domingo, 21 de septiembre de 2014

César Vallejo, Piedra negra sobre una piedra blanca






 "El combate que Vallejo libra con la palabra, tiene la extraña armonía de su temperamento anárquico, di­sentidor, pero no posee obligatoriamente una armonía literaria, dicho sea esto en el más ortodoxo de sus sen­tidos. Es como espectáculo humano (y no sólo como ejercicio puramente artístico) que la poesía de Vallejo fascina a su lector, pero una vez que tiene lugar ese primer asombro, todo el resto pasa a ser algo subsi­diario, por valioso e ineludible que ese resto resulte como intermediación.
      Desde el momento que el lenguaje de Vallejo no es lujo sino disputada necesidad, el poeta-lector no se detiene allí, no es encandilado. Ya que cada poema es un campo de batalla, es preciso ir más allá, buscar el fondo humano, encontrar al hombre, y entonces sí, apo­yar su actitud, participar en su emoción, asistirlo en su compromiso, sufrir con su sufrimiento. Para sus res­pectivos poetas-lectores, vale decir para sus influidos, Neruda funciona sobre todo como un paradigma literario; Vallejo, en cambio, así sea a través de sus poe­mas, como un paradigma humano."
La cita pertenece a: http://www.literatura.us/vallejo/benedetti.html


Influencia tutelar de César Vallejo en los poetas de latinoamérica, estímulo para crear desde lo más profundo del ser humano. Es uno de los poetas que más admiro. Les dejo un poema:



Piedra negra sobre una piedra blanca
[Poema: Texto completo.]
César Vallejo
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/ha/vallejo/piedra_negra_sobre_una_piedra_blanca.htm



sábado, 20 de septiembre de 2014

Bichos

Escondidos en las rocas, entre grietas azulinas, donde llega el agua de los deshielos pero no la luz, están siempre. Son unos seres extraños porque viven ocultos, a veces los  podemos ver,  pero es mejor tratar de que no lo adviertan. Todavía no se sabe cómo nos perciben. Los seres humanos no vemos con los ojos sino con el cerebro,  en cambio, es sabido que los animales, sí. Algunos lugareños nos hablaron de ellos, dicen que se parecen a los tarsios porque poseen ojos enormes, tienen la ventaja de dar vuelta el cuello 180° para vigilar durante las noches, como los búhos,  pero estos viven en las áreas tropicales; o tal vez se acerquen más a la especie bufo que son escuerzos repugnantes. La historia que relataré tiene que ver con estos  monstruos de las piedras.
No sé si ustedes han tenido una experiencia parecida, si no les pasó, ojalá no les suceda. Estábamos de vacaciones en la montaña. Hacía varios días que recorríamos la zona con un viejo peugeot 304, automóvil que marchaba por la gracia de dios y de un mecánico amigo. La cosa es que teníamos que llegar a Purmamarca, andábamos recorriendo caminos alejados de las rutas asfaltadas, sacando fotografías, admirando el paisaje. En eso el coche se detuvo. Nos miramos angustiados, pero teníamos la intención de enfrentar con optimismo lo que ocurriera. Todo es parte de la aventura, éste es nuestro lema.
Como el peugeot no quería arrancar y estaba cayendo el sol, decidimos hacer fuego y pasar la noche en un lugar protegido, un alero rocoso que seguramente habría servido de refugio a otros caminantes y a tribus del lugar hace cientos de años. Como sea, dijimos, aquí nos quedaremos  hasta mañana.
Teníamos el calor que proporcionaba  la pequeña hoguera, unas galletas de pan, queso y vino. No se precisaba otra cosa, aunque yo deseaba tener una cama limpia y unas mantas más que las que habíamos comprado en una feria esa tarde. Después de comer pequeñas porciones de pan y algo de queso, decidimos que mejor sería guardarlos por si se prolongaba la espera.
Transcurrió la primera noche sin inconvenientes, por la mañana, desarmamos las improvisadas camas, buscamos más leña para mantener el fuego encendido y tomamos café, el poco que quedaba en el termo, aunque ya estaba frío. Debo ser sincera, yo los vi esa primera noche, aunque mi marido diga que no, yo los vi. En el transcurso del día intentamos comunicarnos, no había señal, por supuesto. Organizamos turnos para estar vigilando la ruta que pasaba más abajo. Es poco transitada, pero los pueblos se comunican a través de ella. En esa época no había cosecha, seguramente el ir y venir es intenso en el verano o en temporada alta para el turismo. En esa época, no.
Preparé unos mates, calenté agua en un jarro de acero que siempre llevamos  en nuestros viajes y habría tomado unos dos o tres, cuando los vi. Entre las piedras, un resplandor. Primero pensé que eran libélulas que tienen tan grandes los ojos que  son como cascos; libélulas, porque pueden  mirar a 360° o, me dije, tal vez sean muchos ojos los que me miran. No mostraban más que eso. Me quedé paralizada, con la vista fija en ellos. No se movían. Yo tampoco. Cuando llegó mi marido, le conté. No creyó  nada de lo que le había dicho.
Todo el día esperamos la llegada de algún baqueano. Había animales pastando cerca, pero por algún motivo no se acercaban al alero. Yo creía conocer el motivo, eran esos pequeños seres quienes los alejaban  del lugar.  Las horas transcurrían monótonas, íbamos hasta la punta del camino y  volvíamos  siempre con la mirada anhelante en la ruta. Así transcurrió el  primer día.
A la noche, volvimos a repetir el ritual de transformar el campamento en dormitorio. Acostumbrados a acampar, ése no era el problema. Pero los bichos seguían allí y sólo  yo los podía ver.  No sabía qué eran y qué podrían hacernos. Quizá fueran carniceros, por eso los animales no llegaban al alero, no se veía desechos de llamas o vicuñas, pero sí algo parecido a lo que defecan los murciélagos. Murciélagos, claro, podrían ser murciélagos.
Pasaron dos días desde que el viejo automóvil se había quedado en medio de la montaña. Perdidos, sin alimentos masticamos algunas hojas de coca que llevábamos como souvenir. El hambre se demoraba en llegar, no teníamos comida, la suciedad, la ropa  inadecuada, la falta de  utensilios nos preocupaba, pero el dormir mal, el alerta permanente era agotador. Decidimos dormir y vigilar por turnos. Al menos uno de los dos descansaría. El problema para mí eran ellos, esos pequeños monstruos que no se dejaban ver, pero que siempre me miraban. Pasaba las horas preguntándome cómo serían, tendrían cola, orejas grandes, alas, hocico, garras; podía estar segura de que eran pequeños porque vivían entre las piedras.



Ahora estoy sola, él decidió por los dos. Iría caminando  hasta encontrar ayuda,  uno de nosotros debería seguir insistiendo con el peugeot. Darle  arranque, una, dos, tres veces y esperar. Así,  repetir la acción, dejar,  porque podía estar apunado. Me quedé sola. Lo vi alejarse, esquivar las piedras  que obstaculizan el paso, descansar a la sombra de algún árbol achaparrado, pude verlo hasta que los pinos y alisos del cerro me lo permitieron. Llegaría hasta la ruta dando la vuelta a las estribaciones rosadas, encontraría un paso próximo o un  atajo, siempre que  no se equivocara y se perdiera en la selva. Confiaría en su maravilloso sentido de orientación.
No sé cuántos días van, sigo mirando la grieta, sé que me espían sin parar. Ignoro cuándo vendrá mi esposo, me abandonó aquí, en la alta montaña; quizá él tampoco llegó a destino. Frente a mí el camino está cada vez más lejano, pienso que no nos encontrarán más. Los pastizales parecen siluetas humanas, se agitan, se doblan, me ilusiono con la llegada y el rescate. Debo tener fe, me digo. Sin embargo, son ellos los que me dan fuerzas para no dejarme vencer por la situación. Sin ellos ya me hubiera abandonado, pero, no. Si me duermo, ellos  van a venir sobre mí. Cuando me duerma, saldrán y caminarán por mi cuerpo. Querrán devorarme, pienso en lo peor. El alero les pertenece. Son los monstruos de las rocas, me digo. No puedo cerrar los ojos, porque sus ojos no se cerraron hasta ahora, me siguen mirando. No tendré descanso si no dejan de mirarme.
Por eso escribo, no paro de escribir, les cuento la historia para que tengan cuidado, si vienen a la montaña no se aparten de la ruta principal, porque es mejor no  cruzarse  con ellos; escribo para contar una aventura, también para disfrutar del hecho de escribir. Comencé en tiempo pasado por razones lógicas, superado el problema, a salvo,  acabaría el cuento en el hotel y lo publicaría, de ser posible, en alguna comunidad de escritores. Sin embargo, pienso amargamente que no sucederá así. No sé  si podré terminarlo, cómo seguir la historia si yo ya no tengo fuerzas. Uno tiene dominio sobre lo que escribe, pero la vida no es literatura y muchas veces sobreviene lo inesperado, hasta lo fatal.
Me siento débil y cansada.Ya están saliendo de su escondite. Son cientos, miles,  avanzan como ejércitos, los ojos saltones resplandecen. Ya subieron hasta la rodilla de la pierna izquierda, trato de sacarlos con el pie derecho pero unos cuantos se lanzan sobre él y no lo puedo mover, me han inoculado su veneno, pienso. Siento la irritación inicial en la piel,  una especie de mareo.  Dejan sobre mi cuerpo una sustancia  como baba blanca, grasosa y venenosa que, ahora  recuerdo porque lo he leído en algunas obras de zoología, puede llegar a provocar la muerte. Paralizada, los veo cerca de mi cara, no quiero mirarlos. Por fin, me decido y cierro los ojos.



viernes, 19 de septiembre de 2014

El corazón de Poe

No puede ser cierto. Esto no me está pasando. Miro el reloj, dan las tres y media. Exacto, porque hace unos días, el martes fue que le cambiaron las pilas. No, tal vez haya sido el miércoles porque él vino a verme después de que me cansé de esperarlo. Estoy aquí con estos dos hombres de batas blancas que quieren darme sedantes. Ahora no tengo que tomarlos, son las tres y media. Me fuerzan, les explico lo que ocurrió, confieso, no me escuchan.
Nadie sabe por lo que yo pasé, por eso no me creen ni me van a creer, si estuvieran conmigo mañana, tarde y noche, si hubieran conocido mis sentimientos, mi amor prohibido, me creerían. Pero a él nadie lo ha visto conmigo, cuando hablamos estamos solos. En realidad, no solos, pero sí alejados de los demás; por ejemplo, en la biblioteca, entre el segundo y el tercer pasillo, mientras busco o hago que busco algún libro de Poe, él dice que también  le gustan sus cuentos,  sobre todo “El corazón delator”; a veces nos encontramos a hurtadillas  cuando camino, voy y vengo entre la M y la N. La B de Borges está muy cerca de la señora Elvira que siempre me mira de reojo y se hace la disimulada, para que me crea que hace otra cosa y no me está viendo, pero  sí me observa, yo lo sé, no me quita los ojos de encima, me atormenta esa  mirada  de buitre y yo me escapo hasta la X-Y-Z que están lejos, en un pasillo estrecho, porque son menos autores o en esta biblioteca no tienen tantos volúmenes, vaya a  saber.
Como les decía,  “El corazón delator” era uno de sus preferidos, digo ahora “era” porque ya no lo volverá a leer, no vamos a volver a discutir si el personaje estaba loco o era un criminal o si se había vengado del viejo. El corazón, les repito,  lo arranqué, lo llevé hasta el final de la sala, lo dejé bajo el piso de madera, en la hemeroteca, una pequeña habitación que debe haber sido construida como sanitario y que, con el tiempo, seguramente  le habrán asignado  otra función. El olor fuerte a papeles amarillentos y telas envejecidas o a pis de gato me produce náuseas, pienso en el olor a desechos humanos. Me repito que el lugar fue un baño y las imágenes que se suceden me provocan más ganas de vomitar. Pienso en la sangre tibia, en el músculo que latía.
Desde el día en que se incorporó  a la biblioteca el señor  Funes, el nuevo empleado,  no dejamos de frecuentarnos, nos vimos allí, en la sala de lectura, en la puerta del hotel donde se hospedaba, en el bar de la esquina, en las camas de los hoteles próximos al hospital, menos en mi casa. Allí, no. El señor Funes era un buen amigo. Nada más. Aunque yo haya querido tener algo más formal. Todo terminó el  martes, sí, ese día yo fui hasta el hotelucho donde se instaló hace unos meses y me recibió la esposa, una chica rubia con rulos enormes y carita de niña. No sé qué me molestó más, si saber que me había engañado o verla a ella tan hermosa y frágil. Sí, no  puede ser tan hermosa, tan buena, casi inocente, yo no le creo, ésta es una harpía que se la da de buenita. Como les decía, hablé con ella, me dijo que él dormía y que le dejara el mensaje, que se lo daría más tarde. Le dije que no, que volvería. Volví varias veces al  lugar. No me atendió.  Finalmente, le di un mensaje a ella para que le avisara que  lo estaría esperando en la biblioteca a las tres de la tarde del jueves, por hoy. Él no me atendió, les dije. La vi temerosa, no sé por qué. Me dio tanta rabia que no sé qué hubiera hecho. Entonces, decidí que  debía terminar mi historia con Funes.
Cuando llegué a la cita, miré el reloj, eran las tres de la tarde, yo ya estaba allí y él no había llegado aún; relajada en su sillón, estaba la señora  Elvira, un vejestorio agrio y sereno, quien  recibe a los lectores y les informa que sólo los internos y el personal pueden acceder al material, aunque los acompañantes también tienen permiso. Hace muchos años que ocupa el puesto con ínfulas de reina en su trono y a mí me apena. Digo que eran las tres, porque habitualmente a esa hora se retira y llega el bibliotecario. Siempre prefiero ir en ese momento, porque estamos a solas el nuevo y yo. Claro que  todo cambió hoy.
Me preguntan cómo fue. Llegó  Funes,  se sacó los anteojos, me buscó por la sala, caminó entre los estantes y fue  en la P, ante los libros de Poe donde le quité el corazón del pecho, sin que se pudiera defender. No lo esperaba. Me miró con tristeza, chilló, se desangró muy rápido. Entonces, corrí hasta la hemeroteca con el corazón en las manos, levanté las dos tablas flojas del rincón y lo dejé allí. Si no me creen, vayan a ver.  No fue por venganza, fue por amor.  Dejé el corazón latiendo y vine a confesarlo.



Cuando llegó la hora del relevo, la señora Elvira no pudo retirarse, Funes no llegaba, se preparó un café con leche, lo tomó con lentitud, comió unas galletas y pensó que ésta sería la  única ingesta durante horas.  Regresó a su escritorio cuando escuchó ruidos extraños en la sala de lectura. Desde un correo electrónico le pedían que  se quedara hasta las seis;  Funes había tomado  licencia por unos días sin avisarle. Caminó lentamente por los pasillos buscando algo que hacer; para su sorpresa encontró  libros caídos en el sector P- Q, los acomodó cada uno en su sitio, salvo “El corazón delator” de Poe que no  halló entre los demás y pensó que se habría colado en otro lugar por descuido.
Pasadas las tres, algunos pacientes comenzaron a llegar como todas las tardes; aquellos que podían leer y no estaban dopados por los tratamientos  hablaban con la señora, pedían libros. De a poco eligieron las obras, estaban también los que preferían jugar un solitario. Le extrañó que aún la vieja profesora de literatura  no estuviera en la sala  para leer sus cuentos favoritos. La paciente  concurría todos los días, pero éste no había llegado, le preguntó a un enfermero y le informó que la habían aislado.
Sola  en la habitación, comenzaba a aliviarse por efectos de la sedación. Había enmudecido. Pensaba que Funes ya no estaría en su vida, que lo había arrancado con violencia para siempre. Pero aún sentía el corazón caliente latiendo en sus manos, corría llevándolo como un tesoro por los pasillos de  la biblioteca, mientras caían libros de los estantes desbaratados en la huida.

domingo, 14 de septiembre de 2014

Lluvia


Hace días que llueve. No podemos salir porque el canal que corre por la calle nos  deja de un lado o de otro. Los que estamos  en las quintas hemos quedado aislados. El barrio no queda muy lejos del centro de la ciudad, pero parece otro país, otro mundo. Por las dudas siempre tenemos provisiones, el botiquín por si alguien se accidenta, analgésicos para mitigar los dolores de cabeza que tiene mi madre frecuentemente, aunque hace un tiempo que no la atacan.
Llueve  de modo lento y persistente, más que agua pareciera que algún líquido viscoso cae desde los  techos que nos cubren. Sólo nos asomamos por las ventanas o las puertas entreabiertas para ver si deja de caer agua o si alguien de la municipalidad llega a rescatarnos.  Esto no sucedía antes, en algún momento el agua se adueñó de la calle y aquí quedamos atascados.
Estamos insensibles al amor, al sexo y al hambre desde que nos cerraron la calle y no pudimos cruzar. La atmósfera pesada y gris nos produce sueño, no hacemos más que dormir, casi no comemos, nos hemos olvidado del hambre aquí abajo, con este sopor de siesta húmeda. Para sorpresa de todos, las mujeres han estado muy calladas, los más jóvenes se ven inquietos. El perro ladra cada vez que nos movemos, le inspiramos miedo, está claro, porque se le erizan los pelos, nos olisquea y sale corriendo. Algo debe haber en el ambiente en estos días.
Al fin, de a poco dejó de llover, el cielo se aclaró, sin embargo nosotros seguimos detenidos aquí abajo, cerca del centro de la ciudad pero lejos del mundo de los vivos.

La ventana rota



  Me cubro con la sábana y ese acto insignificante me devuelve  la tranquilidad; no me ven, es mejor no ser visto. Custodio la propiedad desde  mi cama de diseño antiguo a la que debí quitarle  el dosel, porque me causaba una extraña impresión  que minúsculos ojos  me miraran entre los pliegues de las telas de damasco. Deseché el armazón y a quienes lo habitaban. Hoy vuelvo a estar vigilante, insomne ante las dudas que  no me permiten dormir. No es posible que hubieran entrado, me pregunto cuándo habrá sido. Comienzo  a dirigir mis pensamientos hacia el reducido espacio  en el que estoy, a ordenarlos, a encarrilar el tiempo que empleo minuto a minuto en el plan de descubrir  la verdad, aunque no lo consiga.
  Me enfrasco en  la tarea febril de reconstruir los últimos hechos con la mayor precisión y detalle. Ya ha sucedido antes. Ahora está  pasando lo mismo. Primero me agita la sospecha, algún ruido me pone en alerta, sigilosamente los acecho, recorro la sala, el altillo, el cuarto de huéspedes, sin que se dejen ver, claro. Entonces, decido  acostarme aunque no pueda dormir. El dormitorio es una fortaleza, ya llevo tres noches así.
  La puerta está cerrada, me digo, las ventanas también. Mentalmente voy y vengo hasta la puerta de entrada  para revisar el momento en que la he cerrado. Entré, dejé el maletín en la mesa  tratando de no  rayar el vidrio; el bolso, sobre el sillón de pana gris;  la chaqueta en el respaldo de la silla, sin que alcance a tocar el suelo. Cerrada. La puerta está cerrada. Ahora, la ventana  de la cocina que tiene una hoja entreabierta,  porque se le ha roto una bisagra  y está así  desde hace tres días. El portero no pudo encontrar al carpintero para que la arregle, entonces la até con hilos de algodón y cables; al día siguiente,  reforcé las ataduras con alambres que encontré en la obra en construcción de al lado; lo  insólito es que se rompió de un momento para otro, sin que yo la haya abierto o quizás alguien o algunos trataron de forzarla, si bien  mi departamento está en un sexto piso y sería muy difícil acceder a él desde la construcción lindera. No se puede cerrar, pero tampoco abrir, eso me tranquiliza un poco.
  En el ascensor no vi nada extraño, pero  debo reconocer  que tuvo una falla. Se había detenido en el segundo piso, luego arrancó solo y se volvió a detener. No  es posible que sucediera  allí. Si hubieran estado en el ascensor lo habría advertido. Éramos sólo tres personas. La señora del cuarto que  saca al caniche a la misma hora, un señor  de traje oscuro, que no es del edificio, no  lo he visto antes  como a otros que traen  ropa de la tintorería o los pedidos del supermercado de la esquina,  el último en ascender  al pequeño cubículo de acero fui yo. Pensándolo bien, qué hace ese sujeto en el edificio, quién es. Tal vez sería mejor preguntarse quién diablos entra a la casa de uno sin ser visto y sin invitación. Ésa es la pregunta. Quiénes son y por qué me atormentan desde hace setenta y dos horas.
  En la cama, espero que salgan.  Fui minucioso al revisar  mentalmente cada rincón, las cajas están alineadas como las he dejado, los zapatos, también; al armario no he llegado aún, me intimidan las siluetas vacías que cuelgan de las perchas. Sólo algo ha cambiado, hay una puerta entreabierta, observo cuántos milímetros avanzan abriéndola, veo que  asoma una manga o es mi idea, no lo sé.
  Escucho ruidos confusos, aunque suene el timbre o los vecinos griten, no abriré, nada ni nadie puede hacer que deje  de cuidar mi territorio, debo velar la noche entera. Necesito saber si ellos se mostrarán para verlos al fin. Me desespera ignorar  cuándo lo harán. De golpe, advierto que me llaman por mi nombre, me sacuden, algo ciñe mis brazos,  no puedo hablar, ni gritar. Quiero escapar, decirles que no me voy a ir de  mi casa, que no pueden usurparla, no está en venta. No se alquila. Que me dejen, que no se metan en mi vida. Mis cosas no se tocan, grito enfurecido, no me oyen. Ya es tarde,  la ventana está abierta, la puerta también. Ellos se salieron con la suya esta vez.
                

domingo, 31 de agosto de 2014

París






Ciudad, espiral urbano,
Me pierdo entre tus árboles, anido
Canturreando feliz por las avenidas y jardines;
Iluminada reescribo una historia
En la piedra gris de tus fachadas.
Ciudad napoleónica, se expande el río
De   tus calles,                            
Un delta revolucionado se eleva
Con la torre que es vigía y monumento,
Vertical de hierro,
Símbolo de la era industrial.
El  Sena sereno
Acaricia tus costados, rodea la isla original,
Lame la tierra, 
Humedece, unta las riberas,
Persistente señala la curva de  los meandros.
Me enredo en tus pasajes antiguos,
Atravieso puentes,
Sin descanso transito
Por las calles del Barrio Latino,
O de Montmartre,
Se extravía el aliento al escalar los peldaños
A Sacré Coeur,
Me miran los espejos de los salones
En Versalles, retozo en sus jardines reales.
Lujosa y cegadora, gótica y moderna,
Así es París.