jueves, 15 de octubre de 2026

 

Siete Cuentos para despabilarse  de Adriana Tuffo


Pueden leer los cuentos en Google Drive copiando la dirección.

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miércoles, 14 de octubre de 2026

El buen hijo

El buen hijo

El buen hijo

sábado 10 de octubre de 2026

Cuánto hace que no nos vemos, ocho, diez años, tal vez menos si cuento las visitas de mi familia durante los días festivos, al menos pude verlos. Lo reconoceré porque tiene los ojos iguales a los de papá y un mechón de pelo blanco. Cuando dejé la casa para ir a palacio él era un niño. Nos veremos, podré abrazarlo, ¿podré abrazarlo? Cuántas veces nos miramos a través de las rejas del parque... Pienso en él, no puedo dejar de preguntarme cómo alguien puede acabar así, si mi madre es honrada y mi padre un varón de poca ventura, solamente un pobre hombre. ¿Debería ir solo a un barrio tan peligroso? ¿Por qué me han dicho que no vaya? Sí, es verdad: hay crímenes, hambre, afuera nada es seguro.

El funcionario real atraviesa una senda transitada por personas, caballos y burros, un pasadizo oscuro. Cuando sale a la luz escucha voces, los niños corretean dentro de los patios, los gatos duermen fuera de las casas de adobe.

Dice que lo matarán; por eso voy, si lo matan y lo tiran por ahí seré el culpable, me sentiré culpable, yo no tengo nada que ver con sus fraudes, pero me pesará hasta el final de la vida. Y cómo le explicaría a mi madre, qué consuelo tiene una madre si un hijo suyo se muere, si a un hijo lo asesinan. Si el mayor puede evitar el horror de enterrar al menor de sus hijos y no lo hace, ¿qué destino tendría después de eso?

Alguien va adelante proyectando una imagen borrosa. Quedaron atrás el zigurat con sus siete niveles para escalar al cielo y el color añil profundo del templo; hay algunos frentes dentados sin lujo. Todo quedará en el olvido.

Reside en un departamento del templo mayor, aunque de niño ha recorrido calles humildes. Las conoce y no tiene miedo. La oscuridad aumenta entre las altas construcciones de ladrillo. Ajusta la capa de finos bordados, arregla mecánicamente la tela azul de lana peinada como lo hace su señor. Da la vuelta en una esquina, anda preocupado.

—Ten cuidado —le ha recomendado Kushim, el escriba.

Los trabajadores viven en esos sitios miserables, sobreviven cerca de las murallas. Hay robos, hay crímenes.

—Te asaltan o te matan para robar un poco de pan —dice el amanuense amigo—; a diario ocurre. Mejor no vayas.

El servidor del rey no les hace caso; lleva ocultos unos siclos de plata, la vida austera le ha permitido ahorrar. Aprieta la delicada bolsa con su único tesoro. El círculo de sello que adorna el dedo índice recuerda su lealtad a la corona. El anillo lo protege y aleja de las influencias malignas. Cree en el amuleto; además, con él diariamente sella los documentos oficiales. Ese objeto representa su identidad y destino.

Los jardines del palacio real huelen a rosas, a jazmines, a matas de romeros y salvias, son aromas sutiles. Piensa en la relación entre el espacio y el perfume, a mayor distancia del palacio más olores desagradables. Aquí apesta a fritos y a grasa, a humo y guisos; más cerca del agua, en la ribera, los olores son nauseabundos, olor al agua estancada de las charcas y el hedor fétido de la sangre y las vísceras. Ya se ha alejado de su lugar, entra al sector de los miserables y continúa caminando.

—Tu hermano ha caído en desgracia... ¡No seas mezquino!

Si no fuera porque ella me lo ha pedido, no soportaría este oprobio. Se cree un buen hijo, intachable, digno. Nunca estuvo preso, no conoce el delito ni el desenfreno, desconoce la violencia de las calles o el alcohol. En la infancia había soportado azotes, hambre, trabajos duros. Vivió en establos, alguna vez sintió miedo a la muerte, hasta la deseó. Sin embargo, lo educaron los sabios del reino. En una lejana mañana de verano había tenido la fortuna de socorrer a un niño. nada menos que al príncipe, mientras él jugaba en el río con sus amigos.

Hoy quedaré arruinado para salvar al infame. No lo merece. Tampoco merece la devoción de nuestra madre. ¿Por qué no podrá ser bueno?

Al salir de los edificios palaciegos, advierte que una sirkus lo ha guiado hasta un callejón sombrío. Ella es una marginal, se las reconoce de lejos, le hace gestos incomprensibles; se le acerca por no ser soberbio. La humildad, tal como pregona su maestro, causa felicidad legítima. La humildad es la materia más incómoda en su formación; sin embargo, trata de practicarla por él y por satisfacerlo. El maestro es un kashdim que no frecuenta mujerzuelas, pues no desea ser juzgado severamente por libertino. Está en el camino de la virtud. Los pensamientos sobre el kashdim desaparecen porque lo fulmina una idea: le robarán.

La sirkus es un señuelo, sospecha. Oculta la argolla de oro en la túnica de bordados geométricos. Toca mecánicamente los hilos dorados, roza el pelo de la tela para que brille. Se aproxima con los puños apretados, ella habla una lengua extraña. Parece una cautiva del desierto, serviría en alguna taberna tras haber sido comprada y liberada por un rufián. El tráfico de esclavas es un problema en la ciudad imperial desde la última campaña militar. No comprende el dialecto. Mientras intenta descifrar lo que dice aparece un joven (un mechón blanco sobre la cara y los mismos ojos de su padre). Un maleante. Todos se agitan, gritan, se descontrolan. El encuentro es confuso y triste.

¡El anillo no! Experimenta un instante de dolor atroz. La daga de doble filo rompe las ropas y la carne y se desploma ante la mirada indiferente de unos menesterosos. La pareja de forajidos huye en el laberinto de pasillos. Cuatro pares de ojos salen de las sombras, se le acercan, las manos ejecutan la acción de revisar y saquear. Antes de arrojarlo al agua, lo arrastran con la tela inútil que había elegido esa mañana.

Al alba de ese último día había agradecido a Dios, buscó un atuendo fastuoso y lo dejó preparado en su cámara, eran prendas hechas por el sastre real para la celebración de la Victoria. Iría al barrio del puerto, se lo había prometido a su madre. Quiso ataviarse de manera lujosa para hacer notar su prestigio. ¿Acaso deseaba humillarlo? Vaciló, el otro se sentiría más desdichado. Aun así, llevó la capa con hilos dorados, las figuras bordadas reproducían las constelaciones del cielo de la Mesopotamia. Él era un siervo devoto, el rey lo había rescatado y pensaba que se lo merecía. El hermano andaba en malos pasos, gastaba las horas en las tabernas con borrachos y ladrones.

En el trayecto el burócrata no había visto a nadie tras cruzar la primera muralla, iba ensimismado. En el segundo muro, le llamó la atención una figura envuelta en lana clara, un contorno difuso. Tuvo un presentimiento, tocó el anillo y acomodó el manto; de cualquier modo, siguió hasta el lugar indicado. Estaba obligado por la sangre. Las buenas personas ayudan a la familia. Volvió a tocar el talismán, ella advirtió el gesto y quiso arrebatárselo. Luchó, deseó huir. El ladrón le cerró el paso. Se aferró a la capa como un guerrero al escudo. Entonces se cumplió el vaticinio.

En una calle maloliente dos hijos paridos por la misma mujer se miraron como bárbaros. Un chillido explotó en la boca de uno de ellos. En la breve conciencia de la agonía sintió pena por el ladrón, por la madre que los había amamantado, y concluyó que la vida era una mierda. La mano crispada seguía aferrada al paño cuando lo cruzó el último espasmo.

Ahora un digno funcionario flota boca abajo en medio de canoas de juncos y guffas. Está clareando. Desde las orillas del Éufrates llegan voces, los remeros alborotados agitan los brazos porque hay uno en el agua.

—Debe ser un noble —comentan los pescadores.

Ha amanecido. Los flecos del manto rectangular exageran las dimensiones del cuerpo. La basura encubre las formas y los brillos. Entre la mugre ondea una bolsa de seda.

 

II

Al anochecer alguien camina confiado rumbo a un encuentro y un cuchillo lo asalta. El escenario del drama es una ciudad sudamericana. Ese hombre que busca reparar el amor herido —o saldar viejas cuentas— tropieza con la desgracia.

En Buenos Aires, aunque puede ser cualquier otro lugar, se repite la historia.

—¿Qué me hacés, hermano? —alcanza a gritarle y cae. El cuchillo es Caín.

En el río más ancho del mundo va a la deriva un varón joven, seguramente honesto, que está a merced de la correntada.

El cielo azul oscuro migra al rosa, morado, naranja brillante y amarillo claro. En medio de un remolino de inmundicias emerge un bulto; peces muertos y vísceras pestilentes acarician el traje de tela italiana. Los trabajadores del puerto lo hallan sin sorprenderse. A menudo descubren cuerpos flotando en el agua marrón.

jueves, 12 de febrero de 2026

 https://margencero.es/margencero/adriana-tuffo-el-escondite/ 


EL ESCONDITE 

relato por
Adriana Tuffo

I

L

a habitación da al jardín, quitaron la reja de la ventana para que no piense que está presa. Entra una luz moteada a través de la cortina, Matilde mira sus manos deformadas por la artritis. Al despertar, la rigidez la mantiene sujeta a la cama unos minutos, le duelen las articulaciones.

El lugar huele a orines, oye lamentos, ruidos y voces detrás de las paredes. Todo eso le repugna. No hay música. Cuando le lleven el piano, volverá a ser feliz. Los viejos deambulan arrastrando los pies. Cuenta compases en el aire rancio. Viejos descarnados, perdidos, tristes. No puede admitir que ella también ha envejecido y está impedida. Ha pasado una semana como sonámbula. Por las noches sale al jardín sin acompañante. Duerme mejor cuando camina descalza sobre el pasto. Va y viene como si algo le marcara el pulso.

Ahora huele la lluvia antes de que llegue. Se está armando la tormenta. Le duelen las articulaciones. Repasa mentalmente la pieza que toca en el piano antes de dormir, Nocturno de Chopin. Esta noche parece igual a las anteriores. La enfermera le acerca sus medicamentos, espera que los tome y se retira. Ella abre la ventana para sentir el aire fresco, nota algo extraño, un malestar nuevo. Sacude la cabeza. Es pasajero.

Se quita los zapatos y sale. Será esto ser vieja, resignarse. No molestar. Lo ha perdido todo. Recuerda los conciertos, los aplausos, los premios. La familia reunida, sus sobrinos. El fogonazo de un relámpago la despabila. El tiempo es fugaz. Por un momento olvida donde está. Truena. Ella se va escurriendo al andar.

Abre la puerta del jardín sin dificultad y está en la calle, en la ciudad, más oscura que otras veces por la tormenta de verano. Ella es invisible, no hay un alma por la calle. Cruza el puente apenas iluminado. Abajo el río está en espera. Agua barrosa que de golpe el viento revuelve. Ella siente el cuerpo estremecido como ajeno.

Camina resuelta. Óscar le había dicho: «Tía, deje esa costumbre de andar descalza se puede lastimar», «tía, ya no puede vivir sola en esta casa tan grande… la llevaremos al hogar es lo mejor para usted». Y ella aceptó. No quiso molestar. La arrancaron como a una planta inservible, como a yuyo malo. En esta noche amarga verá la casa iluminada y mirará a su familia desde afuera.

Camina sin dudar. Se detiene, no quiere que sus sobrinos la vean. Están felices. De algún modo se alegra por ellos, pero le duele. Comprende que ha perdido todo. Nace en ella un sentimiento nuevo, desconocido. ¿Se puede odiar y amar al mismo tiempo? No tiene caso volver. Comprende de golpe, como fulminada por un rayo, que no podrá volver. ¿Quiénes son esos extraños? ¿Cómo le han hecho eso a ella que los ama? No puede ser, algo no está bien.

Camina con rabia. Ella había sido disciplinada, rigurosa en sus estudios musicales, brillante en cada uno de sus conciertos, aunque sumisa en casa.

Cuando Matilde abre la puerta del jardín que da a las cocheras, los chicos la ven y corren, la abrazan. Están los tres, Toto estira sus brazos, hoy cumple tres años. Entran alborotados al estudio de Matilde que ahora es un depósito donde se amontonan cajas, lámparas, muñecas de porcelana, trofeos, placas, polvo, más polvo. Pasa sus manos sobre el piano, toca unos compases, quiere volver a tocar, se limpia las manos en el vestido. No soporta la tierra, el polvo sobre las cosas. Quiere llorar, gritar. Se contiene.

—Tía Matilde, ¿por qué te fuiste? —le pregunta Matías, el mayor de los tres chicos. ¿Te vas a ir otra vez?

—No, no me voy a ir, me quedo para siempre. ¿Y si jugamos? ¿y si vamos al parque?

No le digamos a nadie… Y salen por la puerta de atrás entre las quintas. Cruzan la calle, más tenebrosa por la tormenta.

—Juguemos a la escondida. Yo los busco.

—Tía Matilde, tengo frio.

—Soy la bruja… uuuuh…

Tienen pocas ganas de correr, es tarde y están cansados. Cae un rayo cerca y suena un crujido fuerte. Los chicos gritan. Los árboles se agitan amenazantes y todos corren a buscar refugio. El puente viejo está próximo. Llegan al terraplén, la mujer sigue a los niños que se sacan las zapatillas para no embarrarlas.

La noche es un lugar misterioso, los árboles son gigantes a los ocho años, pero Matías se hace fuerte por sus hermanos. Toto tiene miedo y llora, se aprieta contra el cuerpo de la tía y le pide que lo levante, ella lo rechaza con indiferencia. La tormenta está dentro de su cabeza.

Llueve, apenas pueden verse por la cortina de agua. Matías llama a sus hermanos, se agrupan hasta tocarse, se abrazan. Vuelven a caminar tomados de las manos. Toto sigue llorando sin consuelo. Matías le pide a la anciana que regresen, mientras trata de calmar al chico. Ella no le hace caso. Finge ser otra persona.

—Soy la bruja del bosque que los comerá —dice—. Uuuuh —los chicos corren espantados. Ya no quieren jugar.

En la orilla hay piedras, barro, ella resbala y cae. Puede ver el agua del río por el reflejo pálido de las luces de la calle. Las gotas castigan las cabezas y los brazos desnudos, un relámpago ilumina el sendero abierto por otros pasos. Los chicos corren. Se apartan del camino para resguardarse.

Matilde regresa a la residencia cansada, sucia. No sabe qué pasó. No está el sereno. Mejor, ella quiere acostarse. Es muy tarde, aunque perdió la noción del tiempo sabe que la enfermera no hizo la ronda, porque encuentra la ventana abierta del dormitorio y el piso mojado por la lluvia.

Repasa las últimas horas, no estuvo en la fiesta con sus sobrinos, no saludó a Carmen, la empleada de toda la vida. Carmen querida. Los recuerdos inmediatos son vagos. No sabe qué le ocurre, un dolor le oprime el pecho. Auxilio. Llama a Carmen. La imagen de los niños va y viene. Corren hacia el puente. El agua turbia, los relámpagos, el agua fría de la lluvia. Los gritos y el llanto de Toto. Le duelen las manos, las rodillas, los pies. Se acomoda en la cama. Ayuda, los chicos piden ayuda. Estira un brazo para alcanzar el vaso de agua y oye el ruido de la silla contra el piso. Los gritos. Está mojada temblando. Los tres chicos ya no están. Se escondieron. ¡Vamos a jugar a la escondida, soy la bruja y los busco! ¡No vale salir antes! La lluvia cambió el juego. Los chicos no responden. No salen del escondite. Se incorpora para colocar la silla en su lugar y se desploma como una cosa vieja. La vida se le va en un quejido.

II

Nunca se investigó la relación entre los dos hechos.

Una desgracia, pobrecita señorita, era muy buena. Siempre fue buena conmigo. Dijeron que el mundo de la música había perdido a una figura ilustre, la señorita era pianista. Se llamaba Matilde Astudillo. Tenía 78 años, estaba en el Hogar San Patricio. La señorita apareció muerta en su dormitorio a la semana de estar allí. Yo le serví muchos años a ella. Pobrecita.

El hecho se tapó porque los chicos se perdieron esa noche. Tres. Eran tres. Los hijos del sobrino mayor, Óscar. Yo trabajé ese día en la casa. Había una fiesta, el cumpleaños del más chiquito. Fue unos días antes de jubilarme.

Los tres se fueron solos. Creen. La casa es muy grande. Jugaban sin que los cuiden, no tenían niñera. No les duraba ninguna. Cuando se dieron cuenta, llamaron a la policía. Vinieron, hablaron con todos, hasta conmigo y nos dijeron que tenían que registrar la casa. La señora Marga y el señor Óscar estaban desesperados. Eran nuevos en el barrio. Igual, los vecinos solamente miraron de lejos. Vio cómo es, nadie ve nada. Hacía poco que vivían en la casa de la señorita Matilde. A ella la llevaron al geriátrico y se mudaron.

A mí la policía me preguntó una y otra vez si escuché a alguien hablar con los chicos, si vi algo. No les dije nada, por no mentir, cómo iba a culpar a la señorita Matilde si no la vi. Pero creo que ella estuvo esa noche en la casa, porque la escuché tocar el piano, esa musiquita que siempre tocaba antes de dormirse. Tantos años escuché el piano. El piano está en el estudio, ahora ahí pusieron todas las porquerías. Las cosas viejas, los recuerdos que tanto cuidó.

A ella no la habían invitado a la fiesta. Estaba en el asilo, nadie la quiso atender enferma. Pobre vieja, con todo lo que les dio a los sobrinos, la dejaron tirada como a un perro. Vio cómo son esos lugares, yo pienso que para los viejos no hay como la familia.

¿Usted quiere saber qué pasó? Yo creo que fue así:

Los sobrinos internaron a la señorita Marian un día lunes. Totito cumplía los años al otro lunes. La señorita quería quedarse para estar en la fiesta, pero ya tenían todo arreglado y la llevaron de prepo, como quien dice. Llegó el día, la fiesta se hizo en la casa, pero no la trajeron. Esa noche se escapó del hogar, habrá querido estar con el nene. Nadie la vio salir. Imagínese el cuidado que tienen, amontonan a los viejos y les cobran bien caro. Para mí que estuvo en la casa con los chicos y se los llevó. Entró sin que la viéramos. Claro, ella sabe que la puerta de atrás no tiene llave desde que se rompió hace un año por lo menos. Le dijo una y otra vez a Oscarcito, al señor Óscar, que le mandara un cerrajero. Bueno, seguro que entró por ahí. Y se llevó a los chicos, por qué no sé, nunca hizo algo así. Los tres la querían mucho, ella era muy buena, siempre jugaban en el parque. No era de esas viejas ricas y odiosas, al contrario.

No sé qué habrán hecho, ni por qué, pero las zapatillas de los tres aparecieron en el parque costero, el lugar da al río y tiene muchas hectáreas. Nadie vio nada.

Los buscaron esa noche en el río, en la costa. Durante semanas. Había llovido mucho. Se le habrán escapado. Se habrán caído al agua. ¿Quién sabe? A ella nadie la vio por el barrio y si la vieron, no lo dicen.

¿Y ella qué habrá hecho? Debe haber vuelto caminando y se descompuso del disgusto, una desgracia.

Se volvió loca, que dios me perdone, cómo saca de la casa a los chicos una noche así, sin avisar. Ella los quería tanto, aunque los sobrinos la traicionaron. Dejarla sola, con lo buena que fue cuando la madre se les murió. Cría cuervos dicen. No los puso en un hogar, se ocupó como una madre. El padre, el hermano de la señorita, era un tiro al aire que en paz descanse. Así le pagaron. Se quedaron con todo. Todo. Le hicieron firmar antes de llevarla allá. Y la señorita firmó. No era estúpida, solamente estaba enferma. Lo que no me explico es cómo pudo caminar tanto.

La enfermera fue a la mañana siguiente y la encontró muerta. Tenía los pies y la ropa sucia con barro. Por eso revisaron las cámaras de seguridad y la vieron llegar a la madrugada, mojada y descalza.

Usted se preguntará por los chicos. No, no los encontraron. Es raro. Nadie pensó que ella se los había llevado. Yo creo que sí, que se los llevó. Si no hubiera escuchado el piano… Igual, no hablé con nadie del asunto, ella ya no estaba para explicar lo que había pasado.

 

domingo, 21 de septiembre de 2025

 

 

El puente


 I

La habitación da al jardín, han quitado la reja del ventanal para que no se sienta prisionera. A través de la cortina entra una luz moteada, Marian mira sus manos deformadas por la artrosis.  Al despertar, la rigidez la mantiene sujeta a la cama unos minutos, le duelen las articulaciones. Después el dolor desaparece, ella sabe.

Tiene que prepararse para el concierto.

El lugar huele a orines y a cebolla. Ella oye lamentos, ruidos y voces detrás de las paredes. Todo eso le repugna.  No hay música. ¿Cuándo traerán el piano?, piensa. Tiene el concierto en Viena. Hay que organizar el repertorio, el viaje. Los viejos deambulan arrastrando los pies. Cuenta compases en el aire rancio. El teatro de Viena es fantástico, la están esperando. Viejos descarnados, perdidos. Tristes los abandonados. No puede creer que ella también ha envejecido. Ha pasado la última semana como sonámbula. Por las noches sale al jardín sin acompañante. Duerme mejor si camina descalza sobre el pasto. Va y viene como si algún aparato le marcara el pulso.

Ahora va a llover. Huele la lluvia que se avecina, la presiente en las articulaciones. Repasa mentalmente el Nocturno que toca antes de dormir. Esta noche, igual a las anteriores, la enfermera le acerca sus medicamentos, espera que los tome y se retira. La señorita Marian abre la ventana para  sentir el aire fresco y nota un ligero malestar. Sacude la cabeza. Es pasajero. Desde que suspendió la presentación en el coliseo nacional, empezaron con que debía tener alguien que la asistiera. No entienden que ella no toca en pianos desafinados. Y si está Carmen, para qué quiero una enfermera en mi casa. Entonces siguieron con que no podía vivir sola.

Se quita los zapatos y sale por la ventana que está a ras del suelo. ¿Será esto ser vieja, resignarse, no molestar? Recuerda los conciertos, los premios “la ciudadana ilustre” “pianista distinguida” “leyenda viva”. Piensa en la familia, en los hijos que deseó y no tuvo. El fogonazo de un relámpago la despabila. Por un momento olvida dónde está. Truena, piensa que el tiempo es tan fugaz.

No hay vigilancia, abre la puerta que da a la calle sin dificultad. La ciudad está más oscura que otras veces por la tormenta, no hay un alma. Ella parece invisible. No quiere pensar. No piensa. Recorre las calles sin rumbo. Liviana, es un cuerpo sin cabeza. Cruza el puente apenas iluminado. Abajo el río está en espera. Agua barrosa que el viento revuelve y saca de la inmovilidad. Ella se estremece por el frío.

Camina resuelta. Oscar le había dicho: “Tía, deje esa costumbre de andar descalza que se puede lastimar” “Tía Marian, ya no puede vivir sola en esta casa tan grande” “La llevaremos a la residencia porque es lo mejor, total falta mucho tiempo para el concierto”.

Y ella dijo que sí, sí, pero quería volver a la casa de vez en cuando, no podía abandonar el piano. Dijo que sí, aunque no dijo que era muy triste dejar todo de golpe, borrar la vida de un plumazo. Que sí. Dijo que sí, pero no mencionó que allí dejaba todo, por qué perderlo, al fin y al cabo, era su vida. Como había hecho siempre con sus padres, aceptó sin hablar. No quiso molestar a Oscar.

La arrancaron como a una planta inservible, como a yuyo malo. Y en su última noche, ella mirará la casa desde la vereda de enfrente.

Camina sin dudar. Llega al barrio, ve la casa paterna, está ocupada.

Se detiene en una zona poco iluminada y mira a su familia desde lejos como extranjera. Ahora, murmura, son felices. De algún modo se alegra por ellos, aunque debe reconocer que le duele. ¿Se puede odiar y amar al mismo tiempo? No tiene caso volver. No puede recuperar su vida. ¿Quiénes son esos extraños a los que ella quiere tanto?

Cruza la calle con rabia. Los cuidó como una madre cuando quedaron solos. El padre, su hermano, dijo que necesitaban una madre, una mujer que los educara. Mi hermano no puede con los cuatro, está muy triste. Desde que murió mi cuñada, no sabe qué hacer. Ya veré cómo seguir, había dicho.

Marian abre la puerta del jardín, los chicos la ven y corren, la abrazan. Están jugando con los globos que el viento levanta y arroja contra las paredes, los arbustos, que explotan o desaparecen sobre los techos de las casas linderas. Toto cumple tres años, por eso hicieron la fiesta. Marian camina decidida a su estudio, los tres la siguen. Entran alborotados, ella ve que su lugar de trabajo ahora es un depósito donde se amontonan cajas, lámparas, muñecas de porcelana, trofeos, placas, polvo, más polvo. Alza la tapa del piano, acaricia las teclas, pasa sus manos para quitar la tierra, toca unos compases, busca una caja, la arrastra y se sienta, tiene que limpiarse las manos en el vestido para volver a tocar. Quiere llorar, gritar. Se contiene y toca como autómata. Cierra de un golpe la tapa del piano.

-Tía Marian, ¿Estás enojada, por qué te fuiste?, pregunta Matías, el mayor de los niños. ¿Te vas a ir otra vez?

-No, me quedo, dice secándose las lágrimas. Echa la cabeza hacia atrás para observarlos, se inclina a la altura de los chicos y dice: Mejor juguemos, vamos todos al parque.

-No nos dejan.

-No le digamos a nadie.

Mira por última vez la habitación y piensa que sus sobrinos no conocen el dolor, que siempre los consistió, que son ingratos. Salen por la puerta de atrás entre las quintas. Cruzan la calle apenas iluminada, más tenebrosa ahora.

-¿A qué jugamos? ¿Si jugamos a la escondida?

-Juguemos en el bosque mientras el lobo no está, dice Juan. Juguemos en el bosque mientras el lobo no está. ¿Lobo está?

-Tía Marian, tengo frío, susurra Toto.

-Soy el lobo… Salgo a buscar niños para comer ¡uuuuh!

Ellos tienen pocas ganas de jugar, es tarde y están cansados. Cae un rayo. Los chicos gritan. Los árboles susurran como si se estuvieran pasando secretos, agitan las ramas con el vuelo despavorido de los pájaros y todos corren a buscar refugio. El puente viejo no está lejos. Llegan al terraplén, Marian sigue a los niños que se sacan las zapatillas para no embarrarlas. 

La noche se ha vuelto salvaje. Anda el lobo suelto.

                                       

Los árboles son gigantes a los ocho años, pero Matías quiere ser fuerte por sus hermanos. Hay que buscar refugio debajo del puente. Toto tiene miedo, se aprieta contra el cuerpo de la tía y le pide que lo levante, ella lo rechaza. Otra vez advierte ese malestar, ese desorden en el juicio y el temblor en las manos. Ella los cuidó a los cuatro como una madre y se han olvidado.

Llueve, apenas pueden verse por la cortina de agua, se oyen nomás. Matías llama a sus hermanos que se agrupan hasta tocarse y se abrazan. Vuelven a caminar tomados de las manos. Toto sigue llorando sin consuelo. Matías le pide a la mujer que regresen, mientras trata de calmar al chico. Ella no le hace caso.

-¡Ahora que ya estamos en el parque vamos a jugar! ¿No es linda la lluvia? Soy el lobo, les grita. Juguemos en el bosque... Soy el lobo que se los comerá, chilla ¡uuuuh!  Los chicos corren espantados. Ya no quieren saber nada de este juego. El lobo feroz salió a buscarlos.

En la orilla hay piedras, barro, ella resbala y cae. Puede ver el agua del río por el reflejo amarillo de las luces de la calle. Quedó sola y no puede levantarse. Los chicos se escondieron.

Las gotas de lluvia castigan las cabezas y los brazos desnudos, un relámpago ilumina el sendero abierto por otros pasos. Los chicos no están. Se habían apartado del camino para resguardarse.

Dejó de llover. Marian regresa a la residencia cansada, sucia, confundida. No está el sereno. Mejor, ella quiere entrar y acostarse. Es muy tarde, aunque perdió la noción del tiempo sabe que la enfermera no hizo la ronda, porque encuentra la ventana abierta del dormitorio y el piso mojado.  

Repasa las últimas horas. No estuvo en la fiesta, ni saludó a Carmen, su empleada de toda la vida. Carmen querida. Los recuerdos inmediatos son vagos. ¿Qué le ocurre? Un dolor agudo le oprime el pecho. Auxilio, susurra. Llama a Carmen. La imagen de los niños va y viene. Corren hacia el puente, los ve. El agua turbia del río, los relámpagos. La lluvia le impide volver a verlos. Los gritos y el llanto de Toto, ahora no puede oírlos. Le duelen las manos, las rodillas, el pecho. Se acomoda de costado en la cama para reducir la punzada. Estira un brazo para alcanzar el vaso de agua y oye el ruido de la silla contra el piso. Más gritos, otra vez silencio. Está temblando mojada, se queda quieta mirando la pared.

Vamos a jugar, les había dicho, y ellos se escondieron en el parque o en el puente viejo. Soy el lobo feroz. Los tres niños desaparecieron. La lluvia había cambiado el juego. No salieron del escondite. Se incorpora, mira la luz, el cielo naranja que entra por la ventana, para salir de la cama necesita tomarse de la silla, se desploma y cae.

-Los chicos no están, ¿Carmen, vos los viste?

-No, señora Lidia.

Marga, la dueña de casa, recorre los dormitorios del primer piso, abre las puertas de los placares, sube al altillo. Baja. Ve la puerta del estudio abierta.

-No están.

-¿Carmen, cuando levantaste las copas del jardín, los viste?,  pregunta Marga.

-No, señora, yo junté las copas cuando se levantó el viento y las llevé adentro para lavar. Las lavé, ordené la cocina, escuché que se reían y jugaban con el chiquito.

-¡Salgan, Matías, salgan de una vez!

-Señora, ahora que lo pienso, hablaban con alguien grande.

-¿Cómo grande?

-Una persona, saludaron a alguien. Pensé que era la señora Inés que a veces llega tarde porque duerme la mona hasta la noche.

-¡Silencio!, por favor, no hables así, te puede escuchar mi marido.

-No, Inés no vino. Te habrá parecido. Sería la tele. Llamemos a la policía, dijo Lidia. Ahora mismo los llamo.

Y la policía llegó a la casa, recorrió el barrio, extendió la búsqueda por toda la ciudad y, más tarde, por el país. 



 II

 

La enfermera fue a la mañana siguiente y la encontró muerta. Tenía los pies y la ropa sucia con barro. Pobre señorita, yo la acompañé toda la vida. Después de lo que pasó con los chicos, yo no trabajé más en la casa, me jubilé. Los padres estaban desesperados. Cuando revisaron las cámaras de seguridad del San Patricio, la vieron entrar a la madrugada, mojada y descalza. Nadie conectó los hechos.

Usted me pregunta por los chicos. No, no los encontraron. Es raro, muy raro. Nadie pensó que ella se los había llevado.

¿Por qué ella se los llevó? Y yo creo que estaba mal de la cabeza, que dios me perdone. Se le había puesto que tenía un concierto en Viena. Nada que ver. No pudo volver a tocar después de la noche que se quedó como en blanco y salió corriendo del escenario. Hace unos años. Era una persona muy buena. Los sobrinos se la sacaron de encima.

Creo que ella se llevó a los hijos del señor Oscar, los sacó de la casa sin avisar. Eso estuvo mal, muy mal, creo. Yo escuché el piano esa noche, estoy segura. Si no, no le diría esto. La escuché tocar antes, cuando preparaba los conciertos, a toda hora. La conozco, pero no la vi. ¿Cómo podría acusarla? Igual, nadie me preguntó y no hablé del asunto hasta ahora. Ella ya no está para dar explicaciones.  

 

 

 

 

 

 Taller de lectura

 ¿En qué consiste el taller?

Lecturas previas, material de lectura, análisis literario. La conversación y la teoría literaria unidas para enriquecer la mirada del lector. El taller te permite explorar otros puntos de vista y compartir opiniones. 

Mi objetivo esencial es (la continuidad) la formación de lectores.

¿Cuándo nos reunimos?

Miércoles 19,30 hora argentina. El taller es virtual y arancelado.

¿Cómo me inscribo?

Información adrianatuffo10@gmail.com 

Taller de escritura creativa desde Argentina

Grupos reducidos o clases personalizadas de escritura y corrección de textos.

El taller es  virtual y arancelado.

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Taller de escritura creativa  



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miércoles, 15 de mayo de 2019

Ellos están

Ver otra vez lo mismo
(represores, asesinos),
cada vez que aparecen
se estremece el aliento. Están.
La vida es una llaga
que no encarna.

Cuando regresen
los que deambulan con nuestras sombras,
la noche no podrá apuñalar el horizonte.

La espera crece,
nos acercamos un poco,
vemos sus nobles calaveras
sonriendo
desde las fosas.
Están.

sábado, 4 de mayo de 2019

El riesgo

No es la mirada,
es el juego
de roces y destellos
que producen nuestros ojos.
No es la voz,
es que cuando hablas
se me aclara el día.

Estar juntos,
un riesgo seguro:
Soportar tanto amor cada día.


Lluvia

Llueve
nada más
acá
no
pasa
nada más que la caída intermitente
lenta
intensa
filosa
de los recuerdos hechos llanto.

martes, 16 de abril de 2019

El mal


Seres sin alma deambulan,
arrastran cadenas de sombra,
centelladas intermitentes:
dolor,
olor a jazmines y a sangre.
Una cara de la vida, moneda oscura y terrible.
No es la vida, no,
apenas un sistema de rotos y desalmados
esquivando el rayo de la muerte.


lunes, 28 de mayo de 2018

ANTOLOGÍA “MUJERES DE MI TIERRA”
La Subsecretaría de Políticas de Género ha presentado en Santa Fe la Antología “Mujeres de mi tierra”, integrada por los relatos seleccionados en el 1° Concurso literario 'Emma de la Barra'. El evento se llevó a cabo el 7 de mayo pasado. 
La Subsecretaría de Políticas de Género de la Provincia de Santa Fe impulsó el concurso entre julio y septiembre de 2017 en todo el territorio provincial.






Les presento uno de los relatos seleccionados: 

María Robotti de Bulzani



Relato de  Adriana Tuffo


  En la Comuna de mi pueblo hay una galería de retratos, son los hombres que se destacaron en la vida política de Alcorta, pero sólo una mujer, María Robotti de Bulzani.
María era extranjera, nació en Italia, los recuerdos del viaje habían sido narrados tantas veces. Sus padres hablaban en otra lengua del pueblo lejano, de los días en el barco que los trajo a América -como a una tierra irreal- de los mareos y la ansiedad por llegar a ver el nuevo país. Ellos habían venido de Italia y Francisco, su compañero, había nacido en las costas de Brasil. Las historias tal vez se hayan ido borrando por lejanas.
Ella es María de Alcorta, la mujer celebrada por los versos de José Pedroni, una protagonista del Grito de Alcorta. La huelga que nos puso en la historia.
Durante décadas no se habló ni se investigó el proceso histórico que desembocó en la huelga de 1912. En el sur santafesino los agricultores arrendatarios realizaron la primera huelga agraria, el movimiento se expandió en la zona maicera, pusieron en jaque el modelo agroexportador implantado por el Régimen Oligárquico que integraba a la Argentina en el mercado mundial como proveedora de materias primas.
Fue en las chacras como la de los Bulzani, en los almacenes y en las iglesias, después de una cosecha pobre, que comenzaron a reunirse los arrendatarios. El hambre los tenía acorralados, bullía la desesperanza por el aumento de los alquileres y las deudas que los ataban de un año al otro. Los dueños de las tierras apretaban con los contratos para doblegarlos. La indignación sacudía los ánimos. El desalojo era el final más temido por los chacareros.
Las mujeres han sido personajes activos del Grito de Alcorta, aunque no se las reconociera como sujetos sociales poseedores de derechos civiles y políticos. Las campesinas, en su mayoría inmigrantes, ocuparon un lugar importante en la economía rural de fines del Siglo XIX y principios del XX. Mujeres y varones han estado marcados por relaciones jerárquicas y desiguales entre los géneros, el tiempo transcurrido y la militancia han ido cambiando algunas cosas.
En aquel tiempo, la mujer tenía el deber natural de ser madre, se ocupaba de las tareas del hogar, del cuidado de los hijos, de los enfermos y ancianos, además, en las chacras desempeñaban tareas rurales; trabajaba toda la familia, los niños también. Ellas parían, criaban, debían atender a los animales, cosechar y llevar la comida a la mesa o al campo, a pesar de las inclemencias del tiempo. La economía se sostuvo con la actividad familiar y decir esto es hablar de mujeres que se multiplicaban todos los días para hacer más, para dar más. Hicieron la huelga pero no dejaron de amasar el pan, ordeñar la vaca, cocinar o cuidar a sus hijos.
Los milagros son poco frecuentes a la hora de conciliar los intereses de los poderosos y los derechos de los trabajadores. Los propietarios no respondieron a los reclamos de los arrendatarios. La huelga fue una salida compleja, sin embargo no podían seguir esperando, se avecinaban épocas duras de trabajo en el campo, era invierno. Algunos inmigrantes regresaban a Europa; otros se quedaron para pelear con la vida inmerecida.
La huelga era inminente, María se levantó frente a todos. Dicen que dejó el mate y se desató el delantal. Quién sabe si aquella vez habló iracunda, como dicen, para exigirle a los hombres que declararan la huelga.
La historia recoge el nombre de los hombres y se olvida de las mujeres, pero quién puede decir que mujeres bravas como María no fueran capaces de empujar a la lucha a un hombre, o a muchos. Era joven, estaban reunidos en la chacra que alquilaban. Tiró el delantal y las palabras que se agolparon en su garganta las arrojó también sobre los hombres en la penumbra de la cocina ahumada.
La noche fría, ellos se ocultaban de los ojos vigilantes en aquel invierno húmedo de 1912. Agricultores, anarquistas, socialistas, desarrapados, corajudos, ateos, religiosos, mujeres y hombres, todos juntos se escabullían de la policía en la precariedad de la pampa.
La huelga venía rodando por los caminos, de chacra en chacra, saltaba los pequeños hilos de agua del Pago de los Arroyos, cruzando alambrados retozaba en la hierba antes de levantar vuelo por los pueblos del sur. “Hay que ir a la huelga... ¡Antes de morirme de hambre trabajando, prefiero morirme sin trabajar!”, dicen que les dijo.
La mujer habló ante la mirada de hombres duros. Los vemos en las fotografías, ellos tienen rostros impenetrables, como la tierra que por fuera es dura, se resiste al pico o a la  azada y cuando la reja del arado la rompe, se deshace en toscos gajos primero y luego en briznas suaves, tierra húmeda y negra, dispuesta a recibir la semilla. Ella los empujaba a tomar la decisión, tenían que declarar la huelga.

Cuántos años pasaron hasta visibilizar los hechos de los que estamos orgullosos. No se hablaba. “¿La huelga de 1912, qué huelga?”. “En mi casa nunca se habló de la huelga”, me dijo una de las hijas de María. El silencio fue medrando y se convirtió en olvido.
Todos callaron después de la represión, la cárcel, los desalojos y los asesinatos de algunos hombres destacados como el abogado Francisco Netri o los dirigentes agrarios anarquistas Francisco Mena y Eduardo Barros.
Después de tanto esfuerzo estéril, la familia Bulzani se fue de Alcorta. Francisco le dijo que se irían a vivir a Córdoba. “No podemos seguir viviendo acá -le habrá dicho él- nos van a matar de a uno, si no, la cárcel y qué van a comer los chicos...”
Él se fue solo y los esperó.
Ella recogió lo que les quedaba y se llevó a sus hijos. Dejaron el pueblo, fue una especie de exilio.
Con los años, María volvió a Alcorta donde -después de un abismo de silencio- se los recuerda con admiración, a Francisco Bulzani, su compañero, y a un puñado más.
Los héroes poseen rasgos que sobresalen. En la mitología enfrentan a los contrarios, a una persona o a un conjunto de individuos que dañan a los más indefensos, el héroe después de confrontar con el mal y triunfar, adquiere la gloria y sirve de ejemplo a su pueblo o a la humanidad. A partir de sus rasgos de carácter y de sus acciones, nuestros héroes serían aquellos agricultores del Grito de Alcorta, y claro, no son como Ulises, Agamenón o el Cid, tampoco son superhéroes. Sin embargo, son un ejemplo de lucha enorme y de trabajo en medio de las dificultades.
María Robotti está entre ellos y también las otras mujeres que enfrentaron con sus compañeros a quienes dañaban por mezquinos a las comunidades. Enfrentaron la avaricia de los subarrendatarios y de los propietarios de las tierras que, habiendo subdividido en pequeñas chacras sus campos, obtenían grandes rentas con el trabajo de los colonos y sus familias. Eran campesinos pobres que tenían el sueño de trabajar y de vivir en paz, lo hacían por ellos, para asegurar el futuro de sus hijos y de las generaciones posteriores. Algo que parece insuficiente cuando recordamos las gestas de los grandes hombres de la historia, sin embargo no creo que lo sea.
María y Francisco, como miles de arrendatarios, creyeron posible la transformación. Debían abandonar las tareas en las chacras, parar para quebrar el orden que los oprimía, modificar las condiciones abusivas de los contratos de arrendamiento, conseguir rebajas en los alquileres y terminar con los desalojos injustos. Decidieron hacer una huelga para cambiar los abusos por un trabajo más justo, querían barajar y dar de nuevo, de modo de no perder siempre.
Hay seres que iluminan, son luz entre los demás. Otros recogen el fuego y lo multiplican, también están los que animan, esperanzan y los que colorean la existencia con sus acciones. Ante todo ello nos emocionamos. El espíritu humano se conmociona, tiembla, se rebela y nos conmovemos.
Conmueve la fortaleza de las mujeres que se la jugaron, aún conociendo las consecuencias que tendrían que soportar, cuando los resultados fueran adversos. Ellas lucharon como guerreras en los distintos momentos de esta historia, porque llevaron a cabo esas pequeñas batallas cotidianas que juntas arman un mosaico narrativo.
A la distancia, podrá decirse que hacer una huelga no es lo más importante, aunque fuese la primera huelga agraria (tantos paros hemos visto ya en el Siglo XX y en lo que va de este siglo). No más que amasar el pan, que cosechar y criar a los hijos en el medio del campo, sin una escuela próxima, sin recursos, alejadas de sus familias de origen, en la mayoría de los casos. No puede ser lo más importante pero ellas hicieron todo eso, para seguir haciéndolo; porque era la vida, sus vidas, lo que habían elegido y deseaban que fuera bajo otras condiciones, por eso pelearon.
Mujeres. Migrantes. Extranjeras. Campesinas. Pobres. Fueron luchadoras que aún sometidas a las convenciones sociales y a la discriminación desafiaron los poderes establecidos. Y sus hombres estaban con ellas, eso cae bien.
No votaban, no tenían derechos. No fueron invitadas a las reuniones con los propietarios o con los representantes de la ley. No fueron ellas quienes tuvieron la palabra para defender la causa que era de todos. No les daban la palabra en las asambleas, sin embargo en cada rancho hablaban, sí, por ellas y por sus hijos, y fuera del rancho pusieron el cuerpo reafirmando las demandas junto a sus compañeros.
María brilla, enciende. Es signo, un referente social, forma parte de toda una situación histórica que condensa deseos, descontento, intereses opuestos, lucha de poderes, acciones felices y fracasos. Hemos visto que con el tiempo ha crecido su figura, se elevó entre las demás, desconocemos los motivos, pero es merecido el reconocimiento a una mujer, al menos a una. Ella tiene rostro, voz propia y representa, como ejemplo de esfuerzo y coraje, a muchas mujeres que entraron en la historia sin ser conscientes de su protagonismo.
Tal vez no sabremos nunca cuál fue la talla de su espíritu, el tamaño de su valor, porque hoy, a diferencia de los tiempos oscuros, María Robotti de Bulzani tiene el ropaje que transfigura a quienes forman parte de una mitología.
A ella la conocí en la casa de uno de sus hijos (¡Y no sabía quién era esa mujer!), llevaba puesto un delantal claro sobre el vestido, tenía el cabello blanco. Caminaba despacio. Guardo en la memoria a María en su vejez, en Alcorta, despojada de ornamentos épicos. Y este recuerdo afectuoso no se parece a ninguna página de cualquier libro de historia que haya leído.