respeto y dolor. Vestir de negro riguroso al menos por un año, si no dos.
Ella lloraba cuando una situación la superaba, se tiraba en la cama y daba unos alaridos sanadores, después se componía; también lo hacía por Obdulio, porque lo había abandonado para ser infeliz con otro.
Las amistades la visitaron, poco a poco, fue recuperando la vida social, si bien la hija consumía su tiempo y energías.
Recobró la paz por aquellos días, hasta que uno de sus primos, Anselmo Moroni, le propuso casamiento. Había comenzado a frecuentarla en el verano, una vez por semana la invitaba a cenar, iban a La Florida, la estancia de la familia, donde le enseñó a cabalgar, llevaban a Marianne. Disfrutaba de la vida otra vez.
Anselmo un día se atrevió y le propuso un trato. Yo sé bien que no me querés, le dijo. Unirían sus propiedades y fortunas, podrían vivir en Buenos Aires o en la estancia, donde ella quisiera. Pero prefería desprenderse de los vinos y de los negocios del finado.
-Eso te da pérdidas, mientras que tus socios se hacen ricos.
Marianne debía ir a estudiar a otro colegio, uno de monjas, donde estuviera todo el día entre religiosas. Eso dijo Anselmo.
-Es una chica muy caprichosa, necesita rigor, con las monjas aprenderá a ser una buena chica, es lo mejor para todos.
Mariagrazia, enmudeció; después de la muerte de Hugues, sus parientes la llamaron otra vez tal como la habían bautizado sus padres. Pensó en reírse a carcajadas, luego decidió hablar con tranquilidad. Le dijo que lo había aceptado en su casa porque eran parientes.
-Somos de la familia, Anselmo, cómo se te ocurre.
-Vos me diste calce, ahora te hacés la virgencita...
-Anselmo, no te enojés, yo estoy criando a la nena, no me interesa tener ninguna relación... Menos casarme...
-Si nos casamos, nos conviene a los dos, así te dejás de hacer la loca por la calle, qué tenés que ir a la escuela, para qué, cuando seas mi mujer, la vas a dejar.
-Anselmo, no quiero ser la mujer de alguien. No quiero tener nada con nadie, no es algo en contra tuyo, sabés. Quiero estudiar y educar a mi hija en casa.
Cuando él se acercó y la apretó contra su cuerpo, trató de alejarlo. Pudo sentir su aliento Estaba acostumbrada a percibir aromas frescos, florales o frutales, el olor fétido de su boca le dio asco, sintió el cuerpo prepotente que la enlazaba y el sexo apoyado a su pierna; entonces, se deshizo de él como si hubiera sido una alimaña, lo empujó con fuerza. Él trastabilló sorprendido. Desarticulado, Anselmo pensó que era parte de un juego. Ella le recordó que era una mujer y que le debía respeto.
-Sí, seguro que andás viendo a alguno. ¿Quién es, qué, es más que yo?… Un medicucho es más que yo, no me hagás reír...
-¡No quiero casarme. Y basta!
-Como si yo no supiera que te casaste preñada y lo embaucaste al francés con una piba que no era de él. Todos lo sabemos y vos te hacés la santa…
¡Disgraziato! La mujer se ahogaba en su rabia, las palabras la cruzaron como un rayo, pero no las dijo: Que yo voy a casarme y a dejar a mi hija pupila con las monjas. No, sin el padre y sin la madre… Este infeliz se la quiere sacar de encima, como si mi hija fuera la empresa... Por qué me casaría… un matrimonio por interés. ¡Maledetto!
No dijo lo que pensaba, sólo pudo articular unas pocas palabras: ¡Andate, Anselmo y no se te ocurra volver!.
-¡Vaffanculo!
Anselmo no volvió a hablarle. Los tíos Rosita y Alfredo Moroni, tampoco. Se habían perdido un buen negocio.
Después de ese hecho tan desagradable, dejó de salir. Aceptó que lo suyo no era el comercio de importación. Así que vendió la empresa a los socios y, en poco tiempo, estuvo en la ruina. Algo sabía Anselmo, la había prevenido y ella no lo escuchó.
Para terminar la carrera universitaria y no pedirle nada su familia, despidió al personal de servicio, se mudó a una casa más austera y entró a trabajar en una droguería.
Chela se quedó con ellas, la mujer había estado desde el nacimiento de Marianne, iba a cuidarla y además se ocuparía de las tareas de la casa. No la despidió, tampoco le pagó salario. Era una mujer joven, servicial y afectuosa. Se ayudaron, Mariagrazia trabajaba para resolver las cuestiones domésticas y vivían en una casona de Palermo como hermanas. Ese sentimiento ella no lo había conocido. Con esfuerzo, crió a Marianne y terminó la carrera en la Universidad de Buenos Aires. No aceptó ayuda de sus padres, ni sus consejos, sí los de Chela, su única amiga.
Como empleada de la droguería, comprendió que el trabajo no era jugar a ser alquimista, era algo más serio que fantasear creando fragancias y cremas. Dejó de lado los sueños para poder salir adelante. Las utopías se suicidan cuando uno tiene que llevar el pan a la mesa, le decía irónica a Chela.
Ya no existía Lila, ahora era una mujer madura y escéptica.
-En la juventud uno se ilusiona, vive en la luna de Valencia y si se tiene algo de suerte, sobrevive.
La herencia de Hugues de Baux modificó de nuevo el estado de Mariagrazia, clausuró una etapa de su vida y dejaron de llamarla “la viuda”.
La noticia de que habían finalizado la sucesión de los Baux, hizo que Mariagrazia, Chela y la niña viajaran por primera vez a París, fue decidida a vender todo. Visitó a la familia en el châteuax de Burdeos y las tres juntas pasearon unos días. Cuando regresaron Marianne cumplió diez años.
En general, el agradecimiento no sigue al amor, sin embargo, ella se lo debía a los dos hombres que la habían amado, a Obdulio por el amor honesto y a Hugues por su generosidad.


sábado, 10 de junio de 2017

Capítulo 17, 82/79 Los diarios del alquimista

Diecisiete
LA GUERRA


Hughes de Baux, había nacido en la región de Burdeos a principios del siglo XX, dentro de una familia de dudosa aristocracia. Los de Baux eran dueños de un châteaux, que producía vinos de mesa y otros para exportación, aunque la familia escapó del trabajo rural y prefirió establecerse en París para disfrutar de la vida. Durante la Belle Époque, gastaron más de la cuenta, sin embargo mantuvieron sus propiedades, la bodega y los viñedos en la provincia.
La infancia de Hugues estuvo atravesada por la Gran Guerra, entre 1914 y 1918. En 1930 había viajado a la Argentina por negocios y decidió quedarse, vivía entre Buenos Aires y París, aunque después de su casamiento con Marì no había vuelto a su tierra. El nuevo conflicto bélico cambió su historia y la de todos. Regresó para asistir a sus padres, según dijo, que estaban sufriendo las consecuencias de la ocupación alemana.
-El deber me llama, le dijo a Marì.
Y se despidieron sin tristeza, llevaban poco más de un año de casados. Marì tenía a Marianne, él seguía siendo un devoto enamorado, aunque ella seguía gélida.
Además de dedicarse a Marianne como una buena madre, asistía a clases. En la Universidad de Buenos Aires muchas mujeres se dedicaban a la medicina, algunas a la obstetricia y otras a enfermería o farmacia. Eran carreras en las que se desempeñaban sin padecer los prejuicios sociales del patriarcado. Hugues le había permitido hacer lo que más le gustaba, estudiar farmacia y tener un laboratorio.
Cuando él regresó a París, tuvo el presentimiento de que no lo volvería a ver. Aceptaba que la guerra era motivo suficiente para que se ocupara de la familia y de sus negocios. Le dijo que si él quería ella también iría a Francia con la niña, más tarde, cuando todo terminara, porque un día esto va a terminar, querido.
Hugues era un hombre comprensivo y generoso. Nunca le preguntó por el padre de su hija, no le hizo reproches. Esperó a que ella lo aceptara por cariño y durmieron juntos después de tres meses de casados.
Marì se había prometido quererlo, para eso debía olvidar a Obdulio. Después de todo, si no hay dos, no hay amor. Un amor partido al medio no es amor y nadie es feliz, decía ella por aquellos días.
No tuvieron noticias de Hugues de Baux hasta que le llegó a su casa una citación de la Embajada de Francia. Ella debía comparecer a declarar por las actividades subversivas del francés.
En el tiempo de la ocupación alemana, muchos lucharon en la clandestinidad. Charles de Gaulle era el líder de la Resistencia y se había instalado en Londres fundando la Francia Libre, en contra del gobierno de Vichy. Hugues de Baux estaba en la Resistencia.
Las relaciones y contactos de sus parientes, los Ricciardi, le facilitaron las cosas. Ella fue visitada por dos agentes en su casa y todo terminó bien para Marì, que dijo no saber de qué hablaban. Y no mentía.
Volvió a saber de su marido al año siguiente, en 1944. Después de la liberación de París, Hugues no festejó con el pueblo en las calles. Lo encontraron junto a otros civiles caídos, había muerto en una escaramuza en la Plaza de la Concordia.
El Gobierno Provisional francés le reconoció su desempeño en la Liberación de París, envió las condolencias y una medalla al heroísmo. Ella guardaba luto riguroso. Marianne cumpliría tres años y estaban solas.


viernes, 19 de mayo de 2017

Capítulo 16, novela

Dieciséis
POR EL HIJO


La vida de una persona puede ser un sueño o una pesadilla.
Un hombre sueña y en el sueño percibe las acciones como reales, advierte la farsa y se esfuerza para despertar, pero no puede. Es lo que pasa con el amor, el amador desea despertar, salirse y le resulta imposible. Alejarse del amor o del dolor causado por el ausente se parece a una pesadilla o a una herida abierta. Así lo sentía Lila.
El amor por Obdulio se había hundido en la carne viva, era una espina de rosal que infectaba y ella no podía quitarse. No se extirpa el amor con desearlo nada más. Es un acto ilusorio, casi siempre breve, que duele mucho tiempo.
Además, no hay pasión de la que se salga ileso, porque todas las cosas recuerdan al ausente. Se maldice la memoria que lo restaura y se maldice los días que desdibujan la imagen. Maldita la memoria que lo trae y maldito el tiempo que corre, porque lo borra y se lo lleva, rumiaba Lila.
Había decidido cortar con ese amor que le dolía en el alma. Ella era ahora una mujer casada, iba a tener un hijo. Cualquier día lo empiezo a querer a Hugues, se prometía. Pero en su loca fantasía se veía con Obdulio, dormía con él, despertaba con él.
Los primeros días de casada, se había sentido enferma. Amanecía con náuseas, no comía por los vómitos, no hacía más que estar acostada en el dormitorio o en la sala. Se tiraba abandonada en los sillones. Había encontrado un ventanal que daba al parque, corría las cortinas y dejaba que entraran hilos de luz que la inducían al adormecimiento. Pensaba en qué lío se había metido, cómo salir de allí para siempre.
Tenía un esposo enamorado, pero ella lo rechazaba. No quería estar en esa casa, ni en esa ciudad, por eso odiaba a sus padres. En algún momento, pensó en huir. El matrimonio no estaba consumado y ella pediría la anulación. Después recordaba el embarazo y lloraba.
Lloró durante esos meses, deseaba cortar con el dolor y no sabía cómo. Siempre había sido feliz, sobre todo con sus abuelos, en el laboratorio, en las caminatas por las sierras con Obdulio. Llegaba al territorio en que los recuerdos se apoderaban de ella y volvía a llorar.
Por un tiempo, se dejó arrastrar por el dolor que la anestesiaba, hasta que tomó la decisión de hacer lo que más deseaba. Se iría a vivir con Obdulio a Oro Sacro. Escaparía para siempre de ese horrible francés.
La estación del ferrocarril estaba cerca. Caminó hasta las ventanillas del FC Central Córdoba, averiguó qué tren llegaba a Colonia Caroya y sacó el boleto. Se sentó a esperar, tenía tres horas de espera para tomar el tren y muchas horas de viaje. Pronto se hará de noche, pensó.
Lila buscó dónde pasar desapercibida, se sentó en un banco con otras mujeres. Cuando tuvo hambre, comió unas galletas y sintió ganas de vomitar en el momento en que llegaba el tren; si buscaba el baño de damas lo perdería. Igual hizo el esfuerzo, caminó hasta el andén, se detuvo frente al vagón que debía abordar, tenía náuseas y miedo.
¿Y si le pasaba algo? ¿Y si la atacaban ladrones en la noche? Nadie sabría de ella. ¿Y si perdía a su hijo?
-Señorita, ¿sube, la ayudo con el equipaje?
-No, gracias.
Entonces, volvió a la casa de Hugues. Regresaba vencida. El miedo por primera vez en la vida la tiró para atrás, temía más por su hijo, que por ella misma. Los dos necesitaban cuidado y protección. Además, qué diría Obdulio, creería que era su hijo, llevaba tres meses de casada, no se habían visto desde febrero. Él no había respondido sus cartas. ¿Pero adónde le iba a escribir, si ya no estaba viviendo con sus primas? Y él no lo sabía. Esas ideas la angustiaron más que la fuga.
Llegó a la casa, oscurecía y vio encendidas las luces del salón y a Hugues detrás de la ventana.
Hacía frío, cuando entró Hugues, que la estaba esperando, le dio un abrigo, la sentó junto al fuego y no hablaron. Se veía tranquilo, parecía feliz, tomó el bolso y lo llevó al dormitorio. Fue a la cocina, sirvió sopa caliente para los dos. La tomaron en silencio junto al fuego.
En los días siguientes, los malestares y las muestras de cariño la doblegaron, pero más el temor de hacer las cosas mal y perder al hijo.
Pensó: Es lo mejor, él nos va a cuidar, es un buen hombre y me quiere. Tarde o temprano, yo también lo voy a querer.
Fue entonces cuando llegó a la conclusión de que el amor no puede partirse en dos, que si uno tiene un pedazo y se queda solo con esa parte, no sirve. Que un pedazo de amor no se regenera sino que se pudre y podrido envenena el alma. El alma envenenada mata de a poco y había en su vientre alguien vivo.
En soledad, encontró la belleza de los días de invierno, quieta en un rincón de la sala, comenzó a mirar a la mujer que la atendía. Un día habló con ella. Otra mañana, después de haber dormido mucho, no tenía idea de cuántas horas, amaneció con hambre y fue a la cocina, se preparó un té frente a dos mujeres paralizadas por su presencia. Lo tomó allí y untó unos panes con manteca y miel. Había vuelto a la vida.
Después de comer las rebanadas de pan, tomó una manzana y la comió con voracidad. Saludó a las mujeres como si las hubiera visto por primera vez, les preguntó sus nombres, las abrazó y les agradeció por sus cuidados. Estaba de vuelta.
Por esos días, empezó a ser madre. Le gustaba caminar por el parque, disfrutaba contemplar la naturaleza detenida por el frío, apreciaba los ocres; ella se sentía parte del paisaje, tan quieta y seca. Sin embargo, la savia sigue corriendo, susurró y abrazó su panza. Lo acarició a él que llegaba para sacar la espina.
Reflexionaba para comprender, para sentirse a salvo, al menos por un momento. Imaginaba cómo sería la vida con ese hijo que llamaría “papá” a Hugues, cómo haría para vivir con esa mentira y no ir a buscar a Obdulio.
Cada día es un regalo, pensaba Lila, que se recibe sin hacer o pedir nada a cambio. Ilusionarnos con obtener más (quiénes nos creemos para desear tanto), soñar con el amor absoluto, puede salir mal. La vida es mezquina también. Entonces, todo es cuestión de aceptar lo que a uno le toca. ¿Y no se puede cambiar nada? No estaba segura. Eso no le gustaba a ella, porque siempre terminaba haciendo su voluntad.

Habían transcurrido cuatro semanas desde su derrota, sería madre, una buena madre. Ya hay suficiente dolor en esta historia, pensó, y decidió darse al amor sin tristeza. Su afecto cambió de destinatario. Empezó a amar al hijo.
Una noche, muerta de frío, se acostó en la cama de Hughes, que la había estado esperando desde el primer momento, y la abrazó con ternura. Ella le pidió que no la llamara Mariagrazia, que no se sentía cómoda con ese nombre y tampoco Lila, porque le causaba pena. Entonces eligió llamarla Marì, en francés. Marì de Baux, serás desde ahora, le dijo. Y ella se dejó querer.
El amor empujaba desde adentro. En noviembre nació Marianne.
Una mañana tibia Lila sintió el cuerpo quebrado por el dolor, la espalda partida con una punzada en la cintura y supo que había llegado el día; después del nacimiento sobrevino el alivio. Desde ese instante entendió que estaba en presencia de un milagro, que la vida de la niña era mucho más que transformar el plomo en oro, más que extraer el aroma de las flores y conservarlo en un envase de vidrio, como había hecho tantas veces, era más que hacer el amor. Era el amor.
Una mujer. La criatura no dio trabajo, llegaba al mundo con alegría. Tembló como un pez que sacan del agua, aleteó entre sus piernas, se estiró cuando salió del todo y ella oyó el primer llanto.
Lila la miró, luego tocó la piel tibia y resbalosa de la recién nacida. Era tan bella, inspeccionó la boca, la nariz, las manos, los pies, el cordón umbilical, estaba todo en orden.
Entonces, se convenció de la existencia del amor absoluto. Era madre.



martes, 16 de mayo de 2017

Capítulo 15, 82/79 Los diarios del alquimista

Quince
EL ORO


Sobre la ambición desmedida
Los usos y costumbres hacen que consideremos importantes muchas cosas que no tienen sentido, algunas ofenden nuestra inteligencia o los más puros sentimientos de los seres sensibles.
Hablaremos del oro. Está claro que cuando nos referimos al oro, queremos discurrir también sobre el valor de la riqueza.
Decir que en gustos no hay nada escrito, es obvio, como que el oro es signo de opulencia y que ha sido el metal elegido en todos los tiempos. Por él se han esclavizado pueblos y hoy parece tan lejano, sin embargo, hay padres ambiciosos que entregan a sus hijas a los hombres ricos, las casan y con el matrimonio también las esclavizan.
¿Por qué no considerar la relación entre valor y precio? ¿Es lo mismo acaso?
El oro es más costoso que otros metales. ¿Sin embargo, hay algún material superior a otro, quién lo ha dicho?
Por ejemplo, ¿habrá quien piense que el oro nace noble, distinguido, aguerrido y el plomo o el bronce, por caso, son debiluchos, pobretones, tan feos que nadie los quiere?
¿Quién determinó y en qué momento que era mejor usar el oro en los atuendos reales o en los decorados suntuosos de casas y palacios?
Sabemos que reyes, faraones y sultanes lo apreciaron en Oriente, en América y en todo el mundo. Entonces, algo más representa este material: La opulencia, la soberbia, el poder. Es ése su valor simbólico.
Si un hombre, por ejemplo, es rico y otro es pobre, ¿el primero vale más que el segundo?
Si una mujer elige a un hombre rico y reniega del pobre, ¿qué, no es buena? Otra se casará con el pobre. ¿Una de las dos estará equivocada?
¿Por qué la riqueza -el oro- hace valiosos a unos hombres y miserables a otros?
¿Por qué el interés por el oro hace malvada o infiel a una mujer?
El anillo de bodas es de oro. ¿Tendría valor para la joven desposada llevar una corona de pimpollos blancos perfumados o un ramillete de flores silvestres de las sierras? Pues no, es oro lo que cierra la alianza matrimonial.
El oro tiene el poder de transformar la naturaleza de los seres, aunque sea inalterable. Corrompe, aunque es incorruptible.
Es el oro, señores, el que gana en cualquier comparación; aunque el oro destruye lo que toca, el ambicioso no lo percibe.
Estas consideraciones que exceden la química, se entiende. Hablamos de los seres humanos, claro, en relación con el material que los corrompe.
Si me dieran a elegir, prefiero el plomo, porque se ha empleado en la construcción desde la antigüedad, existen millones de kilómetros de cañerías de ese material, la tierra está conectada por tuberías de plomo. Sirve desde la época de los romanos, es útil al hombre, es barato y cumple la función que le ha tocado en la vida con humildad.
El oro ha desatado guerras, impulsado matanzas, despertó la codicia de los reyes y la fatuidad de las cortesanas.
El oro corrompe el espíritu de las mujeres que ambicionan riqueza y tienen sueños de reina, de las que desprecian el corazón de un hombre pobre, aunque sea noble.
En cambio, el plomo sirve. Quizás no sea tan malo, después de todo, que no se llegue a transformar el plomo en oro, como soñaron los alquimistas.