viernes, 17 de marzo de 2017

Capítulo 2 de 82/ 79 Los diarios del alquimista


Dos
OPUS MAGNUM


La alquimia es un proceso que transforma lo ordinario, aquello de baja calidad, en oro, decía el viejo profesor de la escuela de Oro Sacro, Obdulio Quesada, y nosotros lo escuchábamos asombrados. Pato y Angelito se reían, nunca lo escuchaban ni lo tenían en cuenta. Es viejo, qué sabe él, decían, es un dinosaurio. Pero Corcho, Lucía y yo le creíamos, por qué no, si desde la antigüedad los hombres habían buscado transformar los metales en oro.
En realidad, él no sólo hablaba de procesos químicos y de experimentos, le gustaba hacernos pensar en otras cosas. ¿Acaso piensan que siempre van a ser los mismos?, decía. Hoy son estos. ¿Quiénes serán después, cuando no puedan detenerse ni detener el tiempo?
Nosotros no teníamos respuestas. Nunca. Nos sentíamos confundidos y avergonzados, cómo era eso de no ser quienes éramos. Le gustaba dejarnos alguna duda prendida por un rato y, cuando se daba cuenta del efecto de sus palabras, sonreía maliciosamente y nos explicaba sus ideas.
Don Obdulio Quesada no era profesor de física y química, pero había trabajado en la secundaria durante años, hasta que el director reconoció con pena que sufría algunos problemas mentales y le sugirió el retiro. De ningún modo, soy capaz de servir a mi país educando a los muchachos, dijo él. Sin embrago, sus muchachos le decían Neurus, como el personaje de los dibujos animados, le escribían carteles que pegaban en el saco y él se paseaba por toda la escuela, ajeno a las bromas.
En poco tiempo, fue barranca abajo por sus discursos delirantes, por las burlas y las faltas de respeto de sus discípulos, hasta de los más chicos. La que había sido una carrera digna como educador se transformó en un calvario para el pobre hombre que sí estaba medio loco, pero él amaba su trabajo.
Don Quesada, el profesor Neurus, tenía fe en la superación del hombre. Creía que era posible transformarse, si uno lo deseaba y se esforzaba para lograrlo. La educación es el motor, nos decía. Volvió una mañana de la secundaria a su casa del centro y nunca más pisó la escuela, ni habló de ello. Dedicó su tiempo y conocimientos a buscar mil cosas en su laboratorio y fuera de él. Tenía un taller estrafalario con alambiques, pipetas, envases de vidrio y muchas sustancias en frascos etiquetados.
Una vez a la semana íbamos a visitarlo y no le decíamos Neurus porque se enfurecía, prefería que lo llamáramos “profesor”. Él nos contaba historias, nos escuchaba si le hacíamos preguntas. Era un buen hombre, aunque se perdía en sus enunciados, iba y venía sin cesar por los carriles de la razón, que algunas veces se atascaban y no podía encontrar el paso. En esas ocasiones, se quedaba en silencio hasta que volvía a arrancar. Tal vez por eso tenía la costumbre de anotar todo en libretas y cuadernos que identificaba con etiquetas grandes pegadas en la tapa con un número y el año, iba por el cuaderno ciento cincuenta en esa época. Había empezado en 1940, nos dijo con orgullo. A simple vista era todo cuanto tenía en la vida.
Don Obdulio no tenía familia, su madre había vivido muchos años y la había acompañado en la casa familiar, cubriendo sus necesidades. Nunca se había casado y entre los estudiantes se corría la voz de que era virgen. Todos querían saber si era cierto, aunque de eso no hablamos nunca.
Don Obdulio decía que era alquimista y nos fue transmitiendo sus conocimientos, los secretos de la antigua ciencia: “Buscar el secreto de la eterna juventud, crear vida, transformar los metales en oro y lo más inquietante, trascender el propio ser, la búsqueda de un nuevo plano espiritual para hallar la Piedra filosofal y el Elixir de la vida”.
Nosotros no entendíamos nada, pero lo escuchábamos fascinados, sobre todo Lucía y yo. No había nada que hacer, estaba loco.
La madre de Lucía nos prevenía:
-Un día va a pasar una desgracia con tantos experimentos.
-Nadie puede transformar el plomo en oro.
-No hay tal piedra filosofal.
-La inmortalidad no existe. Un día nos vamos a morir.
-El profesor está chiflado, nadie hace un ser humano en un laboratorio, ¿qué, quiere crear un Frankenstein? Y, cuando nos íbamos y creía que ya no la escuchábamos, le decía riendo, en voz baja a Carmen, su cuñada: Sí, se puede hacer un ser humano en el laboratorio, si te acostás con un señor allí.


El profesor Quesada nos reveló algunos misterios, pero guardaba secretos, al menos uno y no hubo manera de arrancárselo. Después supimos la verdad, estaba en sus cuadernos y en las cartas que había escrito.

jueves, 16 de marzo de 2017

Novela para leer: 82/79 Los diarios del alquimista. Capítulo 1

A partir de hoy empezaré a publicar uno a uno los capítulos de la novela. Espero que me acompañen en este proyecto.
Escribir una novela es arriesgado; crear un mundo y sus personajes, un salto que puede ser arriesgado y fatal. Vamos a ver qué pasa con ella.
Les cuento que Obdulio y Lila son creíbles, amorosos, humanos. Todos los datos que aparecen han sido investigados para crear el contexto adecuado, porque la historia (no la novela/ el relato) comienza en la década del 40 del siglo pasado en un pueblo imaginado de la provincia de Córdoba, en la Argentina. El mundo en el que se mueven los protagonistas es el de la perfumería, la alquimia, los inventos. Son creadores, transforman la realidad y, a la vez, su propia vida.
Ojalá que el amor que recorre las páginas los encuentre cuando menos lo esperen.


Uno
EL PARAÍSO

Obdulio Quesada siempre fue un tipo singular, en la villa tuvo reputación de chiflado. No lo conocían, es decir, conocían algunas de sus facetas, pero un hombre es mucho más que lo que deja entrever. Tras las capas de su apariencia pintoresca, encerraba secretos que no quería revelar. No se supo hasta muchos años después de su retiro lo que ocultaba. Cuando compró El Paraíso empezó a manifestarse el misterio.
El Paraíso es el nombre de una casa que tiene como límites el arroyo y las sierras, está en Córdoba, al norte de la capital. El paraíso para Obdulio fue además el recuerdo de lo amado, el destino del que persigue una quimera.
Lucía y Mina nos esperaban leyendo o jugando a las cartas en la casa del arroyo, durante la siesta. Nos bañábamos hasta que les daban permiso para salir, no nos aburríamos. Pato, Angelito, Corcho, Mina, Lucía y yo fuimos inseparables durante las vacaciones de verano en Oro Sacro.
Cuando apretaba el calor, entrábamos por el fondo de la casa o abríamos la puerta de hierro del patio, lentamente para que chirriara lo menos posible, caminábamos en fila india agachados, la madre de nuestras amigas dormitaba en un sillón de la sala; las macetas de helechos y de malvones alineadas en las ventanas desfiguraban las siluetas, mientras pasábamos. Una casa con arroyo en el patio que tenía como límite las sierras cordobesas era un paraíso para quienes vivíamos en una casita cerca de la ruta, tan cerca que si los autos estacionaban en la banquina nos veían dormir o comer.
A nosotros a los diez u once años, nos alimentaban la curiosidad y la alegría. Nos alegraban las vacaciones, aunque no había juguetes nuevos, teníamos con quien jugar. La vida es así decía mi madre, unos lo tienen todo, otros apenas tenemos para comer. Con el peso de esas palabras, íbamos a jugar con Mina y Lucía, las pibas más lindas y divertidas. La dicha era prestada, según la mirada de mi madre, pero a eso no le dábamos importancia.
En la villa Oro Sacro, los chicos componíamos la mayoría de la población desde diciembre hasta marzo. Pueblo serrano exclusivo, con casonas de alquiler o chalets de los que vivían en la capital y el caserío de los pobres, de los trabajadores.
Las familias ricas tenían muchos hijos y los más pobres, también; éramos un montón para jugar y eso nos gustaba. Los del Paraíso eran cinco hermanos, cuando nos conocimos, Lucía tenía casi once años, Mina nueve, Jesús y Leo, los mellizos, catorce, y Pepo, ya estaba en primer año de la facultad. Vivían todos juntos, pero los varones eran hijos del padre de las chicas. Nosotros, Pedro, Luli, Nani, Pato y yo, que teníamos entre nueve y diecisiete.
Jugábamos todo el día en las calles de tierra, en el arroyo, sobre el puente y debajo de él, en la playa. Divertirnos era nuestro modo de vivir. Atacábamos con las bolitas de los paraísos en la Gran Guerra o en la Segunda Guerra Mundial y las chicas, que normalmente estaban excluidas de esos combates, nos salvaban la vida en los hospitales de campaña. Como ellas participaban en las guerrillas, después teníamos que jugar a la mamá, a la oficina o a los novios. Ensayos, espejos de lo que veíamos en la televisión y en la vida de los adultos. Por eso creo que enamorarme de Lucía fue parte del juego.
Así transcurrían nuestros días, a veces, las travesuras nos ponían al límite del peligro, como cuando fue lo de Jorgito, el hermano del Corcho. Era un pibe flaco y despeinado, con el mechón de pelo que le tapaba el ojo derecho. Vago, intrépido, parecía criado en el monte. Él nos acompañaba en las caminatas, iba detrás del grupo, porque tenía cuatro años menos y no queríamos llevarlo. Hablaba poco, pero se le ocurrían las cosas más increíbles. Una vez trepó la pared oeste de la sierra, la más pedregosa, y nos dejó sin aliento; cuando lo vimos, nos separaban de él unos quince metros.
Gato, le decíamos y él se reía. Jorgito, el Gato, se salvó de milagro una tarde de enero, se lo había llevado la corriente en el brazo ancho del río. Cuando vienen las tormentas se desprenden pedazos de materia, barro y piedras bajan de las sierras con el agua, el alud arrastra todo lo que encuentra a su paso. También se lo llevó al Gato y todos salimos a buscarlo. Esa tarde conocimos a las chicas, Lucía y Mina, mis amigas.
Habían venido a vivir a la casa del arroyo hacía poco tiempo. Decían que la habían comprado unos de la capital. Al principio, la habitaban nada más que tres meses al año. Un día pintaron la fachada de color rosa y colocaron el cartel que decía El Paraíso, entonces se quedaron a vivir. Antes de eso, cuando nadie vivía allí, nos metíamos por atrás, desde octubre nos bañábamos en el arroyo; el Gato se tiraba al agua desde las piedras, en la parte más profunda, o dormíamos la siesta apretujados en una hamaca de lona con rayas gastadas.
La primera vez que vi a Lucía, me declaré fatalmente enamorado. A los once años uno sabe pocas cosas, pero son algunas de las más importantes, como que uno quiere a esa chica y a ninguna otra.


jueves, 9 de febrero de 2017

EL GRITO DE ALCORTA. La historia regional




Para el ciclo: “Voces de un mismo grito” organizado por el Museo Comunal de Alcorta en 2015

Adriana Tuffo
EL GRITO DE ALCORTA


El Grito de Alcorta en la Escuela. La historia que se ha estudiado en la Escuela en la provincia de Santa Fe, antes de la Reforma Curricular realizada en el año 1987 estaba alejada de nuestros saberes cotidianos, era la historia de las Civilizaciones, una historia dividida en Edades, con héroes tan grandes como los reyes que dominaban vastos Imperios, guerreros invencibles en Europa o en las exóticas tierras de Asia.
 Los héroes de mármol, batallas, Imperios. Conceptos que se paseaban por las aulas y eran lejanos, en tiempo, en espacio y en los intereses de los niños y jóvenes. La Reforma propuso acercar a los estudiantes a la historia próxima, la localidad, la región, la Provincia, y la Nación, eso en relación a la realidad de Latinoamérica. Una visión nueva que reveló a los inmigrantes que llegaron a Alcorta,  sus aportes culturales, sus modos de vida, el trabajo, y la relación de esta región con el país y el mundo en el S XIX al ritmo del capitalismo industrial. 
 Con otra mirada, la Escuela Nueva visibilizó a los protagonistas que adquirieron una dimensión humana que antes no habían tenido. La historia que venimos a contar comenzó en la Escuela.

Apropiarse de la historia. Apropiarse es acercarse a la historia con mirada curiosa, es tender puentes entre el pasado y el presente, que nuestras historias individuales confluyan en una más grande (la historia de la comunidad, la nacional y la mundial).
El relato de cómo se fue construyendo la historia sobre el Grito de Alcorta en la Escuela y en la comunidad es, a muestro entender, una historia de descubrimiento. De a poco, se fueron cayendo los velos que cubrían los hechos desarrollados dentro de un proceso mayor, el de los problemas y las respuestas que el modelo económico generó en el sector productor de máiz, las características del modelo agro-exportador, dependiente del capitalismo mundial, y sus consecuencias.
Al principio, pocos los libros que recogían los primeros años del S XX en la región y en Santa Fe: Leoncio Gianello con La Historia de Santa Fe, Santa Fe El Paisaje y los Hombres publicado por la Biblioteca C. C. Vigil, la obra El Grito de Alcorta Historia de la Rebelión Campesina de 1912 de Plácido Grela (1958), en distintas ediciones. Este libro se fue desgajando, sintetizando, apuntando aquí y allá, en sucesivas obras de escritores de la localidad, quienes reconstruyeron la historia de las instituciones de Alcorta y del origen y desarrollo de la gesta agraria. La bibliografía para los docentes, tan necesaria, y el material para desarrollar en las aulas fueron un verdadero problema; no había textos escolares, manuales, ni escritores o historiadores que tuvieran la llegada masiva que han tenido durante décadas los libros de historia para la escuela, las bibliotecas tenían escaso material sobre el tema, ni contábamos con las ventajas tecnológicas que tenemos hoy. Dar clases de historia fue complicado en una Escuela que se proponía ser nueva.
Para ser justos, algunos pocos se dedicaron a investigar las historias locales y regionales de Santa Fe, periodistas, historiadores, docentes, o personas que, sin ser historiadores de profesión, han tenido aprecio por lo local y dejaron constancia de ello en publicaciones que son textos de historia, en general, sobre el origen de las instituciones y su evolución; todas las publicaciones de los escritores de Alcorta hablan de la huelga agraria de 1912, de las causas, de sus protagonistas; sin embargo, también hubo silencio en otros sectores. Estas obras fueron un apoyo importante dentro de las aulas, porque muchos pobladores, descendientes o no de los que llevaron adelante la huelga, no conocían los hechos o sabían muy poco de ellos.
Después del silencio de tantas voces, siguió el descubrimiento, y decimos descubrimiento porque se arrojó luz sobre lo que estaba cubierto por la pátina del miedo o callado por los intereses de sectores afines al poder, después de la persecución, la cárcel e incluso de la muerte que sufrieron algunos de los protagonistas (A veces el menosprecio invisibiliza). Menospreciar o callar los hechos de 1912, la huelga que movilizó a miles de agricultores, surgida a un tiempo en distintas colonias y pueblos del sur Santa Fe y de las provincias vecinas (Córdoba, Entre Ríos y Buenos Aires), tuvo como objetivo ocultar uno de los movimientos sociales de principios del S XX que puso en tela de juicio y atacó las prácticas económicas del Régimen Oligárquico. A la lectura histórica “apolítica” -dentro de la educación primaria y secundaria-  le siguió hablar de estos temas: acumulación de riqueza y pobreza, una sociedad cambiante y en crisis, la huelga y los derechos negados.
Cuando hacía décadas que no se hablaba del movimiento social que encabezaron los agricultores y al que se sumaron otros actores sociales como comerciantes, periodistas, curas, descubrimos el Grito de Alcorta. Desempolvamos libros viejos para releer los acontecimientos (que es lo mismo que reescribir). La tarea emprendida permitió resignificar la historia local, releer o escuchar los relatos y volver a interpretar la historia local y regional que ya se había escrito. Así empezamos.

La identidad. Nuestros abuelos fueron inmigrantes o criollos nacidos en estas tierras hijos o nietos de españoles y de mujeres indias. Ante todos estos temas que irrumpían en las aulas, algunos pocos se animaron a decir que ellos eran descendientes de los pueblos originarios. Estábamos empezando a completarnos. 
Fuimos al rescate de la memoria familiar, también navegamos imaginariamente el océano para volver a la tierra de los inmigrantes, a Europa. Las aulas se llenaron de personajes coloridos, de lenguas diversas, culturas que se habían ido amalgamando para formar una trama nueva: Nuestra comunidad.
Nuestra región, porque aquí no hablaremos del país, es el resultado de la mezcla de razas, de la heterogeneidad de ideas, de la amalgama de culturas. Los inmigrantes españoles, italianos, eslavos establecidos en estos pagos y los criollos poseían lenguas o dialectos diferentes, y allá por el año 1912 todos levantaron la voz con el mismo grito: Paz, trabajo, dignidad. En la Escuela estábamos recuperando esas voces a través de la lectura, el diálogo reflexivo, el trabajo colaborativo.
La construcción colectiva lleva tiempo. El estudio de la misma nos obliga a volver la mirada una y otra vez sobre el pasado, los hombres y mujeres protagonistas, para releer la historia, para aportarle aires nuevos y enriquecerla. Vivimos en un tiempo histórico y hacemos la historia a la vez, sólo que la mayor parte del tiempo no somos conscientes de eso.

Construir una historia colectiva. La historia nos pertenece a todos, aunque sean unos pocos los que tienen el saber académico y menos aún los que aparecen como protagonistas en los libros de textos. Los historiadores, los profesores, los escritores, las instituciones educativas, las Universidades, las Academias, hacen la historia “grande”, eso es lo que los otros, los que se quedan fuera de esos saberes, piensan. Sin embargo, desde la recuperación de la democracia y hacia finales de la década del 80, nosotros en Alcorta -como se hizo en otros pueblos y ciudades- iniciamos una tarea de construcción colectiva de la historia. 
Se inició en las aulas, la continuamos en las calles, plazas, teatros, todos juntos, a través de este tiempo. También desde las instituciones: la Comuna, la Iglesia, las Escuelas, el Museo, los Clubes, las instituciones en general participaron de la tarea; es decir, somos protagonistas de la historia y entre todos reescribimos la historia de nuestra localidad y la huelga agraria llamada el "Grito de Alcorta".

Actuar la historia. En la Escuela los niños y jóvenes indagaron el pasado con fuentes directas, en cartas, fotografías, diarios, revistas de la época de la huelga y posteriores; entrevistaron a diferentes actores: los agricultores de hoy que aportaron saberes heredados de padres y abuelos, refirieron anécdotas, que acopiaban aún herramientas antiguas y tenían memoria de técnicas de trabajo caídas en desuso; los abuelos de los chicos u otros pobladores fueron invitados a la escuela, en rondas de mates y charlas, nos contaron, en las aulas, cómo era la vida cotidiana cuando ellos eran niños, qué sabían del Grito de Alcorta por los relatos familiares, qué no se había contado de aquella época y de la huelga agraria. 
Para nuestra sorpresa, la mayoría no tenía noticias del movimiento agrario de 1912, o contaban con muy poca información. La entrevista nos acercó a la historia oral que los alumnos pudieron recuperar, permitió tener distintas versiones del proceso. Reconstruir el pasado es siempre complejo, se tiene una aproximación de los hechos y no hay una verdad revelada.
En actos escolares, en las salas colmadas por un público agradecido vimos a Francisco Bulzani, a los hermanos Netri, a Capdevila escuchamos sus voces, sus discursos acalorados, María Robotti arrojaba el delantal para declarar la huelga en la chacra que arrendaban y todos hablaban de la huelga. 
Ya sabíamos de sus penurias, conocíamos sus sacrificios, era nuestra también la nostalgia por la tierra lejana. Fuimos ellos, los representamos, los miramos de cerca, los empezamos a comprender y escuchando sus voces, en la Escuela, en las plazas, sobre los escenarios, comprendimos la historia. Hace treinta años que iniciamos esta tarea que ya ha dado frutos.

La historia social. Ser actores de la historia hoy ya no es un concepto nuevo. Se inició en el S XX con la revista de los Annales (Lucien Lebvre y Marc Bloch, 1929) en Francia, y convocó a un amplio número de historiadores después de 1950; la historia había pasado a ser “social por naturaleza”, dado que todas las personas, aún las desconocidas, llevan a cabo acciones cotidianas, todo testimonio del pasado puede servir al historiador. Con la democracia recuperada en 1983 y el cambio curricular, en las aulas nos dedicamos a mirar de cerca a los protagonistas de la historia, se dejaron de lado a los héroes de mármol; sin hazañas de reyes que rememorar, ni cosmogonías míticas que contar, reconstruimos la historia local hecha por hombres y mujeres luchadores, por el trabajo de muchos anónimos, las luchas políticas de socialistas y anarquistas venidos de Europa, y las organizaciones sociales que los agruparon; construimos un relato que se engarzaría en la historia regional y nacional.
Desde la nueva propuesta había que dar un sentido diferente a la historia local, resignificar los textos escasos que nos hablaban de las instituciones, narraciones de la historia fáctica, algunos alejados del análisis político. La tarea entonces fue que los estudiantes comprendieran que lo que se producía en Alcorta y en toda la zona pampeana era la base del modelo agro-exportador, reflexionar sobre las causas y la trascendencia de una huelga agraria que podía sacudir las bases del modelo económico en que se sostenía la oligarquía enquistada en el poder de la Nación desde 1880. 
Nos acercamos a la vida de los pobladores de principios del siglo pasado, a la explotación a la que fueron sometidos los arrendatarios, a la falta de derechos que hoy consideramos fundamentales como el trabajo digno, la salud, la educación, la vivienda digna. Los agricultores se movilizaron empujados por sus necesidades y sus ideas, caminaron chacra por chacra para conseguir adhesiones y levantarse, declarar la primera huelga agraria en la asamblea en la Sociedad Italiana el 25 de junio de 1912. 
Hablar del Grito de Alcorta es hablar de todo aquello. Parar la cosecha o no sembrar significaban atentar contra el modelo en vigencia, porque la economía capitalista mundial se proveía de materias primas de los países como la Argentina, productores de lo que los mercados demandaban, sin desarrollo industrial, importadores de manufacturas y de capitales.
El rescate del pasado construye nuestra memoria colectiva y la comprensión de los procesos políticos, sociales, económicos y culturales nos llevan a apropiarnos de nuestra historia y construir, a la vez, la propia identidad.


Resignificar el trabajo, las luchas sociales. En la Escuela, para hablar de Alcorta, hablamos del mundo después de la Revolución Industrial, del trabajo en el sistema capitalista y de las consecuencias del capitalismo industrial, de las luchas sociales, de los movimientos obreros, de los partidos políticos, de sindicatos y cooperativas que defendieron los derechos de los trabajadores.
Esos hombres estaban tan lejos de sus tierras y tan cerca nuestro, a pesar del tiempo transcurrido. Por los documentos, los relatos orales y los escritos sabemos que muchos de los inmigrantes que se instalaron en esta región habían sido militantes políticos socialistas, anarquistas, o habían participado en organizaciones sociales, sus ideas dieron sustento al movimiento agrario de 1912. 
Los alumnos, en mayor o menor grado, fueron tomando contacto con esos conceptos. Las ideas políticas o movimientos sociales europeos empujaron a los hombres de aquel momento a actuar en Alcorta y en toda la región pampeana frente a los contratos de alquileres injustos, a la pobreza de los campesinos que vivían en campos ricos y fértiles. Comprender un contrato de arrendamiento o alquiler puede ser complicado, el docente de Historia puede seleccionarlo o no como fuente en una de sus clases, pero en las fotografías sí leemos la miseria, sí comprendemos la soledad y la falta de protección de aquellas familias instaladas en las chacras que arrendaban, las imágenes ponen de manifiesto el trabajo duro que debían enfrentar y la pobreza. Socialistas y anarquistas, algunos hombres de la Iglesia, como los sacerdotes Netri, o comerciantes como don Ángel Bujarrabal los alentaron a enfrentar el abuso de los poderosos.






Cabe aclarar que con las sucesivas reformas educativas iniciadas con la Ley Federal de Educación de 1994, los contenidos curriculares se han modificado y en la Escuela secundaria no se desarrollan los contenidos de los que hemos estado hablando, a menos que el profesor lo decida, cuando, por ejemplo, el tema de estudio es el modelo agro-exportador en la Argentina o cuando se tratan las luchas sociales del S XX.

Los discursos sociales
En la Escuela primaria y secundaria se han empleado textos para la enseñanza de la historia que desde los distintos sectores sociales nos aproximan a la historia local. En este tiempo de construcción histórica dentro y fuera del ámbito escolar circularon diversos discursos sociales (Según el concepto de M. Bajtin, En Estética de la creación verbal).
El discurso académico se utiliza en diversas disciplinas para designar el conjunto de discursos orales y escritos producidos en ámbitos relacionados con la enseñanza (con una finalidad, generalmente, didáctica) y en la relación que se establece entre los participantes: de experto a experto o de más a menos experto. Se trata de discursos segundos, en el sentido que son el resultado de la elaboración y la transformación de otros discursos producidos anteriormente. Discurso didáctico que tiene como objeto poner en contacto a los estudiantes con los hechos y los procesos históricos, que los introduce en la lectura de documentos, los ubica en el tiempo y en el espacio histórico y los acerca a las fuentes que emplean los investigadores, entre otros objetivos.
Los manuales de historia empleados en la Escuela son fuentes secundarias, basados en la investigación de otros historiadores. La historiografía tradicional intentaba ser “objetiva”, afirmaba su verdad histórica como universal y, por lo tanto, “apolítica”; era una manifestación de los sectores de poder, del imperialismo y de la oligarquía. La historia como disciplina le abrió las puertas a América Latina, a la Región, a la Localidad, se conectaron los contenidos con el espacio, el medioambiente; se visibilizaron los sectores oprimidos, las luchas sociales de los trabajadores, entre ellos, los inmigrantes agricultores que habían poblado el sur de la provincia, se dedicaron a cultivar la tierra y a forjar estos pueblos y colonias.
Los relatos orales, las cartas, los contratos, las actas, son testimonios de una época, textos individuales, familiares o institucionales y fuentes de información, documentos aportados por los alumnos y por las instituciones de la localidad.
El discurso periodístico de la época de la huelga y los escritos con posterioridad, hasta hoy. Crónicas, ensayos, artículos de opinión.
Las expresiones literarias: poesía, canción, novela, teatro, representaciones literarias de las luchas agrarias, de la vida de los inmigrantes, de los conflictos sociales.
El discurso político de principios de siglo, el de los líderes del movimiento agrario, el discurso político de dirigentes políticos y sociales, de socialistas, anarquistas, y de los hablantes actuales.
El discurso de la historia de los partidos políticos, el Partido Socialista, y de las organizaciones gremiales, el de Federación Agraria Argentina, que tomaron la huelga de 1912 como punto de partida o como una de las luchas trascendentales de los trabajadores de principios del siglo pasado.

Las fuentes no escritas y otros testimonios de la época como fotografías, herramientas, utensilios, vestimenta, entre otros, son material para ser explicado en las aulas y permiten poner en palabras la vida cotidiana a partir de los objetos.

Valoración del pasado reciente. Valorar el pasado reciente es parte de esta historia, porque a la comprensión y a la apropiación le sigue la valoración, darse cuenta del valor que tuvieron los que protagonizaron la huelga agraria, tomar conciencia sobre la lucha que llevaron adelante aquellos hombres y mujeres que hicieron una lectura correcta de la realidad y quisieron modificarla. Ellos comprendieron que podían dejar de ser sujetos pasivos, explotados por los que poseían las tierras, cómplices de un gobierno al que no le importaba el desarrollo de las regiones productoras de alimentos, sino el de una capital afrancesada, que le daba la espalda al “Interior”.
Trabajamos en la Escuela para hacernos cargo de que los episodios de la historia no pueden comprenderse sin entroncarlos en lentos y, a veces, oscuros procesos que se refieren a la vida de la sociedades, a su organización económica y a su creación cultural. También es cierto que con nuestro trabajo en las aulas se pudo caer en el simplismo escolar, pero no habrá sido simplismo deformante sino una forma elemental de los planteos que hoy hacen posible la comprensión de la ciencia histórica.
La memoria no es retroceso, por eso seguimos hablando de historia, de nuestra historia. La Escuela ha vehiculizado un abordaje nuevo y colectivo del proceso que culminó en la huelga y en los hechos posteriores. Y nos sentimos orgullosos del pasado y de ser parte y protagonistas de la construcción de la memoria.









martes, 24 de enero de 2017

82/79 Los diarios del alquimista

Y hoy hablamos de los malos amores.
"La cabeza de Gardenia se vació de a poco. O tal vez en esa parte que alguien destina al corazón o al espíritu se le abrió un agujero por donde se escaparon el deseo y la ternura; la fortaleza se transformó en fragilidad y la alegría, en un arrebato sin sentido.
[...] El amor no siempre resulta dulce, a veces se torna acíbar. Hay un tiempo en la vida de una mujer que con comer bien y dormir en una cama cómoda basta, decía Gardenia, y agregaba:
- El amor es un cuento de merda."

Capítulo 23 "Naranjas amargas"   
                                
 82/79 Los diarios del alquimista

viernes, 20 de enero de 2017

La presentación de la novela



82/79 
Los diarios del alquimista


Cinco minutos de un encuentro con amigos.



https://www.youtube.com/watch?v=qs8qEDFVE6w



82/79 Los diarios del alquimista

"El amor sale a buscarnos y nos abraza, pero lastima. Estoy herido y si me rompo, ni te vas a enterar. Te fuiste, me dejaste con este amor y yo no duermo porque tengo que velar mi alma en pena. Ahora sé algo que antes no sabía: El amor golpea y rompe, aunque hay amores que se diluyen y son sólo material descartable, olvido." 


Hace días que lo tengo abandonado, un libro nuevo es una criatura que hay que acompañar, pienso, este segmento es parte del capítulo 19.


lunes, 9 de enero de 2017

82/79 Los diarios del alquimista

capítulo 29

MI HORIZONTE

Tu cuerpo es mi horizonte. Cuando me acerco, te alejás, pero mirándote me siento contenido. Sos la bahía donde se mecen los sueños abandonados. Te miro dormida, muy cerca de mi cuerpo. Ay Lila, siempre que te veo dormir miro mis manos y trato de contenerlas para no acariciarte y sacarte de ese mundo. Después, al despertar me sonreís y yo me hago el dormido, juego a imaginar tu mirada, siento tu respiración. Me abrazás, te hacés chiquita, acomodás tus piernas debajo de las mías, te haces rollito que me empuja y te abrazo.
Al despertar, veo vacío tu lado de la cama, no está tu olor, ni tu sexo, no estás como creía dormido hace instantes, no estás conmigo, ni siquiera puedo levantarme a cerrar las cortinas. Dejo que entre la luz y te recuerdo. Me abrazo por un instante más a la emoción de estar juntos.
En estos años no me he sentido tan solo como hoy. Hasta este amanecer, cuando sentí que desaparecía el horizonte. Como si te hubieras ido ayer.
Sé que estás lejos, no digo perdida. Eso lo sé, sin embargo, este sueño ha sido una revelación. Cuántos años he recordado cada día que pasamos juntos, minuto a minuto. En realidad, he tratado de revivir esos momentos con el margen de falsedad que les imprime la memoria. Nunca un hecho se rememora con fidelidad, porque el tiempo lo esconde en la niebla; al recordar uno es benévolo, oculta los malos momentos, las accidentadas mañanas, el malhumor, los caprichos, empequeñece lo que molesta o aflige, a menos que el enojo y la rabia sean muy grandes.
¿Te acordás, Lila, del día en que te empeñaste en que fuéramos al río? Vos irías sola, después yo debía ir a buscarte como a un amor furtivo, dijiste. Y es que no éramos más que eso, dos locos enamorados que se ocultaban de los demás. Entonces dije que sí, como siempre. Caminé hasta mi casa, después de cambiarme los calzones por otros para nadar, recorrí las cuadras que me separaban del puente, lo crucé tratando de recordar en qué lugar me habías dicho.
A veces, debo confesarte que no te escuchaba, tu parloteo me cae mal. “Lila, basta de hablar, hay que concentrarse, hagamos las recetas que nos pidió el boticario, basta de bla bla”. No sabía si debía cruzar el río hacia el norte, allí donde se angosta y nos mojamos apenas los tobillos o subir por la ladera, trepando justo donde están las piedras que son como sapos gigantes. Entonces dije, pensé más bien, que me busque ella. Y me tiré debajo de un sauce, tomé un baño, fumé un par de cigarros y dormí la siesta. ¡Ay mamita, qué enojo! Nunca te vi tan furiosa. Eras una chiquilla, no era para tanto. Decías que te habías quedado sola, que es peligroso para una chica, que el río es profundo y hay animales salvajes. No exageres, que no estamos en África, te dije, si vos tuviste la idea, yo no te encontré, eso es todo. Que no te molestaste en buscarme, que si hubieras caminado en lugar de dormir, habríamos pasado un lindo momento, que sos un viejo aburrido, dijiste. Diez años te llevo, no son tantos. Te miré sin comprender, por qué un día maravilloso se había transformado en una tragedia. No lo entendía.
No alcanza con que diga “son cosas de mujeres”, porque es como decir que todas son inconstantes, difíciles o incomprensibles, no. Aunque andan investigando que las hormonas femeninas tienen algo que ver en los cambios de humor. No lo sé, quizás sea cierto.
Vuelvo al sueño, sos mi horizonte, tu cuerpo es la línea que separa el cielo y la tierra. Ahora recuerdo también qué pasó después, cuando te fuiste me dijiste no te quiero más. No te quiero, me dijiste y caminaste sola los últimos cincuenta metros hasta tu casa. Al día siguiente, fui a trabajar como si no hubiera pasado nada.
Vos también hiciste como si no te hubieras enojado, nos pusimos a verificar unas notas. Como al pasar dijiste que no habías dormido en toda la noche y que leíste sobre los trabajos de un alemán o austríaco antes de que empezara la guerra. Yo también te conté que no había pegado un ojo y que había estado leyendo. En el transcurso del día, apenas nos miramos, hasta que en un momento rozaste mi mano izquierda y yo, con la excusa de buscar unos tubos, rodeé tu cintura con mi brazo. Se había calmado la tormenta, volvimos a la rutina de querernos así, sin hacer otra cosa que estar juntos y respirar.


Tu cuerpo ausente es una línea borrosa, pienso, es el horizonte en la niebla.