domingo, 3 de enero de 2016

El cazador

Me miro, no soy yo

Es otra la que habita este territorio

Mío,  viene de lejos, desde la arcaica sombra

De aquellos que anduvieron por desiertos,

De los que se refugiaron en cavernas.

No soy yo, son ellos

Los que hambrientos persiguieron

A la presa.

Yo recojí la obstinación y el cansancio

De esos hombres hoscos y desgreñadas mujeres,

Primeras madres nuestras.

No soy yo, son ellos.

Sus ojos brillaban en las sombras;

Yo también me escondí y huí,

Feroces garras,  sed de sangre.

El animal y el hombre.

El hambre y el terror.

Son ellos

Los que recogieron frutos,

Vieron la  creación completa en la semilla

Y enterraron para que brotara el mínimo universo,

Una y otra  vez.

Ahora, de mí brota la palabra secuestrada,

Enterrada,

Viva.

Son ellos, no yo,

Me habitan,

Estremecen sus voces,

Escucho  lenguas oscuras, vienen desde el fondo de la tierra,

De un tiempo desvaído.

Escribo.

Después del silencio.

Escribo.

El cazador no está. No volverá.

Ahora, puedo descansar en mí.

Ahora, escribo la palabra liberada.


lunes, 30 de noviembre de 2015

Siguen cantando


Hoy conocimos a otro nieto recuperado, ya son 119 y la madre vive. 

Siguen cantando
I        
Ronda la memoria
Son sombras esquivas. En las fábricas
Cantan las sombras,
Cantan por  la sierra.
No pudo el silencio esconder el canto.

Un día  y otro
Comienzan  a verse a los   niños escondidos
De los brazos maternos,
Un día u otro conocemos sus nombres
(Dormidos se los habrán llevado
O despiertos y en llanto
De los vientres saqueados).
Ellos cantan, siguen cantando.

No aparecieron. Los buscamos,
No alcanzó la muerte para  negarlos.
El silencio envolvió el dolor
En las salas de tortura,
En las fosas comunes,
En el Río de la Plata.
Qué solos habrán estado en el fondo del río.
El silencio es  río. Ellos siguen cantando.

Los pañuelos  se hicieron rondas,
Suplicaron en las iglesias,
Exigieron  en los cuarteles.
Qué solos habrán estado en los campos de la muerte.
El silencio tiene las botas puestas. Ellos siguen cantando.

Los hijos en el río, en las fosas comunes.
Las madres en la plaza.
Las rondas fueron madres
Han parido más plazas
Por los pueblos, aquí y allá
Sacuden  las palabras, pero el río es sordo.
Qué  frío,  el agua y el barro  en el fondo del río.
Se  rompen siniestras  las cadenas que  los atan,
Se quiebran los pactos de silencio.
Hay juicios, jueces, condenados
(Viejos en la cárcel).
Qué solos están en el fondo del río.
Ellos siguen cantando.

Los buscan.
Golpeando  las conciencias
Arrinconaron el olvido.
Los buscan,
Van cada jueves en ronda,
Van con  los sueños anudados
Sujetando recuerdos                  
En las camas deshechas  por la ausencia,
En las sillas vacías,
En las  miradas tristes.
Y van,  tejen la ronda.
Y  van, cada jueves de marcha.
Porque ellas no detienen sus pasos,
Ellos siguen cantando.

II
Una pareja de gorriones sobre la rama
Intenta trinos.
En la fosa una calavera
Pugna por salir y ser antorcha,
Hoguera que disemine fuegos.

Árbol, rama, fosa,
Son a la vez trino y fogata.
En las fosas
Se oyen,
Sobrevuelan los sueños.

Tiemblan los trinos de las  aves,
De la tierra sale el fuego y la canción.
Por rigor del destino,
La utopía  sigue entonando su canto.


III
Las rompieron,
Incansables amarraron sus zapatos al amor,
Por eso andan por ahí edificando pedazos.
Les tajearon el corazón,
Entonces cada jueves  atan  la vida a sus pañuelos.

Porque los pasos de sus madres se clavaron a la plaza,
Ellos siguen cantando.



sábado, 31 de octubre de 2015

Una mujer descalza

                   I

Una mujer vestida de fiesta
Camina con tacones
Por empedrada calle.
Tropieza con un hombre
De saco en mano
Y corbata floja.
Ambos absortos       
En las tribulaciones de los abandonados.
Se miran.                 
Se parecen. Por eso
Eligen seguir juntos.
Ella,  los zapatos en la mano,
Roto el tacón del zapato izquierdo, el del corazón;
Él,  la corbata desanudada, el pecho abierto.
Caminan,
No saben hacia dónde;
Pero la vida es sabia, piensa ella
Que cree en el destino.
Justo ahora que ya no espero nada, se dice él.
Y sonríen cuando la uña larga del meñique,
Roja, tan pétalo,  roza tímidamente
El meñique viril que se alza.

.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Los heraldos negros, César Vallejo (1892-1938)

 

 



Hay golpes en la vida, tan fuertes...Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si antes ellos,
La resaca de todo lo sufrido
Se empozara en el alma... Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
En el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los cristos del alma,
De alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre Pobre... pobre...! vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombros nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
                       
Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé!

                              

Este poema pertenece a la obra  publicada en Lima en 1918, Los heraldos negros de César Vallejo. Los  poemas  marcan una diferencia expresiva con el Modernismo, aun cuando la obra es de filiación modernista. En 1922 el autor publicará Trilce cuya poética marca la irrupción de las vanguardias.
La obra pertenece a la época en que César Vallejo era estudiante universitario, una época sacudida por cambios sociales, políticos –una mayor influencia de las fuerzas armadas y el progresivo deterioro de la oligarquía- e ideológicos, la irrupción de la filosofía marxista y del psicoanálisis.
César Vallejo fue criado en un ambiente católico, en medio de expresiones culturales encontradas donde la oralidad y el sincretismo sobrevivían al oleaje de la modernidad. El sustento ideológico y poético de Vallejo se nutrió en la multiplicidad cultural de la sociedad peruana de su tiempo. Su acendrado catolicismo se pone de manifiesto en las  alusiones religiosas que leemos en el poema Los heraldos negros: Dios, Destino, cristos del alma, charco de culpa. Sin embargo,  el texto plantea la duda del amor que prodiga  o que les arrebata Dios a los hombres. Ideas que surjan  tal vez de las  corrientes ideológicas de principios de siglo que decíamos.
El hombre y la realidad son los principales motivos de su obra, temas estos nutridos de su propia experiencia y de la de otros, la injusticia y la desesperación ante el dolor y la muerte.  
La poética de César Vallejo nace de un espíritu profundamente crítico. “Los heraldos Negros” revela su posición de compromiso ante el ser humano desgarrado por una feroz dialéctica entre el hombre y el mundo,  en el que existe sin remedio ni paliativo.

En el poema Los heraldos negros, se ponen en juego algunas ideas rectoras de la literaturidad (concepto acuñado por Jonathan Culler) por ejemplo, la idea de un discurso polivalente. La literaturidad se asocia al discurso polivalente o a un discurso portador de un sentido oculto, indirecto y suplementario. Retomando conceptos de  Roman Jakobson, los estudios literarios han de hacer del procedimiento su personaje único protagonista, el sujeto del discurso literario.

En este poema advertimos lo que los formalistas rusos denominaron la desfamiliarización o desautomatización del lenguaje. “En esencia, el concepto de desautomatización remite a una ruptura inesperada con lo previsible en aras de una intencionalidad estética” (Pozuelo Yvancos). La desautomatización o desfamiliarización del lenguaje artístico ofrece una nueva percepción de los objetos e impide una visión automatizada.


  • El análisis del poema revela el uso de procedimientos como paralelismos y repeticiones.
Hay golpes en la vida, tan fuertes ... yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma ...Yo no sé!
                               

  • En el plano del significante, emplea la rima y la aliteración.
Son pocos,  pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.*
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
         

  • Rima consonante en los versos pares.
  • Puntos suspensivos como   equivalentes del texto.
  • La aliteración: La repetición de la Pe refuerza la idea de  golpe (golpe, empozara, pocos, potros, crepitaciones, pan, puerta, pobre, palmada, culpa).


  • En el plano del significado, las metáforas golpes, resaca, potros de atilas, heraldos negros de la muerte, caídas de los cristos del alma, crepitaciones de algún pan... han sido empleadas para hablar del dolor humano. Tal vez sean sus propios dolores, porque fue la suya una vida cercada por la muerte (la de un hermano, sus padres, sus amores y sus amigos). 

El dolor del yo lírico está presente en este poema  y en  muchos otros, como en Espergesia:
 Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de ese enero.
Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Díos estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.

Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico... Y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.
Todos saben... Y no saben
que la luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el Misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,

Grave.


Vallejo dice hoy la Muerte está soldando cada lindero
a cada hebra de cabello perdido, desde la cubeta de un
frontal, donde hay algas, toronjiles que cantan divinos
almácigos en guardia, y versos antisépticos sin dueño.
LV, de Trilce

El poeta César Vallejo hizo amistad con Manuel Gonzáles Prada y Abraham Valdelomar, e integró el grupo “Colonida”, gracias a este último, enriqueció su visión del mundo a través del contacto con las nuevas corrientes artísticas europeas. A Gonzáles Prada -cuya muerte le afectó profundamente- le dedicó el poema “Los dados eternos”: Para Manuel Gonzáles Prada esta emoción bravía y selecta, una de las que, con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro. Luego de la muerte de su maestro Gonzáles Prada se evidenció la íntima desesperación y crisis  en que ya se encontraba inmerso el poeta.
Se diría que César Vallejo vivió tan cerca de la muerte que ella pasó a ser su confidente. Los versos que siguen se confirmaron con los hechos. El poeta murió en París tal como lo había escrito en Piedra negra  sobre una piedra blanca.

                             Me moriré en París con aguacero
                             Un día del cual tengo ya el recuerdo.
                             Me moriré en París – y no me corro –
                             Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
                                                 Piedra negra sobre una piedra blanca