sábado, 25 de octubre de 2014

Las Amadas

“El hombre a nuestros pies se moría. Yo pensé que no le había temblado el pulso al que lo arregló. El hombre, sin embargo, era duro”. Hombre de la esquina rosada, Jorge Luis Borges. Historia Universal de la Infamia
                                                                                                                      


No es casual que no se hayan casado, ni tengan hijos.  Ocultan la edad que tienen, son altas y  delgadas, llevan las camisas abiertas y las faldas largas sobre tacones, eternamente chic, aunque el cabello fino  y la larga trenza, las caderas un poco anchas y los labios pintados de  rojo intenso delatan la edad de las Amadas.  Desde que me fui, no he sabido nada de ellas. Las volví a ver esta mañana al salir de la sucursal del Banco Provincia y recordé la historia. Quién no las conoce en el pueblo, quiénes no han pasado por sus camas; quizá alguno que otro haya mentido,  mintieron, casi  seguro,  para no ser menos que los amigos.
La historia del hecho sangriento, la tragedia que signó sus vidas todavía se repite, aunque con menos fuerza que antes. Sabemos que la proximidad temporal de lo ocurrido hace que el relato se  multiplique; en el pueblo, cuando pasa algo extraordinario, es decir,  cuando se rompe la aparente armonía instalada por las buenas costumbres, el suceso  se reproduce de manera infinita, cada uno lo cuenta una y cien veces de  distinto modo, agregando o quitando partes, es una infamia colectiva;  se construyen hipótesis, se mata y se resucita, a nadie le importa la verdad; así funciona el chisme, como la literatura; no es la veracidad de los hechos,  al fin y al cabo, lo que importa, sino el modo de narrarlos, el mantenerlos vivos  en la memoria de los otros; repiten  hasta que se aburren o aparece otro episodio para contar. Peleas, muertes, robos o estafas, aunque sean  mínimas historias de vida, son relatados una y otra vez,  transformados en verdaderas tragedias  y los protagonistas pasan a ser héroes o villanos de la noche a la mañana. Así es la vida  en los pueblos de provincia, donde casi nunca pasa nada extraordinario, salvo excepciones, como el hecho  que recuerdo ahora, después de  ver a las Amadas.
La historia  que ha sido narrada infinitas veces  es la siguiente:
Cuentan los que saben que Merceditas Araujo, la mayor de las Amadas,  tenía un amorío con alguien, un hombre casado, un hombre  importante como el jefe de la estación,  tal vez un viajante de medias  o el presidente del Club Belgrano. Las otras dos, porque no les dije que son tres, Mercedes Araujo,  Beatriz Araujo y Emma Araujo, todas hijas de la misma madre y a lo mejor del mismo padre, se parecían físicamente.  Vivían en la casa con la madre, en las afueras, como yendo para el campo unas dos cuadras. La de doña Antonita Jiménez de Araujo  era una casona grande, había sido una quinta elegante en los  primeros años del Siglo XX, sólida como las construcciones  italianas; se accedía a la  galería por una escalera de mármol, con pisos en damero, el lugar más fresco y  agradable de la casa, con  ventanas enrejadas donde trepaban  rosales y jazmines.  Esa construcción la había heredado su finado esposo de la familia de su primera mujer. Después de los funerales, Antonita se acercó para ofrecer ayuda en los quehaceres domésticos por unos pocos pesos, como pueda, don, en casa la estamos pasando mal galgueamos de lo lindo pero si uste me conchaba le aseguro que no le voy a fallar. El viudo y  Antonita  vivieron  juntos en la casa a los seis meses del entierro de la finada,   duelo breve si los hay.  Pero el marido se fue pronto también, después de que Antonita pariera las tres hembras y, muerto accidentalmente o por mala enfermedad, bien no sé, también  dejó  la propiedad como herencia.
La señora Araujo, la madre de las Amadas, rezaba sus oraciones al alba, iba todas las tardes a misa y no tenía mucho contacto con  las vecinas, salvo con don Roque, el jardinero y su esposa, la Nené. Silenciosa y con cara de pocos amigos, nadie se atrevía a preguntar sobre las niñas, mucho menos después de lo ocurrido aquella noche, durante la fiesta  de aniversario del Club Atlético Belgrano. Merceditas era muy elegante, llamativa, se reía y mostraba la blanca dentadura que nos enamoraba a todos. La dos más chicas, las mellizas, eran más flacuchas, menos provocativas, pero  igual de cariñosas. No se sabe cómo ocurrió, pero en medio de la fiesta, mientras sonaban los pasodobles y rancheras, un mozo bien vestido que había salido del baile con Merceditas, regresó al salón como si lo estuvieran empujando, tambaleándose, entró y se desparramó entre la gente, con la cabeza ladeada y mirando hacia la puerta. Era costumbre que se regara cada tanto la pista de tierra para que no levantaran polvo.  Por eso, la cara,  el cuello de la camisa almidonada y los puños quedaron manchados con  barro; el hombre yacía en  un charco de sangre y orines. Entretenidos  los bailarines, se corrieron un poco para darle lugar, pero  siguieron  bailando, recorriendo el círculo imaginario, seduciendo a sus parejas, pensaron que se trataba de  un borracho, hasta que entró la chica dando gritos, despeinada y con la ropa descompuesta. No estaba ebrio, lo habían acuchillado en el campito donde dejaban los coches estacionados, eso dijo la Merceditas, yo me acuerdo bien de la cara pálida que tenía y el contraste con los labios rojos, nunca  pude olvidarla, parecía un espectro escapado del infierno, la pobre.  
Cuando llegó el  comisario Ramuspi, un gordo amigable y sordo, quiso saber qué había pasado,  nadie pudo explicar,  excepto la muchacha. Dicen que la llevó detenida  y al no tener pruebas, no se llegó a  comprobar que ella había sido la autora del hecho. El comisario la mandó a la casa y cerró la investigación.  El muerto era un forastero, nadie  lo había reclamado,  consultadas las autoridades, lo enterraron en el cementerio bajo el nombre que decían los documentos hallados en su poder: Rosendo Juárez. La madre y las tres  hijas se encargaron durante años de mandar viandas a la comisaría como muestras de agradecimiento. Mucho se habló de lo ocurrido en el baile del Club Atlético Belgrano, si hasta salió en el diario, guardé el recorte porque hablaba de mi pueblo.
Pasaron los años, tal vez dos o tres  y Emma empezó a noviar con un extranjero, dueño de  una licorería que viajaba a la Argentina pero residía en Francia, eso decían en el club. Merceditas estaba más recatada, seguía viendo a escondidas a su amante y Beatriz no tenía candidato, sin embargo, la vida de las tres estaba siempre en boca de todos. Ya no eran tan lindas, ni tan jóvenes. Yo las dejé de ver al poco tiempo de que el francés abandonara  a Emma y doña Antonita lo corriera con una escopeta de caño recortado. Dicen que le gritaba a vos también te vamos  a hacer cagar hijo de puta a mis pobres hijas no las van a joder más. Me fui sin despedirme, por si acaso me pasara lo mismo.
Desde que me jubilé como viajante de indumentaria  femenina  y representante de hilos Cadena, pensé en volver al pueblo. Uno recuerda con nostalgia el pasado y lo vuelve mitológico; hay cosas que nos  quedan grabadas para siempre, aunque distorsionadas;  tal vez sintamos indulgencia por nosotros mismos y dejamos que el pibe ése que vive en nuestro interior crea lo que quiera creer;  silenciamos algunas cosas y engrandecemos otras; nos conformamos por piedad, por ternura o por miedo;  nos consentimos como se consiente a un niño. Recordamos, sin embargo la verdad se opaca por los recuerdos. No sé por qué se me vino a la cabeza todo esto. Será porque la volví a ver y me volví loco, como antes; será porque me saludó con esa sonrisa, con los hoyuelos  que se le forman cuando sonríe, será por el tono cálido de su voz, por el que casi mato o me dejo matar. Porque el cuchillo lo sacó primero  el otro,  cuando la tomé de la cintura  y le dije que se fuera para adentro, vi relucir el acero  y ella se adelantó y no sé cómo hizo, pero  le retorció el brazo y le enterró  la hoja  en el vientre.  Chilló como un chancho el hijo de puta, les juro.
Así no más.  Lo carneó como a un chancho y el tipo me miró, entró a la fiesta tambaleando como borracho, cayó mirando hacia la salida como buscando algo o a alguien; detrás, ella. Yo la veía de espalda, despeinada, agitada, como quien ha sufrido un ataque. Dijeron en aquel tiempo que Borges conoció los hechos y los escribió en un cuento,  aunque los  cambió, porque  ni  los nombres, ni la época son los mismos. Seguía sonando la música, ahora  tocaban tangos y milongas  y meta dar vueltas por la pista, como en una calesita, una pareja detrás de la otra al ritmo de la orquesta típica. El moribundo boqueaba  a un lado, sólo unos pocos mirones lo rodeaban.
Vacilante, con náuseas, me quedé en la puerta para ver  qué pasaba y escapar, si hubiera hecho falta; aunque ella me había dicho algo que no he podido decir a nadie ni olvidar. Sosteniendo firme el cuchillo en la panza del forastero, sin hacer caso de la sangre que caía, me dijo quedáte tranquilo aquí no pasó nada yo sé lo que te digo no seas flojo a mi vieja le pasó ya con el marido y ni la llevaron presa no pasó nada vos no viste ni sabés nada no iba a dejar que te abriera la panza a vos. Sí, el hombre aquél  se fue muriendo con los ojos clavados en mis ojos. Por eso me fui del pueblo. Merceditas conmigo era puro amor y mi mujer  era una santa que nunca se enteró de  nada, pero pensé que era  mejor olvidar; porque las Amadas son  así, capaces de todo por amor y yo, no.






jueves, 16 de octubre de 2014

Te quedarás

Por la amistad que nos unió, Te quedarás.
           














                                                                             Poema dedicado a Silvina

         
            La noche  avanza,
Lleva en las entrañas los filos de la ambición,
Que vive en un enorme ombligo, en las manos
Cargadas de oro,
En las miradas astutas y afiebradas.
Corta la carne, corrompe.
                   
            Hay sombras sobre los esqueletos.
Ríe la muerte cuando gana la batalla.
No sabemos cuándo será el encuentro,
Viene andando
Desde el fondo de la noche más terrible.
Gimen                
Solos
Los señalados
Antes de decir adiós.

Sin embargo, el que amó no se va
Por  la risa que ha reído sin avaricia,
No,
Por los actos ínfimos, genuinos,
Son besos, caricias, arrullos, abrazos
Que en algún lugar nos sobreviven.
            Son amores puros que lo pueden todo.
            Más allá, más acá, te quedarás,
            Me quedaré
            Para siempre.



lunes, 29 de septiembre de 2014

Pablo Neruda, La palabra





La palabra
Pablo Neruda
De Confieso que he vivido




Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Adiós


“y aunque la línea está cortada señalando el fin
yo sólo digo adiós hasta que nos veamos de nuevo.”
 Bob Dylan

No es cierto que te fuiste, estás. Cuando te vi la primera vez, salías del bar de Tito, en la esquina, ibas con dos de tus amigas. No tenías más de dieciocho años, delgada, casi demasiado. El pelo negro, lacio y fino con una cola de caballo. Siempre con tus libros. Con los apuntes o los textos de edición barata  que conseguías en el kiosco de diarios y revistas. Leías literatura. Eso me dio aliento. Podía ver levemente qué leías. Era una colección de Centro Editor de América Latina. No sabía tu nombre. Eras para mí, la piba.
No te fuiste, te llevaron. La segunda vez, te tropezaste justo frente a mi ventana de minusválido que mira el mundo desde una cama o llega hasta donde puede con una silla de ruedas. Vos tenías las piernas largas y te movías como una bailarina, despreocupada. Eras linda. Así te tengo adherida a mis recuerdos.
Hay una  línea frágil entre la realidad y lo engañoso de los recuerdos. No sé cuándo te hablé por última vez, pero sí recuerdo la primera. Volvía del gimnasio, había decidido levantarme de la cama de inválido y fortalecer mis brazos para andar en dos ruedas fuera de mi casa. Casi te me caés encima cuando, al salir del bar, me regalaste una sonrisa y un “perdoná soy una tonta” “¿estás bien?”. Iluminaste mi vida. Como conocía tus horarios, seguimos encontrándonos con una pretendida casualidad, sólo nos saludábamos. Hasta que me decidí y te invité a tomar un café. Desde aquel día, fui construyendo  una realidad ilusoria. Los jueves fueron maravillosos porque te esperaba y nos encontrábamos en el bar,  donde Tito tenía reservada la mesa del rincón, que me permitía estar con la silla sin entorpecer el paso a los clientes. No pensaba en nada más que en tus cabellos negros y en tus ojos. Eras todo en mi vida. Cuando llegaba a mi casa, la fatiga me obligaba a ir a la cama, aunque  en aquel tiempo conocí la felicidad. Me diste alas.
El momento más feliz fue cuando dijiste “vamos a caminar” y me miraste, esperabas mi enojo, te sentiste cruel,  pero yo me reí de la cara de susto que tenías. Y nos fuimos hasta el parque. Me ayudabas a cruzar las calles, sostenías la silla para bajar de las veredas sin rampas, me avisabas de las baldosas rotas y te sorprendías por el deterioro de las veredas, las bajadas abruptas, la estrechez del paso, los timbres y porteros eléctricos demasiado altos. Tenías la risa fácil, te reías porque sí. Cantábamos las canciones de Almendra y me escuchabas divertida desafinando “muchacha ojos de papel”. Pero estallabas indignada cuando  hablábamos de la realidad que yo no alcanzaba a ver como vos, cuando discutíamos con tus amigos acerca del peronismo o de la vida y del trabajo en las villas.
Recuerdo que habían matado  en una manifestación  a un estudiante de medicina en Corrientes. Cuando se manifestaron aquí por aquella represión, los estudiantes también fueron reprimidos por la policía que asesinó a otro estudiante de 22 años. Siguió más violencia y más represión ante las manifestaciones populares de repudio. Era el Rosariazo y nosotros dos estábamos allí, entre las barricadas levantadas con mesas, sillas, cartones, cajones y todo lo que nos arrojaban los vecinos para encender y la policía que arrojaba gases. Nos separamos en la confusión, tuve miedo por vos y también por mí. Me llevaron unos tipos amables,  porque pensaron que yo estaba involuntariamente en medio de la batalla. Me vieron y me llevaron al hospital. Mi padre fue a buscarme a las dos horas. A la piba no  la volví a ver por unos días. Algo había cambiado en ella. Lo supe al verla.  La ocupación militar de la ciudad hizo que todo se fuera transformando. Se espaciaron nuestros encuentros.
Pasamos dos meses sin vernos. Cuando la encontré en la calle, estaba con su novio. Nos contamos en pocos minutos cómo andábamos y qué hacíamos por esos días, como por compromiso. Se me vino el mundo abajo. Todo bien, ella no se iba a fijar en mí. Nunca lo esperé por mi escasa salud, no puedo ser  torpe, me dije siempre. Por eso fui muy cuidadoso para no perderla, para no escucharle decir estás loco si somos amigos si te quiero como a un hermano. No, jamás iba a ponerme en ese lugar. Lisiado, sí, no estúpido. Quise ser el que ella quería, a pesar de que nos separaban tantas cosas. Qué es lo que lo mueve a uno a ser alguien, a ser esta persona y no otra; qué nos anima, cuánto somos  o no somos por la mirada del otro. Ella tenía puesta la mirada en el flaco que la llevaba de la mano. Antes, nosotros hablábamos de Borges y de Cortázar, polémicas tipo River - Boca, no poníamos en tela de juicio el talento, éramos respetuosos de los maestros, pero sus  miradas políticas tan opuestas abrían debates interminables a los que se nos sumaban sus amigos de filosofía y letras. El tema de la realidad y lo fantástico nos acercaba, era un punto a mi favor. Cuánto hay de irreal en lo que creemos real, aún hoy me pregunto. Ella, me digo, como lo fantástico  iluminaba por un instante lo que existía dentro y fuera de mí, creó con su presencia una incertidumbre acerca de la realidad. Pude percibir lo ilusorio de la realidad. Lo ilusorio también de mi amor por ella.
En los años siguientes, sólo nos encontramos casualmente un par de veces. La extraño. Extraño a esa amiga del bar, su compañía, transitar las veredas, que por su alegría eran más leves.
Una tarde regresó. Esa tarde, casi a las 7, ya estaba oscureciendo, me acuerdo porque en otoño comienzan a acortarse los días y el barrio se detiene más temprano; había poca luz en la calle, el bar de Tito tenía  pocos clientes, desde la cama podía ver todo el lugar. Llegó desabrigada, sin campera, con un diario y un paquete, sola. Se encontró con alguien,  le entregó el diario enrollado, hablaron fuera del bar, discutían creo, el tipo la tomó del brazo por la fuerza,  pero la soltó  y se fue caminando con  apuro. Ella miró hacia mi casa, levantó la mano por las dudas, me había dicho, cada vez que pase voy a saludar por si estás allí como un rey entre almohadones y sedas y me ves a mí, tu única súbdita que te adora. Entonces, discutíamos si correspondía súbdita o súbdito, gerente o gerenta, nos reíamos mucho porque llegábamos a lo absurdo del lenguaje por caminos insospechados.  Saludó sin saber que estaba mirándola y se perdió al doblar la esquina. No volvimos a hablar. No volví a verte.
Aquella noche murieron no se sabe cuántos en un enfrentamiento y cuántos fusilados. Todos muy jóvenes. La policía hizo allanamientos y detenciones. Llegaron hasta mi casa, la buscaban a la piba, Nora Donelli. Mis padres negaron conocerla, que yo tuviera algo  que ver con ella, afirmaban que hacía seis meses que no salía de mi habitación. Mi hijo es un lisiado, no un subversivo, por favor. Se fueron, creo que convencidos. Muchos estudiantes fueron detenidos en esos procedimientos policiales y militares. La línea señalaba el final, piba.
No supe nada de Nora Donelli hasta que Tito me lo dijo. Había superado una afección respiratoria y estaba aprovechando los días buenos para salir con mi silla. El bar siempre está más tranquilo después de la hora almuerzo. Tito me lo dijo, ¿vos sabés lo de la piba, no? Se los chuparon a todos, se los llevaron,  soltaron a dos o tres de los que venían al bar, pero a los demás, no.  De ella, nada, ni rastros. Levantaste la mano derecha con una sonrisa, te acomodaste el cabello detrás de la oreja y te fuiste para siempre. Sin embargo, yo sólo te dije hasta pronto, piba.
                                




Para seguir leyendo: Sobre el Rosariazo 



http://www.unr.edu.ar/noticia/1537/recordando-el-rosariazo-


               

domingo, 21 de septiembre de 2014

César Vallejo, Piedra negra sobre una piedra blanca






 "El combate que Vallejo libra con la palabra, tiene la extraña armonía de su temperamento anárquico, di­sentidor, pero no posee obligatoriamente una armonía literaria, dicho sea esto en el más ortodoxo de sus sen­tidos. Es como espectáculo humano (y no sólo como ejercicio puramente artístico) que la poesía de Vallejo fascina a su lector, pero una vez que tiene lugar ese primer asombro, todo el resto pasa a ser algo subsi­diario, por valioso e ineludible que ese resto resulte como intermediación.
      Desde el momento que el lenguaje de Vallejo no es lujo sino disputada necesidad, el poeta-lector no se detiene allí, no es encandilado. Ya que cada poema es un campo de batalla, es preciso ir más allá, buscar el fondo humano, encontrar al hombre, y entonces sí, apo­yar su actitud, participar en su emoción, asistirlo en su compromiso, sufrir con su sufrimiento. Para sus res­pectivos poetas-lectores, vale decir para sus influidos, Neruda funciona sobre todo como un paradigma literario; Vallejo, en cambio, así sea a través de sus poe­mas, como un paradigma humano."
La cita pertenece a: http://www.literatura.us/vallejo/benedetti.html


Influencia tutelar de César Vallejo en los poetas de latinoamérica, estímulo para crear desde lo más profundo del ser humano. Es uno de los poetas que más admiro. Les dejo un poema:



Piedra negra sobre una piedra blanca
[Poema: Texto completo.]
César Vallejo
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/ha/vallejo/piedra_negra_sobre_una_piedra_blanca.htm



sábado, 20 de septiembre de 2014

Bichos

Escondidos en las rocas, entre grietas azulinas, donde llega el agua de los deshielos pero no la luz, están siempre. Son unos seres extraños porque viven ocultos, a veces los  podemos ver,  pero es mejor tratar de que no lo adviertan. Todavía no se sabe cómo nos perciben. Los seres humanos no vemos con los ojos sino con el cerebro,  en cambio, es sabido que los animales, sí. Algunos lugareños nos hablaron de ellos, dicen que se parecen a los tarsios porque poseen ojos enormes, tienen la ventaja de dar vuelta el cuello 180° para vigilar durante las noches, como los búhos,  pero estos viven en las áreas tropicales; o tal vez se acerquen más a la especie bufo que son escuerzos repugnantes. La historia que relataré tiene que ver con estos  monstruos de las piedras.
No sé si ustedes han tenido una experiencia parecida, si no les pasó, ojalá no les suceda. Estábamos de vacaciones en la montaña. Hacía varios días que recorríamos la zona con un viejo peugeot 304, automóvil que marchaba por la gracia de dios y de un mecánico amigo. La cosa es que teníamos que llegar a Purmamarca, andábamos recorriendo caminos alejados de las rutas asfaltadas, sacando fotografías, admirando el paisaje. En eso el coche se detuvo. Nos miramos angustiados, pero teníamos la intención de enfrentar con optimismo lo que ocurriera. Todo es parte de la aventura, éste es nuestro lema.
Como el peugeot no quería arrancar y estaba cayendo el sol, decidimos hacer fuego y pasar la noche en un lugar protegido, un alero rocoso que seguramente habría servido de refugio a otros caminantes y a tribus del lugar hace cientos de años. Como sea, dijimos, aquí nos quedaremos  hasta mañana.
Teníamos el calor que proporcionaba  la pequeña hoguera, unas galletas de pan, queso y vino. No se precisaba otra cosa, aunque yo deseaba tener una cama limpia y unas mantas más que las que habíamos comprado en una feria esa tarde. Después de comer pequeñas porciones de pan y algo de queso, decidimos que mejor sería guardarlos por si se prolongaba la espera.
Transcurrió la primera noche sin inconvenientes, por la mañana, desarmamos las improvisadas camas, buscamos más leña para mantener el fuego encendido y tomamos café, el poco que quedaba en el termo, aunque ya estaba frío. Debo ser sincera, yo los vi esa primera noche, aunque mi marido diga que no, yo los vi. En el transcurso del día intentamos comunicarnos, no había señal, por supuesto. Organizamos turnos para estar vigilando la ruta que pasaba más abajo. Es poco transitada, pero los pueblos se comunican a través de ella. En esa época no había cosecha, seguramente el ir y venir es intenso en el verano o en temporada alta para el turismo. En esa época, no.
Preparé unos mates, calenté agua en un jarro de acero que siempre llevamos  en nuestros viajes y habría tomado unos dos o tres, cuando los vi. Entre las piedras, un resplandor. Primero pensé que eran libélulas que tienen tan grandes los ojos que  son como cascos; libélulas, porque pueden  mirar a 360° o, me dije, tal vez sean muchos ojos los que me miran. No mostraban más que eso. Me quedé paralizada, con la vista fija en ellos. No se movían. Yo tampoco. Cuando llegó mi marido, le conté. No creyó  nada de lo que le había dicho.
Todo el día esperamos la llegada de algún baqueano. Había animales pastando cerca, pero por algún motivo no se acercaban al alero. Yo creía conocer el motivo, eran esos pequeños seres quienes los alejaban  del lugar.  Las horas transcurrían monótonas, íbamos hasta la punta del camino y  volvíamos  siempre con la mirada anhelante en la ruta. Así transcurrió el  primer día.
A la noche, volvimos a repetir el ritual de transformar el campamento en dormitorio. Acostumbrados a acampar, ése no era el problema. Pero los bichos seguían allí y sólo  yo los podía ver.  No sabía qué eran y qué podrían hacernos. Quizá fueran carniceros, por eso los animales no llegaban al alero, no se veía desechos de llamas o vicuñas, pero sí algo parecido a lo que defecan los murciélagos. Murciélagos, claro, podrían ser murciélagos.
Pasaron dos días desde que el viejo automóvil se había quedado en medio de la montaña. Perdidos, sin alimentos masticamos algunas hojas de coca que llevábamos como souvenir. El hambre se demoraba en llegar, no teníamos comida, la suciedad, la ropa  inadecuada, la falta de  utensilios nos preocupaba, pero el dormir mal, el alerta permanente era agotador. Decidimos dormir y vigilar por turnos. Al menos uno de los dos descansaría. El problema para mí eran ellos, esos pequeños monstruos que no se dejaban ver, pero que siempre me miraban. Pasaba las horas preguntándome cómo serían, tendrían cola, orejas grandes, alas, hocico, garras; podía estar segura de que eran pequeños porque vivían entre las piedras.



Ahora estoy sola, él decidió por los dos. Iría caminando  hasta encontrar ayuda,  uno de nosotros debería seguir insistiendo con el peugeot. Darle  arranque, una, dos, tres veces y esperar. Así,  repetir la acción, dejar,  porque podía estar apunado. Me quedé sola. Lo vi alejarse, esquivar las piedras  que obstaculizan el paso, descansar a la sombra de algún árbol achaparrado, pude verlo hasta que los pinos y alisos del cerro me lo permitieron. Llegaría hasta la ruta dando la vuelta a las estribaciones rosadas, encontraría un paso próximo o un  atajo, siempre que  no se equivocara y se perdiera en la selva. Confiaría en su maravilloso sentido de orientación.
No sé cuántos días van, sigo mirando la grieta, sé que me espían sin parar. Ignoro cuándo vendrá mi esposo, me abandonó aquí, en la alta montaña; quizá él tampoco llegó a destino. Frente a mí el camino está cada vez más lejano, pienso que no nos encontrarán más. Los pastizales parecen siluetas humanas, se agitan, se doblan, me ilusiono con la llegada y el rescate. Debo tener fe, me digo. Sin embargo, son ellos los que me dan fuerzas para no dejarme vencer por la situación. Sin ellos ya me hubiera abandonado, pero, no. Si me duermo, ellos  van a venir sobre mí. Cuando me duerma, saldrán y caminarán por mi cuerpo. Querrán devorarme, pienso en lo peor. El alero les pertenece. Son los monstruos de las rocas, me digo. No puedo cerrar los ojos, porque sus ojos no se cerraron hasta ahora, me siguen mirando. No tendré descanso si no dejan de mirarme.
Por eso escribo, no paro de escribir, les cuento la historia para que tengan cuidado, si vienen a la montaña no se aparten de la ruta principal, porque es mejor no  cruzarse  con ellos; escribo para contar una aventura, también para disfrutar del hecho de escribir. Comencé en tiempo pasado por razones lógicas, superado el problema, a salvo,  acabaría el cuento en el hotel y lo publicaría, de ser posible, en alguna comunidad de escritores. Sin embargo, pienso amargamente que no sucederá así. No sé  si podré terminarlo, cómo seguir la historia si yo ya no tengo fuerzas. Uno tiene dominio sobre lo que escribe, pero la vida no es literatura y muchas veces sobreviene lo inesperado, hasta lo fatal.
Me siento débil y cansada.Ya están saliendo de su escondite. Son cientos, miles,  avanzan como ejércitos, los ojos saltones resplandecen. Ya subieron hasta la rodilla de la pierna izquierda, trato de sacarlos con el pie derecho pero unos cuantos se lanzan sobre él y no lo puedo mover, me han inoculado su veneno, pienso. Siento la irritación inicial en la piel,  una especie de mareo.  Dejan sobre mi cuerpo una sustancia  como baba blanca, grasosa y venenosa que, ahora  recuerdo porque lo he leído en algunas obras de zoología, puede llegar a provocar la muerte. Paralizada, los veo cerca de mi cara, no quiero mirarlos. Por fin, me decido y cierro los ojos.